Un adelanto injustificable

Con su gesto Puig ha querido cobrarse su postrer minuto de fama y arañar quizás unos pocos votos más, poniéndose a rueda de Pedro Sánchez

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Empecemos por el principio. O, para ser exactos, por los principios: aquellos que definen desde hace siglos el modelo parlamentario. Principios que dictan que la disolución anticipada del parlamento constituye una medida excepcional, susceptible de ser utilizada solo en casos de insostenible bloqueo institucional, en los que los gobiernos se ven incapaces de sacar adelante las medidas más necesarias como consecuencia de su falta de respaldo parlamentario. Una atribución puesta en manos de los jefes de los ejecutivos a fin de brindar a la ciudadanía la llave con la que desbloquear ese conflicto entre poderes, facilitando al gobierno la mayoría necesaria para sacar adelante su programa, o dándole al legislativo un color político diferente que propicie un cambio de rumbo en el país.

Sin duda, todas estas circunstancias se daban en el caso del Gobierno encabezado en Madrid por Pedro Sánchez, incapaz de sacar adelante sus presupuestos y forzado a gobernar -eso sí: con mucho gusto por su parte- por la vía del Decreto Ley. Pero ninguna de ellas se daban en el que en Valencia encabeza Ximo Puig, cómodamente respaldado por una mayoría parlamentaria que en casi cuatro años de legislatura ha permanecido intacta, y solo limitado en su omnímoda capacidad para legislar por la torpeza de algunos de sus líderes y las promesas incumplidas de su propio secretario general. De manera que mientras que la decisión del presidente del Gobierno de llamar a elecciones generales el 28 de abril resultaba inaplazable, la del president de la Generalitat de convocar elecciones autonómicas en esa misma fecha resulta injustificable.

De entrada, porque aquello de que «lo que importa es que sea la máxima gente la que decida el futuro de la Comunitat» resulta -consideraciones gramaticales aparte- una perfecta simpleza. El futuro de la Comunidad está, por definición, en manos de todos los valencianos, con independencia de que seamos más o menos los que en un determinado momento decidamos acercarnos a las urnas, entre otras cosas porque ni Puig ni nadie puede prever cuáles vayan a ser los índices de participación, y mucho menos vayan a hacerles ascos a unos resultados favorables solo porque aquellos hubieran sido inferiores a lo normal. Y en segundo lugar, porque el argumento del ahorro de tiempo y de dinero no solo resulta insostenible desde el momento en que el 26 de mayo van a haber, sí o sí, unas segundas elecciones -aunque solo sean locales y europeas- sino sobre todo porque de ahora en adelante los valencianos nos veremos privados de la ventaja de simultanear los comicios autonómicos y locales y forzados a acudir a las urnas dos veces en el plazo de un mes cada vez que toque renovar Cortes y ayuntamientos. Y todo eso por el capricho de un President que con este gesto ha querido cobrarse su postrer minuto de fama y -dicen- arañar quizás unos pocos cientos de votos más, poniéndose a rueda de Pedro Sánchez.