EL ABSURDO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Era negro y escribía novela negra. Retrató magistralmente las mandangas de la negritud en Harlem. Creó dos personajes, dos pasmas, también negros, inolvidables, Ataúd Ed y Sepulturero Jones. Gastaban cacharras tuneadas y en el barrio decían que si te salías de una cola te descerrajaban un tiro y preguntaban después, por si acaso. El escritor se llamaba Chester Himes y su cuerpo yace en un pequeño cementerio de nuestra costa pues se afincó en la zona de Moraira allá por el año 69, si no me equivoco. Cuando emigró de EE UU recaló en aquel París libérrimo de jazz y existencialistas pelmas. La crítica de allí le vindicó, respecto a su obra los popes destacaron el carácter absurdo que imprimía a sus novelas. Chester, escéptico, desencantado, hastiado por el racismo que le perseguía en ambas orillas del charco, comentó: «Lo que para mí era puro realismo, para ellos resultaba algo de tono absurdo. Así me di cuenta de lo absurda que era la vida de un negro en Harlem». Demoledor. En ocasiones la delincuencia segrega desventuras repletas de cutrerío que homenajean el lado absurdo de la vida. Salvo las lumbreras del crimen, los Meyer Lanski (levantó los casinos de Cuba), los Bugsy Siegel (inventó Las Vegas), los Lucky Luciano (pactó con el ejército yanqui durante la Segunda Guerra Mundial para asegurar los puertos y los abastecimientos en Nueva York e Italia), en general contamos buscavidas de medio pelo que nos recuerdan a primos de Mortadelo y Filemón situados al otro lado de la ley. Pienso en ese hombre que intentó colar anteayer medio kilo de coca incrustado en una peluca. Ni submarinos sofisticados ni dobles fondos en la maleta. Bajo el pelucón pegó el paquete de polvo de medio kilo. La policía le trincó al detectar su cabezón de extraterrestre. Chester Himes se troncha en su tumba. El absurdo.