Haití: ¿dónde estaba Dios?

El terremoto de Haití ha hecho reaparecer la eterna pregunta ante una desgracia de semejante magnitud: ¿dónde estaba Dios? Pablo Cabellos realiza en este artículo una reflexión al respecto desde la fe

PABLO CABELLOS LLORENTE
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                             JESÚS FERRERO/
:: JESÚS FERRERO

Es muy comprensible que, ante determinadas desgracias, nos hagamos la clásica pregunta: ¿Por qué permite Dios estas cosas? ¿Dónde estaba Dios el 11-M, el 11-S o durante el terremoto dramático de Haití? Es obvio que sólo podemos hacer elucubraciones, más o menos acertadas, porque si aceptamos la existencia de Dios-o al menos su posibilidad-, debe poseer todo género de perfecciones en un grado que nos escapa, porque es sencillamente infinito y, aunque estemos habituados a utilizar esta palabra, el concepto no cabe en nuestra mente. Pero si no es Todopoderoso, infinitamente bueno, bello, si no es amor y verdad y, por tanto, único, no se correspondería con la noción de Dios. En realidad, los politeísmos, adoran una multitud de dioses, necesitados por los hombres, a los que también ellos necesitan.

Las respuestas a la pregunta indicada pueden ser variadas. Me limitaré a dos que considero capitales y un leve apunte a una tercera: ¿Por qué acaecen los desastres que denominamos naturales? ¿Por qué permite Dios tantas guerras, tanto terrorismo, tanto abuso en las familias, tanta corrupción, tanto robo o asesinato?

Para contestar a la primera cuestión, es necesario retrotraerse a la creación. Dios ha creado un universo inmenso, todavía en expansión. Podemos elegir entre el big-bang y una evolución total posterior o una creación diversa. El evolucionismo ciego no está comprobado y menos aún qué era ese algo preexistente a la gran explosión. Un católico puede sostener cualquier posición con tal de creer que procede de Dios y la particular intervención del Ser Supremo en la creación del hombre. Si no se cree ni se acepta racionalmente la posibilidad de ese Ser, ya no hay que pedir cuentas a nadie. Si se admite al menos la eventualidad de su existencia, el problema es válido. Y la solución no es difícil: ese universo, por inmenso que sea, no es Dios: es contradictorio afirmar que Dios cree otro Dios. Y puesto que no lo es, ha de resultar contingente, lo que significa que sus leyes tienen límites y fallan, porque no es la pura perfección. Haciendo una comparación con lo que escribiré después, se puede afirmar que el cosmos, del que nuestro planeta es una parte insignificante, funciona con la posibilidad de fracasar en cualquier momento.

Los descubrimientos de la ciencia acerca del universo y sus leyes son valiosísimos, porque cuanto más sabemos de él, más conocemos sus cambios y sus posibilidades de error: desde pérdidas de algunas formas de vida, a eras geológicas que han cambiado tantas cosas, o mutaciones buenas o malas, etc., etc. A la vez, esos mismos hallazgos mueven a la búsqueda de un Dios que ha dado tales capacidades al ser humano. No es cierto que a mayores avances científicos, menos necesitamos a Dios, frase pronunciada como para explicitar que la ciencia y la técnica nos proporcionarían lo que, en otro caso, cabría esperar de Dios. No; las diversas ciencias muestran a Dios en las capacidades de quien es sólo una lejana semejanza del Creador y que nos ha asociado a esa labor creadora, dejando en nuestras manos parte de su desarrollo. Sería algo semejante a aquello que escribe san Pablo sobre el valor cristiano del dolor: "completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo". El Apóstol no está diciendo que esos padecimientos sean incompletos, sino que sufre juntamente con Cristo colaborando con Él en la tarea redentora.

Resta el segundo interrogante: ¿Por qué Dios permite tantas maldades en los corazones humanos? Tampoco es difícil la respuesta, aunque no desvele lo que de suyo es misterio. Sencillamente porque Dios ha dotado al hombre de libre albedrío, y no podemos ser libres a ratos. Lo somos verdaderamente, pero con las consecuencias de una libertad que, por no ser divina, es falible. La elección del mal es manifestación de libertad, aunque sea fallida, en cuyo caso no perfecciona al hombre. Es la libertad que puede acontecer en un ser limitado. Dios tiene una perfecta libertad y, sin embargo, no puede elegir el mal, porque la adhesión al bien pertenece a la esencia del libre albedrío, siendo la elección del mal una libertad equivocada, la que puede darse en un ser finito. Decía el Papa en Colonia: "la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos". De ahí la obligación natural de buscar la verdad.

Quedaría un asunto más difícil: el sufrimiento de los inocentes. Es obvio que, en diversos casos, acaece por actos perversos de los adultos: hambre, enfermedades no atendidas en países bajo el umbral de la pobreza, dilapidación de alimentos, aborto procurado, etc. Se trataría de pensar en aquellos casos -pocos realmente- en los que no hay un claro culpable. C.S. Lewis escribió que hay enfermedades y dolores que tal vez son gritos desesperados de Dios -por decirlo a nuestro modo- a una humanidad que, por alejarse de Él, multiplica el sufrimiento. Será incompleto, pero puede ser cierto.