Artur Mas mantiene el pulso en el año de la consulta

Artur Mas mantiene el pulso en el año de la consulta

Un dirigente que empezó defendiendo políticas "business friendly" para acabar abrazándose a la izquierda anticapitalista y enfrentándose al establishment catalán solo por un objetivo: la secesión

CRISTIAN REINObarcelona

Cuando Artur Mas sucedió a Jordi Pujol al frente de CiU, hace dos lustros, muy pocos, más bien nadie, pensó entonces que aquel político de perfil técnico, corte conservador y sonrisa algo forzada acabaría liderando el mayor desafío al Estado protagonizado por un político catalán desde la época de la Segunda República.

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Un dirigente que empezó defendiendo políticas "business friendly" para acabar abrazándose a la izquierda anticapitalista y enfrentándose al establishment catalán solo por un objetivo: la secesión. De momento, no la ha conseguido, a pesar de que Josep Lluís Carod Rovira, presidente de Esquerra entre 2004 y 2008, predijo hace años que 2014 sería el año de la independencia de Cataluña. Se pasó de optimista, pero 2014, cargado de simbología para el nacionalismo catalán, que mantiene que hace tres siglos Cataluña perdió sus instituciones, sí ha sido el año en que Cataluña ha empezado a buscar la puerta de salida.

Mas logró poner de acuerdo a formaciones tan dispares como sus socios de Unió, derecha liberal y católica, o la CUP, izquierda independentista radical y antisistema, y junto a Esquerra e Iniciativa pactaron una fecha y una pregunta y decidieron que 2014 pasaría a la historia como el año en que Cataluña celebró por primera vez un referéndum para decidir su continuidad en España. La empresa contó con un amplio apoyo en la sociedad catalana -casi dos tercios de los diputados de la Cámara catalana respaldaron la iniciativa- pero Mas se encontró con un doble escollo: el rechazo pleno en el resto de España a la consulta y la dificultad para encontrarle un encaje legal.

Votación

El Gobierno central recurrió la votación al Constitucional, Mas no quiso saltarse la suspensión dictada por la corte y al final se sacó de la manga una consulta rebajada, sin ningún valor jurídico, organizada a medias entre la administración autonómica y la sociedad civil y con escasas garantías democráticas. Pese a todo, acudieron a votar 2,3 millones de catalanes, en torno a un tercio del censo, de los que 1,8 millones votaron sí a la independencia. De la consulta no surgió ningún mandato, por lo que Mas, decidido a culminar su misión, aseguró que tarde o temprano Cataluña acabaría votando en un referéndum de verdad sobre la independencia.

Podría ser de manera inmediata en el primer trimestre del año que viene, si CiU y Esquerra acuerdan convertir las elecciones catalanas en un plebiscito sobre la secesión; o si no, más adelante, en la fase de 18 meses que dura el periodo transitorio que Mas ha fijado entre las autonómicas y la proclamación de la independencia.

A trompicones, con su partido hecho unos zorros por el caso Pujol y el escándalo Palau, por el que tiene la sede embargada, el presidente de la Generalitat, querellado por el 9-N, mantiene el pulso independentista y se prepara para jugar el set decisivo, tras levantar unos cuentos match-ball cuando nadie apostaba ni un duro por él. Primero fue capaz de acordar la fecha y la pregunta, algo que parecía imposible, más tarde logró que se celebrara el 9-N, aunque no como le hubiera gustado, y ahora busca la culminación de un proceso que tiene más incertidumbres que nunca.

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