ALTA TENSIÓN

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El espeso gazpacho de amenazas y esa tendencia al garrotazo contra quien no piense como ellos no ha brotado así de repente como un manantial tras la inundación. El fuerte sentimiento de odio hacia el adversario se fermentó a lo largo de estos últimos años. Inyectaban el veneno tacita a tacita, desprestigiando al otro sin cesar, organizando barahúndas marrulleras. Tensión, que dijo el insigne estadista que nos arruinó. Alta tensión, sí. No conviene olvidar esos gritos de «¡no nos representan!». No nos representan porque no son de los nuestros aunque les hayan votado. Obsérvese que, hace bien poco, regresaron a la carga, con escaso éxito, tras el resultado de las elecciones andaluzas. ¿No me gusta el marcador final? Pues convoco una manifa con la excusa de frenar el fascismo. ¿Y qué es el fascismo? Lo que no me representa porque yo no lo he votado y los demás carecen de mi celestial legitimidad. Esta espiral grosera supone la voraz anaconda que ha engordado paulatinamente en nuestro Amazonas político de bronca constante. No se conforman con ningunear al prójimo que escapa de su ideología; les encanta apabullar, vocear e insultar a cualquier partido enmarcado desde el centro a la derecha. En un ejercicio de totalitarismo no soportan las consignas que huyan del izquierdismo. Encima luego irrumpe un lumbreras como Echenique y tilda de provocación al que pretende hablar de lo suyo en tierras hostiles. El vándalo es un alma caritativa digna de protección, pero el que pretende dialogar en cambio es un malandrín agente provocador ultraderechista ávido de sangre. El mundo al revés. En Francia los chalecos amarillos arremeten contra el gobierno. Aquí media España desea fumigar a la otra por sus ideas. Este empeño guerracivilesco lo fertilizaron los amantes de la tensión, de la alta tensión, hace ya años.