Abríamos los balcones en verano

Por culpa del aire acondicionado las calles se han convertido en pasillos de hospital, en caldeados corredores silenciosos

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Al aire acondicionado se debe el confort con que millones de personas duermen ahora en la ciudad. Sin embargo, tal electrodoméstico también mantiene cerradas las ventanas cada vez que regresa la estación del bochorno, para que no se salga el fresquito, claro, y, así, nos priva de las voces que, tradicionalmente, escapaban de los pisos a partir de que la primavera empezaba a apretar. Por culpa del aire acondicionado, las calles se han convertido en pasillos de hospital, en caldeados corredores silenciosos. Antes, el invierno se diferenciaba del verano, entre otras cosas, porque los balcones estaban abiertos de par en par y las cortinas blancas giraban como servilletas en un casamiento. A mediodía, bajo un sol de justicia, mientras uno caminaba por la sombra, podía ir escuchando conversaciones familiares, diálogos de radionovela o coplas de las señoras que se preparaban para pasar la tarde cosiendo y que la brisa llevaba de un lado a otro. Ya no. Esa banda sonora de la vida se ha apagado para siempre al encenderse el bicho de las frigorías.

Desde los patios de luces, durante las tórridas noches de poniente, cuando en Valencia el aire abrasa, se colaban por la ventana de la cocina llantos de velatorio, suspiros de soltera, broncas de recién casados, mutismos de bodas de plata, pedos anónimos, penitencias de beato reprimido, avisos de «falta de su domicilio» de Radio Nacional, viejos tangos y, sobre todo, niños. Niños que rezaban, lloraban, jugaban, tenían miedo o sarampión, o que llamaban a su madre porque se meaban en la cama. Nos hacíamos compañía unos a otros y no necesitábamos redes sociales para enterarnos de que la chica se había quedado embarazada del Espíritu Santo o que los grises conducían a comisaría al señorito invertido del ático, por su peligrosidad social. Hoy, esos mismos patios de luces, están mudos como pozos mineros clausurados.

En una ocasión, en que mis tíos, sí, esos tíos míos, hicieron el amor con más ímpetu de lo que corresponde a un matrimonio y con el balcón desabrochado, justo al licuarse ambos en sendos orgasmos gloriosos, estalló en la calle una brutal ovación que provenía del resto de balcones del barrio, también abiertos. Los pobrecitos se quedaron inmóviles más de media hora, el misionero sobre su feligresa, sin atreverse a asomar la nariz, digo yo que sería la nariz, y comprobar si aquel «¡goool!» se debía a que habían ofrecido un espectáculo impagable a la comunidad o a que estaba jugando el Valencia en televisión. Por desgracia para el prestigio del apellido, fue lo segundo.

Vivir sin aire acondicionado era peor, pero, al tiempo, más humano. Por eso, algún día, abriremos de nuevo los balcones, angustiados por el aislamiento que conlleva emparedarse para pasar frío, justo cuando el calor llega a despertarnos. Si no, ¿de qué serviría que el sur tenga verano o yo infancia?

 

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