Amargura

En vísperas del 11-S recuerdo lo mucho de estimable que hay en Cataluña y cómo el nacionalismo lo arruinó

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Decían que me estaba haciendo un hombre y me mandaron a Sabadell, a visitar un par de empresas textiles que mi padre representaba. Fue la primera Cataluña que conocí, la de los telares ensordecedores que empleaban a cientos de hombres y mujeres. Muchos habían llegado de Castilla y Andalucía con una maleta de cartón. Buscaban jornales, escuela y una casita con baño, lo que el sur les negaba.

En vísperas del 11 de septiembre intento recordar las distintas Cataluñas de mi vida, desde aquellos primeros sesenta, con las que me construí una idea de España que, siendo unitaria, era caleidoscópica y plural. Hubo un viaje con mi tío y mi primo, creo recordar que a un congreso de esperantistas. Descubrimos el mar de la costa agreste y el interior hermoso, cuajado de monasterios y reyes antiguos: Poblet, quizá. O Santes Creus.

En vísperas del 11-S intento reconstruir el retrato más fiel de la Cataluña brillante y ejemplar que un día no tan lejano amamos millones de españoles. Y lo hago a base de recuerdos y retales: la tarde brillante del atletismo español en los Juegos de 1992 y la chulería de querer dormir una noche, aunque fuera caro, en lo más alto de la torre del hotel que acababan de construir para las Olimpiadas de España en Barcelona. Estábamos orgullosos de estar allí. Con las Ramblas y Santa María del Mar, en el Fossar de les Moreres y la Boquería. Con todo lo que siendo de ellos era nuestro y de todos, fácil de entender y de compartir, estimable por diverso, diverso por enriquecedor.

El Siete Puertas, Miró, el Port Vell, Gràcia, el Hispania, Tàpies, Colón, Serrat, Gaudí, Rusinyol, Picasso, el Club del Liceo, Els 4 Gats, el modernismo mareante del Palau... Y una forma seria de entender la vida, de hacer las cosas, de poner denuedo en los proyectos, en la empresa, en las decisiones defendidas con coraje. Hasta que un día aquél hombre, en la Bolsa, yo lo vi, dejó el grupo de la visita oficial que estaba guiando, se desplazó nueve metros y se fue a reprender en público una palabra dicha por una empleada, compañera de trabajo suya:

-No es diu «folleto»; cal dir «opuscle»...

El nacionalismo, el sectarismo, había puesto huevos y las liendres estaban rompiendo su cáscara, dispuestas a la infección. La imposición dejaba ver las primeras plumas en el caldo de cultivo de la lengua y la cultura, el más dispuesto al contagio. Un día, comiendo con otros periodistas en la mesa del presidente Jordi Pujol, en la Casa dels Canonges, se me ocurrió preguntar dónde tenía puesto el «sostre» de sus aspiraciones el Molt Honorable. Y la respuesta -«aixó ara no toca»- me dio a entender que esta historia se iba a hacer dura tarde o temprano; y que no iba a terminar bien.

En vísperas del 11 de septiembre, cuando se aproxima una sentencia que será de importancia histórica, recuerdo todo eso y me entra una amargura enorme.