La desigualdad más insostenible: hambre y población sobrealimentada

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Recientemente se ha celebrado en Valencia el Simposio Internacional 'Diálogos sobre Nutrición y Sistemas Alimentarios Sostenibles', en el marco de Valencia Capital Mundial de la Alimentación 2017.

El Simposio recogió las propuestas de los diferentes grupos de trabajo para hacer de las ciudades espacios para el desarrollo de sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, que se elevarán a los alcaldes de los municipios firmantes del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, en la cumbre que los reunirá en Valencia el próximo octubre.

Los dietistas-nutricionistas miramos por la salud de las personas, mediante una forma sana de alimentarnos que resulta ser también la más sostenible. No obstante, lo que nos llevamos a la boca es el último eslabón de una cadena que pasa por la producción, manipulación, distribución, venta y consumo de lo que comemos.

Partimos de un actual sistema alimentario poco sostenible, es decir, que no es posible mantener durante largo tiempo, sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente. Y al hablar de recursos, lo hacemos principalmente de la tierra, del agua y del aire, elementos básicos de los que dependemos para la obtención directa de alimentos. La sobre explotación de los caladeros marítimos y el desgaste del suelo por los cultivos intensivos, la contaminación del suelo y de la atmósfera por pesticidas y fertilizantes, la manipulación genética y su incidencia en las especies vegetales y animales que consumimos. son solo ejemplos de por dónde la sociedad actual ha roto en tan solo unas décadas el equilibrio de la cadena alimentaria.

Desde el punto de vista dietista-nutricionista, una alimentación sostenible está relacionada con el equilibrio humano y la salud de la población, un binomio hoy por hoy resquebrajado a nivel global. Una vez más, las cifras son contundentes y lo constatamos cada vez más en nuestro entorno como, por ejemplo, en el número de personas con sobrepeso.

Al mismo tiempo, convivimos con graves crisis humanitarias como las grandes hambrunas de Sudán del Sur, Somalia, Nigeria y Yemen. 795 millones de personas pasan hambre en el mundo frente a 600 millones de obesos que se convierten en 2.100 millones, si hablamos de población con sobrepeso en 2014. En términos de salud poblacional, lo anterior se traduce en enfermedades derivadas de cardiopatías, diabetes y cáncer entre otras, que están haciendo insostenible el gasto sanitario. Añadir, además, que comemos un 30% más de lo que necesitamos.

Ante esta situación, los dietistas-nutricionistas y velando por la salud, abogamos por una alimentación sostenible que esté más cerca del equilibrio natural y que maneja de manera más inteligente las etapas de la vida, incluso frente a predisposiciones genéticas, además de ser capaz de ayudar a nuestro organismo a superar las crisis de salud y a prevenir enfermedades no transmisibles. Para ello recomendamos consumir más productos frescos y menos manufacturados, menos carne y más vegetales, así como fomentar el consumo continuado y habitual de alimentos ecológicos, biológicos, orgánicos, de temporada y de proximidad, en una cadena sostenible que finalmente beneficia a la salud.

En cuanto a qué hacer a nivel de municipios, compartimos la necesidad y urgencia de dar con sistemas alimentarios sostenibles para el abastecimiento de unas áreas urbanas, con cada vez mayor concentración de población. Las acciones que proponemos los dietistas-nutricionistas a las autoridades municipales como aportación a la próxima cumbre del Pacto de Milán, de cara a una política alimentaria que garantice la seguridad nutricional son las siguientes.

En primer lugar, trabajar desde la base en los centros escolares, con programas de educación alimentaria dando participación a los padres y educadores, en la universidad y entre colectivos sociales. Actuar sobre la restauración colectiva que a diario sirve a miles ciudadanos e incluir las políticas para una alimentación sostenible en los pliegos de contratación. Además, contar con dietistas-nutricionistas en los ámbitos de actuación municipal (educación, salud, mercados.) para el desarrollo de programas en educación alimentaria y de campañas de marketing nutricional, por parte de la Administración.

Sería también necesaria la revisión de la regulación de las máquinas de vending en espacios públicos, para que provean de alimentos más sanos y en la misma línea, promover el consumo de productos de proximidad de los que una ciudad como Valencia, tiene tan a mano, tanto por la huerta como por la costa.

Por último, repensemos nuestros hábitos, qué gastamos y en qué, tanto por nuestra salud como por el impacto que tiene en nuestro entorno y a nivel global. El 33% de los alimentos que se producen se desperdicia y cada año en el mundo se gastan 90.000 millones de dólares/83.000 millones de euros en alimentos que no consumimos, con los que se podría dar de comer a 2 mil millones de personas/año.

Por tanto, ni la sobrepoblación ni la falta de alimentos son los causantes de un desequilibrio, consecuencia de un sistema que está más al servicio de intereses económicos que de las personas. Seamos pues las personas, cada uno de nosotros, los que empecemos a cambiar, a actuar.

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