A pie por la milla de oro de la costa

Granadella. Numerosos bañistas disfrutan de un día de playa en la zona costera de la Granadella. / Tino Calvo
Granadella. Numerosos bañistas disfrutan de un día de playa en la zona costera de la Granadella. / Tino Calvo

Las playas de Xàbia se llenan de veraneantes a pesar de las restricciones al tráfico | El Consistorio limita el acceso de vehículos, por lo que centenares de personas andan cada día kilómetros para poder llegar a las calas

B. ORTOLÀ

Xàbia. Son las 9.15 de la mañana, el sol ya luce desde hace unas horas sobre el azul del Mediterráneo. En Xàbia la temperatura ya supera los 26 grados aunque una ligera brisa marina rebaja el efecto de la calima típica de verano, aún así apetece refrescarse con un baño. A ello se dirigen Luisa y Genaro, dos vecinos de Extremadura que visitan por primera vez el municipio de la Marina Alta atraídos, dicen, por sus playas: «nos habían dicho que esta costa era maravillosa, realmente es el paraíso, la milla de oro de la costa», afirman.

La intención de esta pareja extremeña es visitar todas las calas de la zona, la primera parada es la playa del Portitxol. Para llegar hasta ella deben salir con el coche de la zona del Arenal, donde se hospedan, y conducir unos diez minutos por empinadas calles. Cerca de su destino, a punto de enfilar la bajada hasta la cala, un vigilante les frena junto a una barrera que corta la calle.

Éste les informa sobre la medida que decidió tomar el Ayuntamiento para intentar reducir la presencia de coches en las calas (Portitxol, Granadella y Ambolo) y evitar colapsos y embotellamientos. Hay un cupo máximo de plazas de aparcamiento, cuando está lleno toca bajar, desde donde está la barrera, a pie unos diez minutos. La pareja tiene suerte, «a primera hora siempre hay sitio, pero a partir de las 10 de la mañana es difícil que puedan pasar», apunta el guardia.

Con esta medida los más rezagados deben dejar su coche «donde puedan» y bajar cargando el macuto, «hay gente que viene con la sombrilla, las sillas y demás bártulos para pasar el día», apunta el vigilante.

Pese a la caminata, al llegar a la cala a todos se les pone una sonrisa en la cara. «Es una imagen de postal», apuntan dos vecinos de Gata de Gorgos, copropietarios de una pequeña caseta de pescadores a pie de playa. Su fachada blanca y sus puertas azules la han convertido en una de las más fotografiadas en las redes sociales. Los dueños pasan allí el día y dicen que «la compraron entre mis padres y unos amigos del pueblo hace años. Esto ahora no tiene precio», comenta uno.

Aseguran que la medida de acotar el paso de los coches ha sido positiva, «viene mucha gente, pero no tanta como antes, desde aquí no podías ver la playa con tanta tumbona y sombrilla». La misma estampa se repite en la Granadella. La playa repleta de sombrillas, toallas y decenas de coches en las zonas de aparcamiento. Como en Portitxol, los más madrugadores consiguen una buena plaza, los que llegan más tarde, deben andar hasta 15 minutos.

En este segundo grupo la mayoría llega por primera vez a la zona. «Nos habían dicho que había que caminar un poco, pero no pensábamos que estaría abarrotado de coches», comenta una chica joven de Valladolid. Aún así, no se arrepiente al indicar que «es una pasada, no pensaba que la costa de Xàbia sería tan bonita, te atrapa».

Tanto ella como su pareja preguntan por el trenet. «Nos habían dicho que nos llevaba hasta aquí, pero al intentar buscarlo nos hemos enterado que todavía no está en marcha». Será a partir de este mes cuando entre en funcionamiento. «Al menos se puede venir a pie, aunque cueste un poco», comentan.

Donde sí hay que pasar una verdadera odisea para llegar hasta la playa es en Ambolo. Este punto de la costa xabiera permanecía cerrado al público por desprendimientos.

Pero hay gente que hace caso omiso y el Consistorio ha decidido poner vigilancia para avisar del peligro. «Vamos a bajar porque es la única playa que en la que no hay tanta gente, estamos casi solas», confiesa un grupo de sevillanas. Pese al peligro que entraña, Ambolo se ha convertido en un «rinconcito idílico».