Abrirse la gabardina y enseñar la trituradora

Los inventores son artistas, pero no son artistas. Son geniales, pero lo suyo no es la belleza sino la utilidad

Abrirse la gabardina y enseñar la trituradora
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Mañana hará 195 años que Charles Macintosh vendió el primer impermeable. Lo más sorprendente del caso no es que, investigando con caucho, descubriera una tela que repele el agua al mojarse, ese es un proceso relativamente automático en cuanto se empieza a experimentar. Lo auténticamente notable del asunto consiste en imaginar que era factible tal cosa extraordinaria, ¡una gabardina! Estar sentado frente a la chimenea con los pies puestos a secar y preguntarse por qué no existe un tejido que no empape y con el que te puedas cubrir para pasear bajo la lluvia sin que te cale, como si fueses un sapo. Lo que me asombra de los inventores es su ciencia infusa no su técnica aplicada, que sean capaces de adivinar una necesidad que reclama solución más que la mecánica posterior de sus ingenios.

Los inventores son artistas, pero no son artistas. Son geniales, pero lo suyo no es la belleza sino la utilidad. Y yo prefiero el arte de los inventores a la invención de los artistas de hoy. El arte contemporáneo, desligado de todo uso práctico, instructivo u ornamental, conlleva un derroche de inteligencia que no siempre podemos permitirnos y que suena a burla. Los artistas contemporáneos se comportan como meros publicistas de sí mismos y sus obras fluctúan en un mercado desregulado no menos tramposo que el surgido de la codicia de Lehman Brothers. Mi última decepción se llama Banksy, el pintor callejero que luchaba contra el sistema pintando gratis por las calles y ocultando su identidad. Ja.

Conocerán la noticia. La prestigiosa galería Sotheby's subastó su famosa 'Niña con globo'. El globo del dibujo tenía forma de corazón. Una coleccionista europea se lo quedó por un millón y pico. Y entonces, ante los ojos del mundo, cuando sonó el martillazo final y el «¡adjudicado!», se puso en marcha una trituradora de papel escondida en el marco que hizo trizas a la niña y al globo. Se escucharon gritos y lamentos, y los periódicos dijeron que una vez más Banksy, el anarquista incorregible, se había orinado sobre las convenciones del capitalismo salvaje. Sin embargo, algo después de eso, supimos que la compradora estaba feliz con los pedacitos, que tras la 'performance' esas tiras de papel 'subprime' valían el doble que antes y que Banksy, sí Banksy, había titulado el nuevo original roto con 'El amor está en la papelera'. Aplauso de la crítica culta. Un timo, un timo cósmico, en mi opinión.

¿Alguien cree que Sotheby's no revisa los marcos de las obras maestras que subasta por si tienen carcoma o llevan una trituradora escondida? Por favor, no nos tomen por idiotas. Banksy es quien está en la papelera. Qué pena que la gabardina ya la inventara Macintosh porque tanta imaginación merecería haberse dedicado a algo que beneficiase a todos y no sólo a los que compran y venden ese producto financiero llamado arte contemporáneo.

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