LA AGOTADORA VIDA DE MARADONA

El documental dirigido por Asif Kaspadia te genera la sensación de que el 10 estaba siempre rodeado por el bullicio

LA AGOTADORA VIDA DE MARADONA
FERNANDO MIÑANA

Entré en el cine a las nueve y veinticinco. Busqué mi butaca y pegué un barrido rápido a la sala. Solo había dos personas más: un hombre con el pelo engominado vestido con unos pantalones bermudas y un polo blanco con el cuello subido, y un niño que deduje que era su hijo. Cuando ya apagaron las luces, justo antes de que empezara la sesión, entraron tres personas más: dos hombres y una mujer, de unos 55 y, vivan los prejuicios, pinta de haberle dado más vueltas a la ruta del bakalao -o del bacalao, como intentan inculcarnos ahora mi amigo Joan Oleaque y los otros que se esfuerzan por poner en valor lo sucedido aquella época- que el cuentakilómetros de esos 600 que aún se ven por ahí los domingos.

Esos éramos los seis espectadores que acudimos un martes o un miércoles, ya no lo recuerdo, a la única sesión en la que se podía ver en Valencia el documental titulado 'Diego Maradona'.

El hombre del polo 'a la italiana' se tiró todo el documental haciéndole fotos a la pantalla. Y cuando salió el gol -en realidad, El Gol- contra Inglaterra, el del famoso eslalon desde el centro del campo, el de «¡¡¡¡barrilete cósmico, de qué planeta viniste!!!!», lo grabó en vídeo. Los de detrás, los tres festeros jubilados, directamente se pusieron a aplaudir. Fue lo que más les gustó. Eso y cada guiño de la película a su relación con las drogas. Que la historia contaba que al Diego se le había ido la mano una noche en Nápoles, inmediatamente escuchabas detrás de tu oreja un «je, je» como de complicidad, como de «yo te entiendo, Pelusa». Que insinuaba que cada noche se iba con una, rápidamente te llegaba un murmullo pícaro.

A mí me apabulló un poco. Yo soy de una generación que contempló sus Mundiales entre los 16 y los 24 años. Así que si a esa edad te gustaba el fútbol, te hacías de la religión maradoniana. No solo por su talento, por haberse convertido en el mayor esteta de todos los tiempos, sino también por su espíritu rebelde, por no morderse la lengua jamás, por dejarse crecer el pelo, rasgos, todos estos, que son los que te pide el cuerpo cuando tienes esa edad, cuando estás entre los 16 y los 24 años.

Digo que me apabulló porque Asif Kaspadia incidió mucho en el zumbido constante que parecía acompañar siempre a Maradona. Desde que llegó al aeropuerto de Nápoles hasta que hubo de salir por patas el día que la camorra le dio la espalda y lo dejó a merced de la justicia italiana. Ruido en la cancha y ruido en la calle. Ruido alrededor de su casa y ruido en los garitos horteras que visitaba de noche. Y digo que Kaspadia incidió porque él amplifica intencionada e innecesariamente el sonido de los petardos o del griterío de la muchedumbre. Y eso acaba envolviéndote y haciéndote vivir la sensación, y esto sí es un acierto, del agobio que era esa vida loca del Maradona napolitano.

Me gustó, pero menos que otros documentales que llevan su firma. Como aquel tan notable que dedicó a Ayrton Senna o aquella fabulosa película que bordó sobre Amy Winehouse.

Me parece imperdonable que no saque, y ni siquiera cite, a los chupasangres que miraron hacia otro lado mientras el Diego se hundía en terreno pantanoso. Y encima, ya en los títulos de crédito, demuestra que no es un olvido porque dedica una línea en memoria del difunto Jorge Cyterszpiler y el agradecimiento a Guillermo Cóppola.

Lo fundamental, creo, es entender lo difícil que era llevar una vida como la suya en Nápoles. Y admirar su grandeza deportiva, esa zurda prodigiosa, esos muslos poderosos y cómo sacaba el pecho cuando estaba en forma y la camiseta delataba que aún no le sobraba ni un gramo (de grasa).

Últimamente me he dado cuenta de que a medida que me hago mayor estoy adquiriendo un súper poder de señor mayor: el de poder opinar un día una cosa y al día siguiente, sin ruborizarme, lo contrario. Por eso salí del documental convencido de que Maradona ha sido el mejor futbolista de la historia. Pero eso durará hasta que vuelva a ver a Messi. Y así en un bucle interminable.

Pero, dándole vueltas al asunto, creo que he llegado a un punto equidistante entre los dos 'd10ses'. Pienso que, atendiendo a una trayectoria tan longeva al máximo rendimiento, Messi es el número uno de todos los tiempos. Y que, si nos ceñimos a la estética, a los que transmite con un balón pegado a la bota, Maradona se lleva el pulso. Los dos resistieron una infancia difícil, pero me parece imposible que Leo acabe degenerando en ese esperpento en el que se convirtió el Diego.