Abrir el balcón

La nueva política obliga a pactar con los demás, incluso los menos deseables, pero los líderes no asumen lo que significa el pacto

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Nos convencieron de que el bipartidismo era antiguo, antidemocrático y perverso pero no saben vivir en el multipartidismo. El multipartidismo es la diversidad trasladada al hemiciclo, pero eso significa que sigue habiendo partidos-eje, que dominan la escena y aglutinan en torno a sí a los pequeños, y que entre estos hay determinación para asociarse con unos u otros. El problema es que eso implica ceder, flexibilizar, ser dúctil, adaptarse. Justo la asignatura pendiente de la política española.

La nueva política, ésa que nació de partidos escindidos o sustitutos de otros disfrazados de alternativas originales, novedosas y modernas, obliga a pactar con los demás, incluso los menos deseables, pero los líderes no asumen lo que significa el pacto. Para buena parte de ellos, por lo que vemos, «pactar» es sinónimo de «tocar poder». Y punto. No resulta extraño. Si se acuerda asumir el programa del otro, se debe acompañar con cierto margen de maniobra y de decisión. De lo contrario, se está tomando una referencia ideológica del compañero sin que éste pueda manejar su puesta en marcha. Eso sucede no solo entre Sánchez e Iglesias, donde el factor personal es evidente y envenena la negociación, sino sobre todo entre Joan Ribó y Sandra Gómez. Tampoco la relación entre ellos es precisamente modélica. Ni entre los grupos municipales del PSPV y de Compromís. Por eso resulta comprensible que el apoyo para una nueva legislatura se condicione a compartir el bastón de mando. En eso no debería ceder la concejala socialista por mucho que le den a cambio algunas migajas del gobierno local. Por muy grandes y jugosas que sean.

No solo es por poder sino, sobre todo, por coherencia. Lo que no es razonable para los valencianos es esa diferencia abismal entre el Botànic de la Generalitat y el antiBotànic del ayuntamiento. No todo puede estar al albur del talante personal ni de la estrategia de un grupo. Si el PSPV y Compromís pueden negociar y pactar para gobernar a seis manos la Comunidad, no hay más motivo que el empecinamiento del alcalde, como Sánchez en la Moncloa, para que esa misma dinámica no se instale en el ayuntamiento de Valencia. Al parecer, Ribó está dispuesto a abrir el balcón a los ciudadanos pero no a aquellos que votan PSPV. Esa debería ser la clave de toda negociación en el gobierno central, el de Madrid, de Murcia, de Monforte de Lemos o de Valencia. Cuando se sientan a negociar deberían tener presentes a los representados, no a sus cohortes ni sus propios intereses. Son los miles de valencianos que están detrás de Ribó y de Gómez los que se sientan en esos lugares para administrar conjuntamente los dineros de todos en aras de servir a todos. Ése es el único horizonte que debería marcar la agenda, la discusión y las decisiones de alcalde, vicealcaldesa o concejales rasos. La necesidad de compartir el mando la indican los votantes de uno y otra, no sus preferencias.