El motor chino

Ya abren uno de cada cuatro negocios en España

JULIÁN MÉNDEZ
El motor chino

Los españoles sois muy perezosos. Apreciáis la vida familiar. Nunca hacéis horas extras. En verano es obligatorio que vayáis a la playa. Y se os engaña muy fácil». Ya sabemos lo que usted piensa de los chinos. ¿Pero cómo nos ven los chinos a los laowais, como llaman ellos a los extranjeros? Dicen los chinos que nos engañan como a chinos. Que somos vagos. Y que nos endeudamos hasta las cejas con tal de presumir de moreno y de apartamento en la costa.

Bu Gao Xing es de Beijing (su manera fina de decir Pekín), tiene 28 años, vive en Madrid, le encanta el cine de Almodóvar y es el autor de esta corrosiva radiografía de sus vecinos españoles. Claro que sus compatriotas no salen mejor parados en el análisis de este ácido universitario que sobrevive en Madrid con un sueldo de 500 euros al mes (paga 400 por un piso compartido) y las remesas que le envían sus padres desde China. El suyo es un país plagado de millonarios, pero donde 200 euros mensuales constituyen un sueldo más que decente. «Para los españoles, los chinos somos bajitos. Trabajamos siempre y no vamos nunca a divertirnos, ni a la playa ni al teatro. Tampoco hacemos sexo. Y la tenemos pequeña», se alborota Xing.

Tipos como Xing están a nuestro lado desde hace años, su presencia es constante. Pero no tienen nombre ni cara, la mayoría permanecen mudos y apenas sabemos nada sobre ellos. Un total de 164.913 chinos (un 9,6% más que en 2010) residen de forma legal en España, según datos del Ministerio de Trabajo e Inmigración. Fuentes chinas estiman que 40.000 más viven en nuestro país de modo encubierto. No son demasiados, sin embargo, su presencia en el mundo de los negocios y del comercio es muy relevante.

Del total de los 3.110.615 trabajadores autónomos registrados en nuestro país hasta julio de este año, 208.478 son extranjeros. En 2011, el colectivo más numeroso de autónomos, superando por primera vez a los rumanos, son los chinos, con 34.643. Es decir, uno de cada cinco ciudadanos chinos residentes en España tributa como autónomo, lo que viene a decir que trabaja por cuenta propia o tiene un negocio.

«Los chinos tienen recursos y medios para iniciar sus propios negocios. Cuentan con más facilidades de financiación que otros colectivos», resalta Guillermo Guerrero, responsable del área de autónomos extranjeros de la Federación Nacional de Trabajadores Autónomos (ATA). Durante los siete primeros meses del año, los chinos han sido los únicos extranjeros en «mantener un crecimiento imparable» en la creación de pequeños comercios y empresas. En concreto, 2.759 chinos se han dado de alta este año; es decir, uno de cada cuatro nuevos autónomos de 2011 es chino.

Son un auténtico motor en estos tiempos de crisis. Aunque, como se verá, este desarrollo obedezca, según Julián Pavón, catedrático en la Universidad Politécnica de Madrid, a su «modelo parasitario» de colonización del mundo. «Los chinos somos como las cucarachas», resume el vitriólico Bu Gao Xing.

«Hoy no hay en España un pueblito que no tenga su comercio regentado por chinos», apunta Guerrero. «¿Qué lo hace posible? Son una comunidad endogámica y no recurren a las fuentes de financiación ordinaria de las entidades bancarias», dice el representante de la ATA. Hablando en plata, los chinos se prestan dinero entre ellos. Sin interés. Los notarios españoles pueden dar fe de las horas que emplean en contar billetes cuando quienes firman las escrituras de un piso o de un comercio son ciudadanos chinos. «Tienen sus propias redes de colaboración», resalta Guerrero.

Claro que no todos son iguales. En Madrid dos grandes familias (los Liu y los Liti) reinan sobre ese universo de importaciones que llega a los puertos españoles en gigantescos buques portacontenedores. Son multimillonarios. El pasado 31 de julio, uno de estos gerifaltes denunció la desaparición de su hijo en la comisaría de San Blas. Lo había secuestrado una banda. Los delincuentes se hicieron pasar por policías y exigieron al patriarca de los Liu el pago de «un millón de euros». Palabras mayores.

Porque la presencia china en España, pese a la pervivencia del todo a un euro y de los rollitos primavera, ha adquirido ya el rango de un negocio con muchos ceros. Hace pocas semanas, el propio ministro de Fomento, José Blanco, acudió a la inauguración del centro comercial Plaza Oriente, gestionado por una de estas familias chinas en Cobo Calleja, un polígono industrial de Fuenlabrada, y auténtico ombligo del emporio asiático en España.

El banco más grande

No cabe duda de que les van bien las cosas; la pasada semana los Mossos d'Esquadra desarticularon una banda de colombianos especializados en robar pisos de comerciantes y empresarios chinos en toda España. Eran el blanco perfecto ya que manejan mucho dinero en metálico para sus envíos a China y lo guardan en casa. A menudo, usan 'correos' para el envío de estas remesas.

Este mismo año ha abierto sucursal en España el Industrial and Commercial Bank of China (ICBC), el banco más grande del mundo. Tiene 386.723 empleados, ofrece servicios a 3,61 millones de clientes corporativos y a 216 millones de clientes privados en todo el mundo. Pero en España guardan un mutismo absoluto. «No estamos autorizados por la central para recibirles», se excusó a V Li Tao, director ejecutivo de Administración del ICBC en España. «Tal vez a finales de octubre hablemos», dijo. Ese férreo silencio es una de las características comunes a buena parte de la comunidad china en nuestro país.

«Son muy sufridores»

El catedrático Julián Pavón sostiene que China está en el origen de la actual crisis económica, consecuencia, airea, de lo que él ha bautizado como «modelo parasitario de expansión económica». «Los chinos -explica Pavón con tono muy didáctico- crean empresas chinas, que emplean a chinos para vender productos chinos fabricados en China. Los ingresos que obtienen de los consumidores españoles se ingresan en bancos chinos que incrementan sus fondos en divisas. Hoy China tiene tres billones de dólares en divisas, compra materias primas y minerales estratégicos en África y América Latina», advierte el catedrático Pavón. «China ha comprado el mundo tras parasitar masivamente a las economías capitalistas con el empleo de sus propias armas. Estados Unidos es un rehén financiero de China», remacha.

A los chinos les van bien las cosas. Está claro. Pedro Lee, un taiwanés propietario de seis restaurantes en España, paladea una copa de crianza Luis Cañas en el Café Saigón, un local pegado a la Castellana, «diez años acogiendo a la gente guapa de la capital», como reza su publicidad. Viste Lee una fresca camisa de hilo con cuello Mao y sus ojos son apenas visibles entre los pliegues de sus ojos cuando ríe. «Aquí todos somos familia y nos ayudamos unos a otros. Si me piden dinero yo lo presto. Yo he prestado mucho. Sin interés. Ya me lo devolverán...», dice, confiado. «Sabemos que tenemos la imagen de hacer competencia desleal, siempre abiertos, de quitar clientes... A algunos españoles no les gustan los chinos», reconoce Lee.

«Los chinos cumplen los horarios comerciales. Aprovechan sus recursos. Trabajan el marido y la esposa, se turnan para no cerrar», precisa Guillermo Guerrero, representante de los autónomos.

«Los chinos abren negocios porque saben que si trabajan hacen dinero, aunque sea 16 horas diarias. No quieren ser esclavos de nadie, son muy sufridores y por eso ganan. Ahora hay crisis, han bajado un poco los sueldos, algunos se han ido y montan sus propios negocios... pero, como decimos nosotros, después de la lluvia, sale el bambú», pronostica Lee. «Así es. Los chinos trabajan mucho y gastan poco», resume Alcántara, cliente de un comercio al por mayor.

Cobo Calleja. En Fuenlabrada, en las afueras de Madrid. Si uno recorre sus calles, bautizadas como Bembibre, Villablino o Toreno, diría que se encuentra en el mismo corazón de El Bierzo. Pero los pabellones sacan al forastero de su error. Esto es China en estado puro. Hay cuatro sucursales bancarias. Carteles de Chen abogados, del II Concurso de Miss China, de Bisutería Fashion Lady, de Guonnin Tianbol del Sur... Las caras, las conversaciones y los escupitajos son chinos. Los coches, alemanes de alta gama.

Las exportaciones de China que llegan aquí no pagan IVA. Además, el precio de adquisición declarado, aseguran fuentes conocedoras del negocio, es muy inferior al real. Una vez vendidos los productos en euros, el importador prepara fajos con billetes de 500 y viaja a China para saldar su deuda con el proveedor, sin intermediarios. El negocio es redondo y los bancos chinos se llenan.

Alejandro Garrido, asesor de numerosos chinos asentados en el polígono Cobo Calleja, reconoce el «gran peso» económico de los asiáticos en España. «Mueven millones de euros», señala. Su tarea es facilitarles el camino para salvar los entresijos burocráticos y fiscales locales. «Son desconfiados y, aunque tengan millones, siempre te racanean un euro. Pero si haces bien las cosas te conviertes en su amigo, te invitan a sus casas. Como les putees o les engañes, no te lo perdonarán nunca», advierte. «Y pagan sus impuestos como todo el mundo», les defiende Garrido.

Una lolita china

Xiomara Zambrano, una ecuatoriana de Manabí, es la encargada de uno de estos gigantescos pabellones. La dueña está de viaje en China. «Trabajo aquí desde hace 7 años. Vine a España sin papeles y mi jefa china fue quien me los hizo. Si ven que eres de confianza, no hay el menor problema en trabajar con ellos... Tenemos un horario de nueve horas y media, pero yo me adapté a ellos; trabajo muchas horas, la mayoría esperando... Quedarse no es obligatorio, pero si llega un cliente a última hora, no cierro. De eso depende que nos paguen a fin de mes».

Lu, 42 años, se asoma a la puerta de su negocio de venta al por mayor. Yong Feng, algo así como buena suerte en mandarín. Como muchos de los chinos españoles, Lu procede de la ciudad de Qing-Tian, en Zhejiang, medio millón de habitantes. La emigración desde allí se ha detenido. El boom económico chino se alimenta de la abundante mano de obra local (China tiene 1.341 millones de habitantes; en 1950 eran 551 millones). Ahora quienes llegan a España son campesinos del interior, menos desarrollado. «En España antes era fácil ganar mucho dinero», confía este empresario que regentó durante 14 años un restaurante en Irún (Gipuzkoa). «Vivo mejor en España que en China. Si aquí haces las cosas bien, nadie te toca. Allí hay que invitar a comer al funcionario, al político...», ríe. Lu tiene dos hijos, dos 'plátanos', como llaman a estos asiáticos de segunda generación: amarillos por fuera, blancos por dentro... Ellos rompen el axioma de que a los chinos les gusta hacer dinero, pero no presumir de tenerlo. Bolsos de Hermès, todoterrenos y relojes suizos a la muñeca son sus señas de identidad.

Sanki Lee es uno de esos 'plátanos'. Como a la mayoría de chinos con formación, le gustaría pasar por japonesa. Se pirra por la Coca-Cola y los McDonalds, viste a la última, usa lentillas de color grisverdoso (un adminículo muy frecuente en todo Asia y que le otorga una inquietante mirada) y unas gafas Ray-Ban vintage sin cristales, desayuna media sandía directamente con cuchara y contempla un programa chino de televisión en su ordenador mientras espera la llegada de clientes al negocio paterno de antigüedades y arte oriental. «Dicen que los chinos somos tímidos. Nooo. Es que no sabemos hablar. Mi padre, por ejemplo, lleva muchos años en España y apenas puede comunicar. Solo sonreír y decir sí o no», apunta. El sueño de «miss Lee» es vivir en Amsterdam y que la confundan con una lolita del barrio tokiota de Harajuku.