EL ALMA DE LES ARTS

CÉSAR RUS

Siempre resulta difícil escribir unas líneas dedicadas a una persona querida que se acaba de marchar. Más duro es hacerlo consciente de que lo que voy a decir contradice la imagen pública de dicha persona. Me refiero, evidentemente, a Helga Schmidt. Durante años triunfó la imagen que se quiso dar de ella de una persona fría y distante; para terminar de completar el retrato, sobre ella se ha cernido la sombra de la sospecha tras su destitución en 2015 y un proceso judicial que ya no verá su fin. Frente a eso, ¿qué puede hacer un simple obituario? ¿cómo romper con esa especie de leyenda negra tan firmemente construida?

Conocí a Helga a principios de 2006. La casualidad quiso que nos sentásemos juntos en un espectáculo y me presenté. Ella me saludó con la misma cálida sonrisa que siempre me ha dedicado cada vez que nos veíamos y que mantuvo hasta hace unos meses en nuestro último encuentro. Me tomé la libertad de preguntarle sobre el reparto del 'Fidelio' que meses después iba a inaugurar Les Arts. Ella me dijo: «¿Quién quieres que cante?». Yo contesté: «Waltraud Meier, Peter Seiffert y Matti Salminen», a lo que respondió: «Pues los tendrás». Al día siguiente este periódico daba la noticia. No se lleven a engaño, no es que Helga Schmidt me concediese un deseo, acerté el reparto porque en ese momento era el reparto ideal para 'Fidelio'. Esa anécdota es un ejemplo de lo que Helga hizo durante su intendencia en Les Arts: configurar repartos ideales. Eso explica por qué el público sigue venerándola y añorándola. Pero querría insistir en el aspecto personal, porque su trabajo está ahí y habla por sí mismo, pero la persona ya no puede. Tras esa imagen de mujer dura, se escondía un ser profundamente sensible y mucho más receptivo de lo que se ha querido hacer ver. Ante todo, sentía un amor transcendental por la música. Tal es así, que me confesaba con ojos brillantes la última vez que nos vimos, que no había podido volver a ver ópera desde su marcha de Les Arts: la última fue el ensayo del 'Don Pasquale'. Sólo una vez más lo intentó: el ensayo de la 'Butterfly' de la Scala con Chailly, pero tras el primer acto decidió marcharse.