Agradador es una profesión en alza

La mayoría de los políticos llevan un Pepito Grillo por conciencia, que les hace sentirse seres por encima de los demás

Agradador es una profesión en alza
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Se trata de un antiguo oficio, el tercero más antiguo del mundo, del cual quedan prestigiosos expertos en España. Mi amigo Luis de Grandes me cuenta que, en las cacerías de postín al sur de la península, aún suele acompañar a las escopetas un individuo así, cuya única misión consiste en halagar a la concurrencia. Lo llaman: el agradador. Si se falla un tiro, el agradador exclama: «¡Cago en el viento!, el señorito había apuntado perfecto». Si uno se sienta en una piedra del camino: «Descanse su señoría, que no puedo ni imaginar con cuánta responsabilidad cargan esos hombros». Luego, cuando termina el fin de semana, se le retribuye con una abultada propina, a la que responde con un: «Demasiado generoso es el señorito con los que le quieren a cambio de nada». El agradador es una plañidera al revés, un palafrenero que manosea la principal zona erógena del sexo masculino: la vanidad.

Bien pensado, la política que he conocido está repleta de agradadores. Mis ojos han visto presidentes a los que lo mismo se obsequiaba con chistes humillantes o aplausos de foca que, caminando por la calle, se les echaban los peticionarios de favores a los pies, presos del incontenible deseo de ser pisados. «Jefe, has estado cumbre», jaleaban a uno que me sé, incluso al salir de hacer pis frotándose las manos. Y he constatado cómo, ejerciendo de mero agradador, se alcanzan altas magistraturas. El poder absoluto ciega, es verdad, pero son los agradadores los que primero deslumbran al poderoso. De hecho, la mayoría de los políticos llevan un Pepito Grillo agradador por conciencia, que les hace sentirse seres por encima de los demás, que los transforma en auténticos capullos injustificadamente satisfechos de sí mismos.

Por otro lado, también es cierto que, a partir de determinada edad, disfrutar de agradador, pasa de ser capricho a necesidad. Debería entrar en el seguro. Yo echo de menos alguien que me anime con un: «Las gafas de presbicia te quedan guaperrímas, pareces un intelectual». O un: «¿Otra cervecita?, claro, con tu estatura te lo puedes permitir, eso casi no es barriga». O un: «Bárbaro, has estado bárbaro, cualquiera pensaría que tienes veinte años, ella no ha probado nada mejor».

Pedro Sánchez ha preferido tener agradador antes que jefe de gabinete. Las fotos con la perrita Turca, las gafas de sol de 'Top gun', las manos viriles o el selfi forzado con Obama, así lo prueban, son de puro agrado. Lo que demuestra que su socialismo, como el que le salió tardíamente a Sarita Montiel, es sobre todo narcisismo. Y que el galán vive, peligrosamente, al borde del precipicio del bótox. Pedro Sánchez es el primer presidente cursi de la democracia, carne de espejo de la madrastra de Blancanieves. Y nosotros mientras, criaturas desagradables, sin nadie que nos avise cuando, en la tertulia piscinera, se nos escapa un huevo del meyba.

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