LA NIÑA DE LA BBC

ÁLVARO MOHORTE

La vida surge en ocasiones en los momentos más inesperados. El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pusan (Corea del Sur), Robert Kelly, puso algunos libros sobre la cama, ordenó los papeles de la mesa y comprobó que el mapamundi que colgaba de la pared estuviera recto.

Miró la hora y vio que todo iba según lo previsto. Se ajustó instintivamente la corbata y cerró la puerta de la habitación, olvidando pasar el pestillo. Bien peinado, con su traje azul impecable, no quería dejar nada al azar. La conexión tenía que hacerse desde casa y no desde el despacho al ser ya las cuatro de la tarde, aunque varios miles de espectadores estaban a punto de escuchar su explicación de la crisis política surcoreana mientras desayunaban en Reino Unido, viendo la BBC.

Evidentemente, su currículum como experto en geopolítica era imponente y su conocimiento de la realidad de la zona era muy superior a la de cualquier colega por el hecho de residir allí. Sin embargo, eso de salir por la tele y ser visto por algunos de los hombres y mujeres más influyentes del mundo sólo podía hacerle sumar enteros.

Quién sabe. Quizás la primera ministra Theresa May estuviera en la cocina de su casa y le escuchara sosteniendo una taza de café y pensando en reforzar con un experto de su nivel el Foreign Office.

Sabía que para una entrevista en televisión hay que cuidar los detalles, ser conciso, claro y directo. Por supuesto que explicar las razones de la destitución de la presidenta Park Geun-hye mientras el chalado de Kim Jong-un tiraba misiles desde Corea del Norte no era tarea fácil, pero los espectadores debían poder hacerse una idea de la situación y seguir a sus cosas.

Según lo previsto, el icono de llamada aparece en la pantalla y Kelly descuelga. Son los de producción del programa. Le pasan ya con el presentador y empiezan la entrevista. En miles de hogares británicos le están viendo explicar la situación en el lejano oriente hasta que, a espaldas del profesor se abre una puerta y una niña con gafas y un jersey amarillo entra bailando y cantando hasta donde está su padre. Robert intenta conservar la calma y seguir con su explicación, mientras aparta a la niña del tiro de cámara.

«Creo que su hija ha entrado en la habitación.» apunta el periodista con toda su flema británica, pero en ese momento, un bebé montado en un tacatá asoma por la puerta abierta y sigue a su hermana.

El pobre profesor no sabe donde meterse. Se disculpa, mientras no consigue seguir respondiendo. Como un rayo, una mujer surge del pasillo y agarra a los niños y se los lleva casi arrastrando hasta sacarlos de la habitación y, todavía de rodillas, cierra la puerta. Señoras, señores, la realidad ha pasado por aquí.

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