El paso del cangrejo

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IGNACIO ABELLA MINA

En mayo del año 2006, el pleno de Les Corts aprobó la ley de Patrimonio Arbóreo Monumental de la Comunitat Valenciana. Se trataba posiblemente de la iniciativa legislativa más avanzada de Europa para la defensa de nuestros árboles singulares y centenarios y no solo concitó la unanimidad de todos los diputados, sino que tuvo el efecto inmediato de detener el expolio de olivos centenarios, una verdadera sangría para el paisaje. A su amparo quedaron asimismo protegidos más de un millar de ejemplares que formaban parte de ese patrimonio irrenunciable de nuestra naturaleza, tradición y cultura. Es difícil hacerse idea del tiempo y esfuerzo que invirtieron numerosas personas para conseguir este objetivo. Bernabé Moya, director del Departamento de Árboles Monumentales de la Diputación de Valencia e impulsor y artífice de esta ley, y sus colaboradores, trabajaron de forma incansable para redactar el documento y poner de acuerdo a los grupos políticos. A diferencia de tantas leyes de protección de patrimonio público, ésta ha tenido una aplicación eficaz y resultaba ejemplar para el resto de las comunidades.

Desgraciadamente todo este edificio de años de paciente construcción, de investigación, divulgación y protección este legado comienza a desmantelarse por la inconsciencia e insensibilidad de unos administradores indignos e incompetentes. La destitución de Bernabé Moya y el cierre del Departamento de Árboles Monumentales fue tan solo el comienzo. Ahora se plantea la reducción del número de árboles amparados en la ley, que seguramente resulta excesivo para los nuevos gestores.

En esta era del cangrejo, parece que los políticos de turno hubieran inventado el paso hacia atrás que nos lleva a reducir libertades, derechos e inversiones en educación, patrimonio, cultura y medio ambiente... Incapaces de crear, son sin embargo expertos en demoler lo poco que funcionaba. Parece el signo de estos tiempos en los que el señor Trump se dispone a derogar el incipiente sistema sanitario de Obama, que seguramente resultaba excesivo para los estadounidenses más pobres. Quizá la solución sea arrancar los árboles para prevenir que se hagan monumentales. Ya lo decía El Roto en una de sus geniales viñetas: «Los árboles hay que talarlos de jóvenes, porque si no crecen y hacen reivindicaciones».

 

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