ALTA FIDELIDAD

Mis preferencias de los mejores jugadores vistos en el club se reducían a Fernando, Vicente, Cañizares, Baraja y Mijatovic

DESDE LA GRADA DE MESTALLA

Siempre he tenido simpatía por Rob Fleming -protagonista en la novela Alta Fidelidad de Nick Hornby- me identifico con su pasión por lo vinilos, por alargar la juventud (sic) aunque me encuentre más cerca de los cincuenta que de los veinte y algunas veces, como hace él junto a sus amigos Barry y Dick, por hacer listas. Listas de cualquier cosa. Listas de las mejores películas, listas de las mejores paellas degustadas, de las mejores canciones de northern soul o listas relacionadas con nuestro Valencia Fé-Cé.

Una de las listas que no hace mucho repasaba junto a los amigos de Últimes Vesprades a Mestalla eran la de los cinco mejores jugadores vistos de nuestro club. No nos pusimos de acuerdo, como era previsible por otra parte, en nombrar el mismo Top 5, unos porque empezaron a visitar antes las gradas y nombraban a Kempes y otros, como en mi caso, tenía que prescindir del Matador al haber empezado a ser un asiduo de la antigua general norte en segunda división. Mis preferencias se reducían a: Fernando, Vicente, Cañizares, Baraja y Pedja Mijatovic.

Al final, todo es subjetivo y como decía un escritor inglés: «Vemos las cosas no como son, sino como somos nosotros».

Pero volviendo al montenegrino y su posible vuelta a Mestalla para el partido de las leyendas han vuelto a aflorar los sentimientos de lo que fue para mí el mejor jugador que he visto. Su temporada junto al venerado Luís Aragonés dudo que lo volvamos a ver en Valencia. 36 goles y 22 asistencias en la temporada 95/96. Mestalla viniéndose literalmente abajo cuando Luis decidió cambiarlo en el minuto 45 de la segunda parte en aquel maravilloso 4 a 1 que le endosamos al Barça. No recuerdo una ovación mayor como la de aquel día. Fue tan grande su última temporada como igual de grande el dolor al anunciarse su marcha al Madrid. En casa y con un progenitor madridista provocó una hecatombe en el ecosistema familiar hasta tal punto que dejé de hablar de fútbol y de ver partidos junto a mi padre. Era tal el odio hacia el conjunto de la meseta que acababa por sacarle de sus casillas cada vez que perdían un partido o fallaban una ocasión clara. Celebraba hasta la extenuación cuando caían eliminados en alguna competición. Uno, a veces, se conforma con estas nimiedades, qué le vamos a hacer. Hoy, más de dos décadas después, poco queda de todo aquello. Te acabas acostumbrando a la marcha de tus mejores jugadores: Villa, Silva, Mata, Soldado...

Por eso, y aunque sus formas en su marcha no fueron las mejores ni mucho menos, no seré yo quién critique que pueda estar el próximo marzo pisando el césped de Mestalla. Muchos estarán con ganas de pitarlo o no entenderán que se le invite -todo respetable- pero creo que deberíamos situarnos muy por encima de todo eso y poner en valor lo que es el Valencia y lo que significa cumplir 100 años. Un club que está por encima de todo y todos y que nos debería unir en honrar su memoria y dejar otras cuestiones para futuras ocasiones.

Un partido como el del próximo marzo y organizado por la Asociación de Futbolistas debería ser una fiesta y nada ni nadie debería enturbiarlo.

Por cierto, el próximo 25 de mayo no tendremos a Luís Aragonés, Mendieta, Camarasa, Fernando o Mijatovic pero tendremos a los Soler, Gayà, Jaume, Rodrigo... y como aquel 3 de marzo de 1996 volveremos a ganar al Barcelona y nos traeremos de nuevo la Copa al Cap i Casal. Dicho queda.