Del desierto más inhóspito del planeta a Valencia

Nasardin, con camiseta a rayas, y Nadifa, de blanco, con sus madres de acogida y dos amigos. / j. monzó
Nasardin, con camiseta a rayas, y Nadifa, de blanco, con sus madres de acogida y dos amigos. / j. monzó

'Vacaciones en Paz' da la bienvenida a 130 niños saharauis que pasarán el verano acogidos por familias de la Comunitat

ANA CORTÉSVALENCIA.

Temperaturas de 50 grados, arena hasta donde alcanza la vista, casas de adobe que se derrumban y comida que llega gracias a la ayuda humanitaria. Así describe Nadifa Salama uno de los cinco campamentos de refugiados saharauis en los alrededores de Tinduf. Este páramo se considera la zona más yerma del Sáhara.

Nadifa llega a la entrevista sin dormir desde la madrugada del martes, cuando su vuelo desde Tinduf partía a Alicante. Tras tres horas de avión y dos de autobús, entró a Valencia a las ocho de la mañana para reunirse con su madre de acogida, Sarai Vicente.

«Es la mejor madre del mundo», afirma la niña. Su rostro refleja la ilusión de volver a su segundo hogar y habla por los codos sobre su vida en la Hamada, el desierto de los desiertos. Nasardin, más tímido, apenas balbucea un par de palabras en hassanía, la lengua materna del pueblo saharaui. Con desparpajo, esta niña de doce años cumple como traductora. Un oficio lejos de su profesión soñada. Quiere ejercer como dentista para ayudar en su campamento. El agua disponible tiene tal calidad que suele dañar y manchar los dientes de todo aquel que la bebe habitualmente.

El plan empezó hace 40 años tras la ocupación marroquí, que forzó la migración de este pueblo

Sarai, la madre valenciana de Nadifa cumple su tercer verano en 'Vacaciones en Paz'. Con tan sólo 27 años, es una de las coordinadoras en la región. «Mis padres comenzaron en el 2000 y acogieron a una hermana de Nadifa», recuerda, «el primer año que comencé a hacerlo sola sentí vértigo, pero lo que aportan estos niños es más de lo que puedas llegar a darles».

La idea también es muy gratificante para Lourdes Crespo, activista y otra coordinadora del programa, en el que participa desde hace diez años. Este verano, ha regresado Nasardin Mohammed a su hogar. Como todo niño disfruta de actividades simples, desde jugar en la piscina al fútbol. A Nasardin le apasionan las dunas de los campos, entre la arena dibuja tableros de tres en raya y compite con amigos. «Los niños saharauis se pasan el día en el exterior», cuenta Lourdes, «las familias españolas debemos calmar su rutina cuando llegan».

El programa de acogida cumple 40 años este verano y comenzó cuatro años después de la histórica marcha verde. Esta supuso el inicio de la dominación marroquí sobre el Sáhara Occidental, considerado como territorio autónomo por parte de las Naciones Unidas y como el último país de África por descolonizar. Cuando España se retiró de la que era una provincia más del territorio nacional en 1976, estalló una guerra sin cuartel entre el Reino Alauita y el Frente Polisario. Este último es la actual autoridad en los territorios liberados del Sáhara, en el interior de la antigua provincia. La población local emigró a Argelia para salvar su vida durante la contienda. Hoy son más de 200.000 refugiados en los campos argelinos y son la única realidad para las dos generaciones que nacieron en ellos.

Se había organizado la llegada de 137 niños, pero en último momento se han producido siete bajas. Como es habitual en las horas previas a la salida, algunos participantes o sus familias deciden no acudir por miedo a la experiencia o por enfermedad de un pariente cercano. «La primera vez suele ser a los once años y es muy complicada», explica Sarai, «no hablan el idioma, tampoco conocen muchas costumbres y echan mucho de menos a su familia biológica».

Ambas compaginan su trabajo con el programa sin grandes sacrificios. 'Vacaciones en Paz' sirve también como inversión en los campamentos, pues muchas familias ayudan económicamente a las de su hijo de acogida. En el caso de Nadifa, suelen arreglar su vivienda, que queda destrozada con las lluvias torrenciales.

Laura García, residente de Cullera, se suma a la iniciativa por primera vez y recibió ayer a Saida «como un hija más». Además del componente humano, la política también ha motivado la acogida. «Que te echen de tu país y no tengas libertad es lo más triste que puede ocurrirte», reflexiona, «quiero seguir en el proyecto, pero ojalá no hiciese falta porque han conseguido volver a su tierra».

Desde la coordinación describen el viaje como una vía de oxígeno para los pequeños, pero recuerdan que el motivo de la crisis humanitaria es el conflicto político entre el pueblo saharaui y las autoridades marroquíes. Los conocidos como territorios ocupados, la zona costera del Sáhara Occidental frente a las Islas Canarias; son escena de torturas, detenciones arbitrarias y marginación económica. La represión es la fuerza motriz que mantiene la Hamada con vida.