El estremecedor grito mudo de 'El Olivo' en los Goya

BERNABÉ MOYA BOTÁNICO

Icíar Bollaín y Paul Laverty definen la película 'El Olivo' como un grito. Un grito con el que proteger la memoria y evitar que se pueda reescribir la historia ante nuestros ojos. Una manipulación de la realidad que por increíble que parezca ya ha empezado a suceder. A manos de los mismos políticos que no dudaron en correr prestos al estreno mundial del filme en tierras del Maestrazgo, y que ahora, de forma unilateral, a escondidas y dando la espalda a la sociedad, han tratado de modificar la Ley de Patrimonio Arbóreo Monumental de la Comunidad Valenciana, para con ello empezar a desproteger olivos, palmeras y otros árboles ancianos.

'El Olivo' es un grito de desesperación existencial, de profunda ansiedad. Un grito desgarrador, con el que denunciar el sangrante expolio que sufren los olivos más viejos del arco mediterráneo al ser arrancados impunemente de cuajo de su tierra. Un grito terrorífico, de la misma naturaleza que el pintor expresionista noruego Edvard Munch reflejó en El Grito (1893): «Paseaba por una carretera con dos amigos cuando el sol se puso. De repente el cielo se tiñó de rojo sangre y sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza. Un grito desesperado, perturbador, ineludible, que disecciona el Alma humana».

En el 'El Olivo', árboles y personajes desfilan al ocaso de unos olivos que llevan muchas generaciones ofreciéndonos luz y alimento. La tragedia de la sangre, del descuartizamiento, una de las más duras de la película, muestra al árbol protagonista suspendido de una grúa con las ramas y raíces salvajemente mutiladas. Una crueldad que también está presente en los olivos impúdicamente exhibidos en el vivero. 'El Olivo' es un grito mudo, pero infinito, en defensa de la memoria, de los árboles, del paisaje y del paisanaje. Un grito cargado de una profunda angustia existencial, obsesivo y torturado, que encarna el 'monstruo' benévolo y silencioso que habita el olivo de Iciar y Paul.

'El Olivo' es un grito visceral, provocado por sentimientos de desaliento, soledad, amargura y miseria que caracterizan a este tiempo de especulación y usura. Un grito para poner fin al exterminio de unos árboles viejísimos, y dejar que sigan nutriéndonos. Un grito con el que denunciar que los medios de comunicación juegan un papel cómplice, al difundir eslóganes como «salva un olivo milenario poniéndolo en tu jardín», pero sin mostrar la otra cara. Un grito para evitar que grandes corporaciones y multinacionales, banqueros y nuevos ricos, arquitectos y urbanistas, constructores desalmados, viveristas sin escrúpulos y políticos arribistas exhiban un 'falso' amor a la naturaleza. 'El Olivo' es un grito al absurdo del boom urbanístico, que exhibe como trofeos vergonzantes los cuerpos maltrechos y mortecinos de unos árboles de los que verdaderamente mana oro líquido, para sus gentes. Si les dejamos que continúen en el lugar en el que nacieron y crecieron, protegiéndolos y cuidándolos.

Los olivos gritan desesperados al ser desarraigados. Los especuladores usan la palabra trasplantar (un eufemismo) con ánimo de confundir y engañar para aprovecharse de las buenas intenciones, un tanto ingenuas, de una sociedad que cada día vive más alejada del conocimiento de la naturaleza. Las evidencias de la masacre que nos presenta 'El Olivo' de Icíar y Paul, la han completado con la edición de capsulas documentales que ilustran este nuevo grito en defensa de los árboles, como 'El conflicto de los olivos milenarios' . Para los que quieran profundizar más en este 'conflicto', y saber que pasa realmente con estos olivos tras el 'trasplante', les recomendamos acceder en la red al documental 'El martirio de los olivos'.

Al inicio del artículo afirmaba que la película "El Olivo" es un grito con el que evitar que nos cuenten otras historias. La 31 edición de los premios Goya tiene como protagonistas de la fiesta del cine a unos perdedores, de los que mucho nos tememos que su realidad pase desapercibida. Al no tener posibilidad de nominación, tampoco tendrán la oportunidad de poder sonrojarnos con su tragedia. Ni siquiera denunciar con nombres y apellidos a quienes hoy, y a traición, les vuelven la espalda y les cortan los derechos. No hay premio para los árboles. Les deseamos toda la suerte del mundo a los nominados. A los olivos, justicia y paz. Callar es la muerte.

 

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