Cervantes y Quevedo, espías en el Siglo de Oro

Los dos autores más brillantes de la mejor centuria de las artes españolas fueron agentes informantes de Felipe II y Felipe III

MARÍA RUIZVALENCIA
Cervantes, espía en Orán (izquierda). A la derecha, Quevedo, que espió para Felipe III. / LP/
Cervantes, espía en Orán (izquierda). A la derecha, Quevedo, que espió para Felipe III. / LP

La crisis por el espionaje de Estados Unidos a líderes europeos lleva a mirar hacia atrás y comprobar que ninguna época se salva de oscuras tramas que figuran en documentos o informes sólo para los ojos de quien los recibe. Así por ejemplo, el llamado Siglo de Oro español, a caballo entre el XVI y el XVII, fue un época llena de insidias y conspiraciones en la corte de Felipe II, y, sobre todo, en la de Felipe III. No en vano, él crea la figura del valido, que podía actuar en diversas ocasiones en nombre del monarca. Sin duda eso multiplica las posibilidades de ataques y conjuras, así como las de corrupción, en una época en la que diplomacia y espionaje iban tanto o más de la mano que en la actualidad.

Hoy no vamos desentrañar otra mentira de Historia, sino que hablaremos de las mentiras que se utilizaron en ella. Pero, vayamos al asunto.

Dos de los más brillantes escritores del siglo que nos ocupa fueron también engranajes, a veces esenciales, en el espionaje del reino. Cervantes y Quevedo, además de situar a España en lo más alto de la literatura del momento, ejercieron de espías para su corte. En el caso del autor del Quijote, podríamos sospechar que los paréntesis oscuros de su biografía, aquéllos de los que apenas sabemos nada, obedecen a misiones encargadas por Felipe II. Argel, Lisboa, Orán e Italia, fueron lugares que visitó en sus misiones militares y políticas. De la de Orán, realizada inmediatamente después de su cautiverio de cinco años en Argel, se sabe que logró información muy valiosa que entregó al rey en Cartagena, tras una peligrosa travesía. Sus datos fueron determinantes para acabar con el almirante turco Uluch Alí, invencible hasta entonces.

De Quevedo, todos sabemos que fue borracho tabernario, pendenciero y bastante miserable; y que escribía, según decían incluso quienes esto pensaban, como los ángeles. Pero lo que no saben todos es que ese hombre también fue un enorme intrigante que espió para su protector, el gran duque de Osuna, y para la Corona, entonces ya en manos de Felipe III. El acontecimiento más sorprendente de todos es cuando participó como espía en la Conjuración de Venecia, justo cuando las relaciones entre España y Venecia, pese a alianzas puntuales, no pasaban por su mejor momento. El control español de casi toda la península italiana ponía en aprietos a Venecia por la amenaza que representaba para la ciudad. Entonces, un complot de importantes nobles españoles busca acabar con el poder de la república veneciana. El duque de Osuna trama infiltrar a un grupo de mercenarios en la ciudad para tomar los puntos estratégicos, pero son descubiertos. Todos los conspiradores, Quevedo entre ellos, corren un enorme peligro, porque son buscados por la autoridades para ajusticiarles. Pero la audacia del escritor le saca de la ciudad disfrazado de mendigo y gracias a su dominio del dialecto veneciano y consigue salvar la vida.

Para desgracia, sin duda, de su más encarnizado enemigo, Luis de Góngora