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VALENCIA - ALICANTE - CASTELLÓN | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Vida y Ocio

01.02.09 -

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La vida de Joaquín Maldonado ha sido fiel a un código de valores. Fue una vida fecunda traducida en el ejercicio de un liderazgo civil precursor de la Valencia de nuestro tiempo y de la España actual. Un liderazgo asentado en una conducta coherente acreditada como tal por gentes de ámbitos y pensamientos dispares. Un liderazgo plasmado con sacrificios que respondió al cumplimiento estricto de su deber frente a sí y frente a los demás. Un deber asentado en la convicción de cuanto entrañaba ser valenciano, español, cristiano y demócrata en los años de la mordaza. Un ejercicio permanente de honestidad aún a costa de apurar por ello dosis amargas de incomprensión.

Su voz y sus actos sirvieron a un ideal de convivencia y de progreso. Quiso contribuir a superar con su ejemplo los viejos traumas de la lucha entre españoles. No colaboró en mantener el abismo abierto entre los triunfadores y los vencidos. Jamás humillo su gesto ante los poderosos. Estuvo de continuo próximo a las necesidades de los más débiles. Tuvo la valentía comparecer allá donde le exigió el servicio a sus principios. Creyó que la dimensión trascendente del ser humano ha de ser respetada por el poder político en toda su extensión. Tuvo el ánimo vacunado de las miserias de aquellos que se acercaron o alejaron de él movidos por la ambición de subir peldaños a su costa. Soñó con una nación plural y reconciliada en la que la paz no fuera el trasunto férreo de la victoria sino el abrazo definitivo de la justicia y del perdón. Entendió la libertad como la potencia definitiva que da hondura y luz al alma de los pueblos. Buscó en todos lo mejor de cada cual para edificar juntos el sentido duradero del llamado bien común. No persiguió honores ni recompensas más allá de velar por la estima de los suyos. Esa ha sido, al fin, su elegancia moral y su grandeza.

Ahora Joaquín Maldonado descansa en el recuerdo. Queda la huella de un hombre sincero. Queda el reflejo de su mano tendida como gesto abierto al mañana de una tierra harta de tinieblas y de exabruptos y a la que quiso poner en pie. Queda la evocación de su mirada transparente dispuesta a soñar con un porvenir de concordia. Queda, sobre todo, la impronta de su noble realidad de hombre bueno. Un profesional brillante. Un ciudadano insigne. Un valenciano cabal. Un español convencido. Un cristiano consecuente. Un demócrata irrepetible.
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