Los modales de Erskine May

Los modales  de Erskine May

Tras los debates sobre el 'brexit' en Westminster, el letrado más distinguido de la Cámara de los Comunes y uno de los padres de la democracia británica debe de estar revolviéndose en su tumba

En 1844, el letrado principal de la Cámara de los Comunes en Westminster, Erskine May, publicó un tratado sobre la ley, los privilegios, los procedimientos y el uso del Parlamento. El libro del señor May no estaba llamado a convertirse en un best seller, pero su influencia como punto de referencia desde entonces ha sido inmensa. El tratado no solo forma parte de las normas que rigen los procedimientos en el Parlamento del Reino Unido, sino que también ha sido adoptado por otras legislaturas en diferentes países. En uno de los apartados, May intenta aclarar cuál es el lenguaje apropiado para el buen desarrollo de un debate civilizado. Por supuesto, la libertad de expresión es primordial y, sobre todo, en el epicentro de cualquier democracia, como es la Cámara de los diputados. Pero, y es una calificación muy importante, el lenguaje que utilizan los representantes para expresar sus ideas puede marcar la diferencia entre un debate civilizado y una bronca salvaje. O para repetir la frase de May, «un buen temperamento y la moderación son las características de la lengua parlamentaria». Tras los debates sobre el 'brexit' en Westminster, el letrado más distinguido de la Cámara de los Comunes y uno de los padres fundadores de la democracia británica debe estar revolviéndose en su tumba. La Cámara resuena con palabras belicosas como «traidor», «rendición», «traición», «colaborador»... y, la más venenosa de todas en el léxico británico, «apaciguador». El rencor no tiene límite y un veterano diputado dice que no ha visto nada igual en casi medio siglo de vida parlamentaria. Otro diputado, cuyos padres eran refugiados judíos de la Alemania nazi, ha tenido que recordar a sus colegas que la Segunda Guerra Mundial ha terminado y que Gran Bretaña ahora no están en guerra con Europa.

El cambio de modales en Westminster es un eco de una tendencia ya muy marcada en los EE UU, donde el presidente Trump es un maestro del insulto. Trump entiende a la perfección que las palabras importan y que su repetición una y otra vez resulta clave. Su denigración sistemática de quienes se oponen a él es implacable. Para él, los medios que no le gustan solo publican noticias falsas, sus opositores son corruptos (como Hillary Clinton) o deberían ser encarcelados (como los líderes demócratas en el Congreso). Ahora parece que en ambos lados del Atlántico el insulto es el arma preferida y, para llamar la atención en los redes sociales como Twitter, cuanto más incendiarias sean las palabras empleadas, mejor.

No es de sorprender que haya habido un amplio contacto entre los asesores de Trump en la Casa Blanca y los de Johnson en Downing Street. Tanto en EE UU como en el Reino Unido, el tono del debate político ya ocupa un terreno nuevo y peligroso, porque ambos líderes han adoptado un estilo muy agresivo. Los dos dirigentes emplean un discurso que apela directamente a las emociones y no al cerebro. Y existe un peligro real de que el lenguaje que usan corroerá la cultura política y destruirá la posibilidad de compromiso que es esencial para una democracia sana.

El objetivo de las palabras en una arena política debe ser persuadir e influir. El propósito del debate es montar un argumento capaz de aguantar las críticas de los demás -y adaptar el rumbo si es necesario-. Cualquier Parlamento debería ser un espacio seguro en el que se pueda debatir e intercambiar opinones con tranquilidad. Por desgracia, el Congreso estadounidense y el Parlamento británico corren el riesgo de no aprobar esa prueba crucial. Se han convertido en plataformas para lanzar eslóganes fáciles y repetidos hasta la saciedad. La estrategia de repetir mensajes emocionales no es promover el diálogo y mucho menos una dialéctica. Lo que Trump y Johnson quieren hacer es consolidar y fortalecer el apoyo de sus seguidores. No es necesario convencer a una mayoría con argumentos racionales y lo más importante es motivar a los votantes más partidistas -no se puede olvidar que solo el 37% de todos los electores británicos votaron a favor del 'brexit' y solo una minoría de los votantes estadounidenses apoyó a Trump-.

Con frecuencia, ambos líderes se presentan como la voz auténtica del 'pueblo' dispuestos a enfrentarse a una misteriosa 'élite' que, según dicen, controla la legislatura, los tribunales o los medios de comunicación. En el Reino Unido, Johnson se está preparando para convocar elecciones generales cuanto antes, en las que él va a presentarse como una competencia entre 'el pueblo' (que quiere el 'brexit') y un Parlamento empeñado en frustrarlo. Al igual que Trump, que busca un segundo mandato el año próximo en EE UU, Johnson hará una campaña muy populista. No habrá necesidad de debate o compromiso porque solo hay blanco y negro, amigos y enemigos. Quizás esta estrategia funcione para ganar unas elecciones, pero, como Erskine May bien entendió,no es forma de gobernar bien un país.