Alberto Cortez

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

Les faltó tiempo a mis hermanos el viernes para anunciarme la muerte de Alberto Cortez. Conocen mi admiración por este intérprete argentino y son muchas las canciones que tarerean porque forman parte de nuestra vida. Eligieron la canción que el joven cantautor Alberto dedicó a su padre cuando murió: 'Cuando un amigo se va'. Muchos lectores quizá no sepan que toda la cadena de metáforas que la componen brotaron cuando recordaba a su padre.

Tuve la suerte de conocerle personalmente y guardo dedicados sus libros como oro en paño entre otros clásicos como Aristóteles, San Agustín o Kant. No recogen una teoría de los sentimientos morales o de la razón cordial sino las letras de una música con la que hemos crecido varias generaciones y que cada vez tienen mayor valor educativo. Pertenece a una generación de compositores y cantantes internacionales que hacen memoria de sus raíces, aunque sus letras digan 'No soy de aquí'. Antes de que vinieran los conciertos con Cabral, Cortez había demostrado unas dotes excepcionales de cantautor transformando en una obra clásica alguna vivencia amorosa o alguna experiencia cotidiana supuestamente intrascendente. A Renée, su Dulcinea belga, le prometió 'Te llegará una rosa cada día'; a quienes han tenido que romper con su infancia y aún la tienen activada les proporcinó un 'Equipaje' donde ubicar cada recuerdo 'En un rincón del alma'. A quienes han llegado por primera vez a una ciudad y son tratados como perros porque practican una urbana filosofía de la libertad les dejó 'Callejero'.

Antes de que introdujera la rendija utópica de 'Castillos en el aire', sus letras eran homenajes al esfuerzo de vivir intensamente un tiempo donde los fracasos nunca tienen la última palabra. Siempre podemos volver a empezar 'A partir de mañana'. Cuando otros cantautores seducían a las masas con la canción protesta, él prefería hacer una revolución silenciosa y mucho más eficaz que no dependiera de la lucha de clases. Era la revolución de los sentimientos, del corazón y de una memoria viva, por una razón sencilla: los pueblos necesitan 'Charlatanes de feria' que como modernos trovadores denuncian a 'Los ejecutivos' que no solo tienen la sartén por el mando sino el mando también.

Más que un cantautor que siguió la tradición de Cafrune, era un intérprete porque ponía en la música y en su rostro toda la emoción de las letras. Con un simple piano llenaba el escenario y era capaz de revivir textos de Atahualpa Yupanqui o Miguel Hernández con una vitalidad declinante. Aunque cantara 'Mi árbol y yo', 'Las nanas de la cebolla' o 'Como el ave solitaria', su vigor se nutría del amor de Renée que siempre le animaba. La tenía 'En un rincón del alma' y por eso además de entender su vida había que conocer 'El duende de la ternura'. Aunque 'La vejez' sea la más dura de las dictaduras, siempre nos quedarán unas 'Miguitas de ternura' para encarar esta muerte con 'Distancia'.