SUPER BOWL EN LA 'BOCA DEL LOBO

O como la NFL es capaz de reunir a cuatro amigos en La Cañada para ver su partido

FERNANDO MIÑANA

Si llegara esta noche a la cena con mis amigos y les dijera, apenado, que se retira Dani, me mirarían raro. No creo ni que preguntaran quién es. Como buenos colegas, irían directos al mentón. «Tío, ¿tú no decías que no tomabas drogas?». No tomo, no, solo constato que la cultura deportiva de este país es pobre y reducida. Dani es un mitger. Que es un tío que juega a pilota en los trinquetes, vamos. No ha llegado a la altura de Sarasol II, Grau o Chatet de Carlet, pero ha sido un grande.

Otro día podría ir hasta arriba de LSD, salir a la calle como un loco y ponerme a parar a la gente, cogerles de las solapas y obligarles a decirme quiénes son los deportistas valencianos que conocen. No creo que pasaran de Paco Alcácer, David Ferrer y Víctor Claver. Les chocaría la mano, les dejaría marchar y me iría corriendo al bar más próximo. Por el camino habría llamado a mis amigos otra vez e iría pidiendo la primera ronda.

Esta noche puede que les vea en la 'Boca del lobo', que es como llamamos, ya ven, a la casa del experto del grupo en fútbol americano. Es rico y tiene chalet en La Cañada con una tele del tamaño de mi piso. En realidad solo nos gusta a él y a mí. Los demás vienen, o venían, porque hay hamburguesas, costillas y cerveza gratis. La mayoría conoce a Tom Brady, como mucho, y para de contar. Y es porque se acuesta cada noche con Gisele Bündchen al lado y eso es algo que un hombre no olvida.

Llevo viendo la Super Bowl desde que era un chaval. Me quedaba solo en el comedor de casa y disfrutaba del espectáculo que, entonces, solo ofrecía TV3. En el descanso actuaba Michael Jackson y en aquellos tiempos sin madrugones esperabas hasta el final sin pestañear. Al día siguiente casi nadie hablaba del asunto. Mi compañero Jorge y pocos más.

Con los años hemos ido saliendo del armario. La Super Bowl mudó de la clandestinidad de TV3 a Canal Plus y algunas emisoras de radio empezaron a amenizar esas largas noches con entretenidas retransmisiones en las que, los censores dormían, se escuchaba nítidamente el ruido de los cubitos de hielo tintineando contra el vaso o el de unas bocas que exhalaban el humo de vete tú a saber qué. Vamos, que al tercer cuarto ya se hablaba poco del receptor o del runningback y mucho de cualquier cosa que le hiciera gracia a los locutores mientras se carcajeaban con la risa tonta de un adolescente lleno de acné.

Después de los adictos a la Super Bowl asomaron los detractores. Primero fueron los amantes del rugby, que elogiaban su viejo juego entre caballeros en oposición al show de los yankees. Como si lo uno anulara a lo otro. Y luego ya, directamente, los que nos insultan porque a ellos no les gusta y les parece algo snob. Sospecho que ni siquiera han intentado hacerse una idea de cómo se juega.

La Super Bowl, te guste el fútbol americano o lo detestes, es un pepinazo. No ya porque lo vea uno de cada tres estadounidense, que es hasta casi normal, sino porque consigue que a miles de kilómetros de allí se junten cuatro o cinco tíos a cenar hamburguesas y a beber Budweiser como símbolo de postración ante el éxito de su producto.

Ya voy al grano. Que muchos deportes, lejos de escupir sapos y culebras por lo desconocido, deberían abrir bien los ojos y tratar de empaparse todo lo que puedan de un deporte que es capaz de poner a medio planeta delante de la tele a ver algo que no entienden totalmente.

Propongo hacer el ejercicio mental de lograr que vuestras novias o mujeres -o el de aquellos novios o maridos, que nadie se me enfade, que no sepan lo que es un fuera de juego aunque se lo hayas explicado cientos de veces, durante años, con la paciencia de un profesor de matemáticas- se tragaran un partido de fútbol de la liga australiana y que encima lo hicieran entusiasmadas. ¿Es un éxito rotundo de la NFL o no?

Hay que reconocer que van por delante. Yo, ahora que vivo en tiempos con madrugones, me acabo de reenganchar a la NBA gracias a la cuenta de Twitter @NBAspain, que cada día lanza diez, quince, veinte vídeos cortitos, de 30 segundos a dos minutos y medio, con lo mejor de cada jornada. Eso es saber vender un deporte. Mientras, aquí, podría volver a la calle, coger del cuello a los viandantes y preguntarles por la Liga ACB. Camarero, otra ronda.