Ribó se cansa, Fuset quiere triunfar

Ribó se cansa, Fuset quiere triunfar

El runrún de la falta de ganas del alcalde se agranda hasta hacer efecto en los suyos. Dos de los muchachos han tomado nota

JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del 29 de enero de 2017.

El runrún, antes sordo, ahora semeja un guadiana que aparece y se va, aparece y se va. ¿Se ha cansado Joan Ribó de ser alcalde, ha perdido parte de la ilusión, o es que él es así en realidad? A medio gas en lo tocante a gobernar, a gestionar los recursos públicos, a abordar un asunto tras otro y fíjate hasta dónde llega la montaña de papeles, a representar la función de ese alcalde que siempre está disponible, a la hora que sea y el día que sea. Casi no sale del despacho, pero tampoco se eterniza en el despacho, ni mucho menos. La alcaldía tiene horario, como el maestro de escuela; hay otra vida. Ese es Joan Ribó. Le interesan las ideas políticas, no tanto la ejecución de las políticas si van desprovistas de trasfondo ideológico. En su mocedad rehusó hacer carrera en el escalafón universitario y optó por presentarse a las oposiciones para profesor («me dijo que quería tener las tardes libres para dedicárselas al partido»). Ribó ha tenido miles de tardes libres para pensar en cómo cambiar el mundo, pero cuando uno está enredado en cambiar el mundo, o la sociedad oceánica, difícilmente asumirá las peculiaridades de la gestión municipal, los pequeños o medianos problemas de los contribuyentes.

Conviene conocer la fractura intelectual de Ribó y tantos otros para comprender su vida y sus pulsiones. A finales de los ochenta, ya en la edad madura, de un día para otro vieron el derrumbamiento de todo su modelo político con la desintegración de la Europa del Este y los millones de ciudadanos hambrientos y silenciados que abandonaron el sistema comunista para echarse en brazos de la democracia liberal. Una decepción enorme y traumática, nunca quisieron reconocer el fracaso de sus ideas ni pidieron perdón por la enormidad de sus crímenes y violaciones. El proletariado les abandonó en cuanto los comunistas se quedaron sin aparato represivo. Hubieron de reinventarse y se acogieron al salvavidas de las minorías. Construyeron sus nuevos postulados en torno a la bicicleta, el feminismo, el ecologismo, los movimientos gays, el etnicismo nacionalista, las lenguas y el animalismo. ¡Toma ya! Justo los colectivos estigmatizados con sangre y fuego por el comunismo gobernante. Se convirtieron en defensores de las víctimas hasta entonces perseguidas en la URSS, China, Vietnan o Cuba. De esa manera lograron cambiar la lucha de clases (que acababan de perder) por la lucha de géneros, con recorrido por delante.

Con tal experiencia interior llegó Ribó a la alcaldía pronto hará dos años. Y así se entiende lo que llevamos pasado. Las políticas de gestión se improvisan y rectifican según va creciendo la marea de las polémicas. Igual da el cambio de rumbo en las zonas turísticas, la tala de moreras, los horarios comerciales o de las bibliotecas, los servicios públicos o los usos urbanos del Puerto. Sencillamente se carece de sensibilidad suficiente para estos cometidos. Se piensa algo y se hace, sin mucha preparación, y si luego surge error o malestar se corrige sobre la marcha. Mucho chachachá pero la mitad de las obras prometidas a los vecinos en 2016 ni han empezado. Mucho blablablá pero una vez tomados los mandos, el gasto en contratos a dedo no desmerece los tiempos del oprobioso PP. Con la limpieza y las basuras todavía tiene el alcalde oportunidad de salir bienparado, ese es un partido sin despejar; ya se verá. Lo que ya no presenta dudas es la demoledora guerra del tráfico iniciada por Ribó, sus manipulados semáforos ecosocialistas y ese pobre concejal Grezzi, venido a menos, al que ya se le manifiestan hasta los tractoristas. Con el tráfico, no obstante, Ribó se va a enrocar, aunque le cueste la alcaldía como parece probable, harto se supone de haber llegado al cargo para no poder imprimir los cambios ideados en esas miles de tardes libres que ha disfrutado. La movilidad es el único área de gestión en el que tiene puesto su empeño. El resto de su mandato está enfocado a la política de las ideas. Himnos, nombres, banderas, empujones con Cañizares, etc. Muy siglo XIX: callar las campanas de iglesias y conventos, cambiarle el nombre a la ciudad, retirar la referencia a Don Juan Carlos en La Marina, esconder los símbolos religiosos mientras se mantiene el control sobre la ofrenda a la Virgen, el Corpus Christi o las entidades vicentinas.

Quitar y quitar. Todo bastante aparatoso. No apunta como el balance inteligente de un alcalde con recorrido. Ribó, a punto de alcanzar la mitad de su mandato, no ha logrado ganarse la impronta de alcalde sobreelevado, indiscutido, alcalde de todos. ¡El alcalde! Y ya difícil será que lo consiga. Logró el sillón por los pelos; después de 24 años de desgaste de la derecha, una crisis económica de caballo, innumerables sospechas de corrupción sobre el PP, el auxilio indispensable de otros dos partidos de izquierda y un montaje tramposo contra Barberá en plena campaña, el famoso Ritaleaks archivado por la justicia por el mismo criterio con el que archivaron a Ribó su viaje a Galicia rodeado de fieles. Un año después, en las elecciones del 26J, había perdido diez puntos y 37.000 votos. Se quedó de piedra, bloqueado como si hubiera caído de nuevo el muro de Berlín («¿qué ha pasado, con lo bien que lo estamos haciendo?»). Más de uno le contestó lo mismo: meterse en procesiones, cambiar el callejero, poner pegatinas y mangonear en las Fallas no son políticas municipales.

Volvió del verano con afán de invisibilidad, porque ni siquiera podía hacerle cantos a la suspirada II República sin encontrarse con réplicas. El runrún de su falta de ganas se ha ido agrandando. Hasta hacer efecto en los suyos. Por eso ha tenido que cortar el suflé personalmente, asegurando que se propone ser candidato en 2019. Cuesta creerlo. Y ya veremos si le dejan. Dos de los muchachos han tomado nota. El concejal Carlos Galiana (un alarde de mesura en comparación con sus colegas) baila con Mónica Oltra igual que Isabel II sacaba del brazo a sus favoritos, y le perdona su imputación como la reina castiza obviaba los pecados del general Serrano. Entretanto, su competidor, el intrépido Pere Fuset, a punto ha estado dos veces de morir abrasado en una cremà; tantas son sus ganas de triunfar. Fuset baila con quien haga falta y se va a París de gañote como carabina de la fallera mayor. Y le afea a su compañero Campillo que conteste en el pleno a Fernando Giner, «que el portavoz del grupo soy yo». No te pases Sergi. Y si no diera esa pinta algo atolondrada podría pensarse que ese dedo a lo ET que tiene, de tanto contratar catering al presidente de la falla de Carlos Galiana, no es un favor que le hace a su compañero, no, sino la típica jugarreta para estropearle el currículm. Fuset quiere ser una estrella, por si Joan en fin, ya sabes. Habrá leído que puede conseguirlo con cinco retos, está en todas las revistas de pop adolescente: 1) tener encanto natural, 2) creértelo, 3) trabajar mucho y perfeccionarlo, 4) dotes para la escenografía, 5) relacionarte mucho y ser muy activo en las redes sociales. Se diría que Fuset se esfuerza por cumplirlos todos, por si Joan, en fin, ya sabes.