EL ALIVIO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La asignatura de religión suponía el alivio celestial que menguaba o maquillaba la recia cosecha de calabazas. «He suspendido todas menos una...», mascullaba el joven cráneo privilegiado. La única asignatura aprobada solía ser «Religión» porque, en general, el profesor, un sacerdote, un seminarista, alguien en definitiva pío, caritativo, se apiadaba de ese alumno y le evitaba el bochorno total. No es lo mismo quedar último que penúltimo. Siempre existió, al menos antaño, un cuarteto de «marías» compuesto por «Religión», «Educación Física» (o sea gimnasia), «Dibujo» y «Música».

Salvo que los docentes mostrasen colmillo cruel, cuando primaba la sensatez optaban por no amargar la vida al que no derramaba fuerza gimnástica, nulo talento para el dibujo, escasa fe en asuntos religiosos o débil tímpano musical. ¿Para qué hundir a la chavalería si la naturaleza les había negado esos dones? Bastaba con no gamberrear para conseguir, como mínimo, un aprobado. Y el más fácil era el de «Religión». Si encima jugabas a la contra y fingías dudas, agnosticismo, querencia infernal, espoleabas así al profe que por fin se sentía útil tratando de arrastrarte hacia la senda de los creyentes. En esos casos, con suerte, te enchufaba un notable que decoraba con brío tu expediente. «Tengo siete suficientes y un notable», lo cual ya lucía y encima sin esforzarte.

Pretenden ahora que le religión deje de contar en el expediente como si esa asignatura hubiese disfrutado alguna vez de la musculatura de las Matemáticas, la Lengua o la Historia. Las clases de religión nunca molestaron y suponían un dulce sopor propicio para cotillear con el compañero de pupitre o para jugar subrepticiamente a la guerra de «barquitos». Además aprobabas por la cara. Lástima que fulminen la mística que aliviaba los expedientes cojitrancos.

Fotos

Vídeos