Agua de la fuente de mi pueblo

Agua de la fuente  de mi pueblo
LP

En la década de los 70, mientras disfrutaba de mi primer empleo en Santander, acerté a pasar una vez por el centro de Solares. El cual vi lleno de manifestantes y de pancartas, por la crisis de sus afamadas aguas de mesa.

Pasaron algunos años hasta que visité la valenciana población de Bellús. En la que, haciendo un reportaje, acabé ante las casitas de veraneantes y el solar de lo que había sido popular Balneario (conservo postales promocionales, en color sepia). Solares había adquirido el manantial y envasaba Bal-Bellús, derribando los modernistas muros para emplazar una embotelladora industrial. Y la definitiva crisis dejó a Bellús, también, sin su agüista establecimiento.

Camino contrario ha seguido el Balneario de Hervideros de Cofrentes, en el que un ex alcalde (Ángel) y un médico hidrólogo (Torán) han elevado a centro de referencia sus aguas sulfurosas. De tomas controladas, al ser 'desagradables' y medicinales, pero bien publicitadas desde principios del siglo XX por la propietaria familia Casanova en su reconocida revista propia 'Semana Gráfica'. Y envasadas y vendidas, al tiempo de la preguerra, en establecimientos de Valencia capital.

En medio podemos hallar la marca 'Llanorel', que llegó a copar con sus populares botellines los bares de la costa mediterránea. Extraída de la ladera norte de la Sierra del Ave de Dos Aguas; donde la artillería de Paterna hizo prácticas de tiro otrora y, aún antes, hubo proyecto de que llegara el trenet de Torrent (por Turís) para llevarse el hierro de sus localizadas minas. Y que ha quedado como colonia modesta de casitas; por cuya tangente provincial, antes recorrida por trailers cargueros, ahora remontan los volquetes de la basura de la metrópoli en su camino al basurero de Madrona.

Y, ahora mismo, el agua de Cortes. Que no de Pallás, sino de Cortes de Arenoso. Tan exitosa en los grandes 'mercadonas' y tan económica que no vale la pena darle al grifo de la cocina. Publicitada como nacida al pie de la castellonense interior Penyagolosa, bien que una divisoria profunda de aguas (basta asomarse a la cartografía) la impida provenir de dicha esbelta montaña; lo cual perdonamos, porque está igual de 'cruda' (sana) y apetecible.

Nuestras valencianas tierras tienen esa suerte, que de las espaldas de Poniente vienen «los ríos y los barrancos que van a dar a la mar». Así, aflorando del Sistema Ibérico y en cuesta abajo. Y no podemos decir que las corrientes íberas no sean abundantes y mineralizadas. En primavera y, sobre todo, otoño los vientos alisios del noreste nos acercan a las laderas levantinas el agua evaporada del mar y nos la dejan puesta, mientras toman altura media, en los intersticios de las calizas de nuestras sierras del interior; gracias al carbonatado cálcico de los karts, en forma de sumideros, simas y filtraciones varias, que las recogerán en bolsas freáticas y las dejarán, luego, ir saliendo al modo de manantiales y fuentes.

Porque en nuestra Comunidad, a más de excelentes antiguos balnearios (Benassal, Villavieja, Fuencaliente, Fuentepodrida...), y reputados pozos (Benissanó...) hemos tenido y, pese al «cambio climático», tenemos afamados manantiales: San Vicente de Llíria, Quart de les Valls, Simat de Valldigna... y hasta monumentales fuentes públicas: Las Provincias de Segorbe, los veinticinco caños de Xátiva...

Aunque a mí «me duelen» las fuentes, nuestras fuentes. Más chicas, más numerosas, más dispersas. Las de los arrieros, trashumantes, excursionistas. Las de la modesta pila, el chorrito de caña. Las de las huertecitas. Las de las barrancadas solitarias. Las que tienen recuerdos de impresión (fuente de la Señora, donde mataron al maqui) o las que conservan curiosas toponimias (fuente de la Zangarriana).

Las que son tan cotilleadas que mueven viajes a propósito, por tal o cual bondad (Barraix de Serra, San Luis de Buñol). Las que animan ermitas (El Remedio de Chelva) o plazas de pueblos (con el Torico de cuerda, en Chiva), sin ser -éstas, en su origen- aguas potables municipales, y que tanto cántaro o botija vieron romperse, desde los brazos de mozas esperadas por jóvenes festeadores.

Fuentes, muchas, que han tenido retablos cerámicos de santos. Y, la mayoría, abrevadero adjunto de caballerías; donde había que precaverse ante las posibles sanguijuelas.

Olvidadas y abandonadas, hoy, en muchos casos; porque el afán del labriego o el pastor ya no mete la mano o el azadón para recuperar el caudal interiormente desviado. Repletas de hierbajos y pinchosas ramas con moras silvestres. Sin asiento posible, para el solaz del almuerzo o la foto de la escapada visitadora.

Fuentes perdidas, ¡tantas!. Y en las que tanto hemos perdido, hasta en el aspecto de la educación. De cuando, quien llenaba la garrafa grande se tomaba la molestia de ladearla un instante; para que se cumpliera esa ley no escrita (de gente buena) pero acatada antaño hasta con gusto, al dar ocasión a la charla con el recién llegado sofocado y desconocido: «pase, pase..., que los que sólo van a echar un trago..., tienen preferencia».