EL ABRAZO DEL ÉXITO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me sentí agusanado cuando firmé la hipoteca que todavía pago cada mes. «Firme aquí», susurraba el amable chupatintas señalando con el índice el hueco donde debía estampar la rúbrica. «Firme también aquí». Y yo firmaba lento, espeso, meticuloso como si practicase primeriza caligrafía de colegial. Y firmaba dócil, fatigado, pero nadie me enchufó el cañón de un revólver contra la nuca para obligarme a pillar esa hipoteca. Sabía lo que firmaba. Sabía que claudicaba. Asumía la larga condena que me esperaba. Pero la decisión fue sólo mía. Quizá por la imparable infantilización de la sociedad, acaso influidos por los rutilantes anuncios de la tele donde los bancos son espacios luminosos preñados de alegría y buenas vibraciones, algunos se han creído que las entidades financieras son una suerte de oenegés preocupadas por nuestro bienestar y felicidad. Han olvidado que son empresas que necesitan ganar dinero para asegurar su subsistencia y repartir dividendos entre los accionistas. Sé bien que en la senda de la corrección política existen fórmulas que son el caballo ganador que te convierte en una persona muy sensible y simpática que milita en el rebaño del artificial universo de los colorines. Basta con insultar a Trump en cualquier conversación pública o privada para recoger el aplauso fácil. Asimismo, ciscarse contra los bancos te otorga halo de Robin Hood que defiende a los desfavorecidos. El famoso impuesto no terminaba en la panza de los pérfidos bancos, sino en el insaciable estómago de las autonomías. Pero no importa, ha estallado del festival demagógico y es imparable. ¿Pagarán ellos el impuesto? No. Lo repercutirán sobre nuestros esquilmados bolsillos. La edad limita las ambiciones, por eso, a estas alturas me conformaría con pagar de golpe mi hipoteca para disfrutar el abrazo del éxito.

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