Cuando los famosos iban solos por la calle

F. P. PUCHE
Orson Wells comparte una paella en plena acera de la calle de Xàtiva. ::
                             ANTONIO CANO/GENTILEZA DE EDITORIAL ROMEU/
Orson Wells comparte una paella en plena acera de la calle de Xàtiva. :: ANTONIO CANO/GENTILEZA DE EDITORIAL ROMEU

El libro «Mitos de Cano», donde se han dado cita algo más de un centenar de magníficas fotografías del reportero Antonio Cano, remite a un tiempo en el que los grandes personajes, las figuras internacionales del cine, la literatura o los toros, se movían por las calles españolas, y ante los medios de comunicación, con una total libertad de acción. Sin intermediarios, representantes, secretarios o escoltas, famosos universales como Bing Crosby, Ava Gardner, Orson Wells, Charlton Heston o Ernest Hemingway se pasearon por las calles de la ciudad, visitaron sus monumentos y fueron a los toros, en ocasiones sin más compañía que la de los periodistas.

De las imágenes que Antonio Cano ha incluido en su libro 'Mitos', recientemente presentado por Editorial Romeu, de Valencia, sorprende, sobre todo, la afabilidad que los grandes personajes tenían en todo momento con él. En la presentación del libro, el escritor valenciano Andrés Amorós, que tan bien conoce a Cano, a su obra, y a no pocos de los famosos fotografiados, dijo que, en el caso del popular 'Canito' el milagro era posible porque los personajes de esa farándula le consideraban «uno de los nuestros».

Cano, en efecto, viajó por toda España con Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y otros toreros, y fue admitido en los círculos de fiestas, capeas, cacerías y saraos donde se movía toda suerte de personajes, desde Gary Cooper a Perico Chicote y desde Soraya a Manolo Caracol. Con todo, esa facilidad para la corta distancia, desde luego impensable en algunos personajes, fue muy evidente en otros que, decididamente, buscaban el contacto con el pueblo llano, tanto en las plazas de toros como fuera de ellas. Medio siglo después, las fotos de una Ava Gardner tan bella como cercana, subyugan al lector. Tanto como las de doña Concha Piquer.

Nuestro compañero Ricardo Ros Marín entrevistó a Leopoldo Stokowski y a Bing Crosby en Valencia. Este último, fotografiado por Cano para el libro 'Mitos', conoció Valencia de la mano de dos periodistas, Salvador Chanzá y José Mengual, que le llevaron a recorrer la Catedral y otros monumentos mientras el fotógrafo Paco Pérez Aparisi disparaba su Leica sin parar. Ricardo Ros entrevistó a Melvin Douglas en el hotel pero luego se lo llevó de paquete en su moto Lambretta, por la calle de la Paz, hasta el restaurante de los Viveros, donde el famoso actor quería comer paella. Entre sus docenas de entrevistas a famosos, Ricardo Ros destaca la de Orson Wells que le dijo que lo único que quería era ver torear a Ordóñez y comer paella y con ese material informativo ya casi tuvo bastante.

Una famosísima foto de Cano nos muestra a Orson Wells comiendo paella junto con un grupo de espontáneos y empleados de la plaza de toros, a la puerta del coso taurino. Era el verano de 1960 y no había más protocolo que una mesita, unas sillas de enea, cucharas de palo y quintos de cerveza El Águila. Mezclado con la gente, rodeado de pueblo llano, el director de 'Ciudadano Kane' parecía asimilar España por los poros, entre habano y habano. «Casi nos deja sin comer porque el arroz le encantó», apostilla Antonio Cano, a la vista de la fotografía, casi medio siglo después.

Con todo, Ernest Hemingway, al que Canito retrató en Valencia, Madrid y Pamplona, era todavía más intenso y popular. Si Andrés Amorós, en la presentación del libro 'Mitos', habló de «Papá Hemingway y su milagrosa petaca de licor», lo bien cierto es que el escritor agradecía tanto el contenido de su cantimplora como el de cualquier bota de cuero de los mozos.

Hemingway, que estuvo por vez primera vez en Valencia en 1924, el año de su primer encierro pamplonés, pasó en diversas ocasiones por la Valencia republicana, desde la que envió crónicas como corresponsal de guerra a la Alianza de Periódicos de Norte América (NANA) entre frecuentes viajes a Madrid, Barcelona y el frente de Teruel. Con todo, fue en la segunda mitad de los cincuenta cuando el ya premio Nobel se convirtió, como Orson Wells, en empedernido seguidor de Antonio Ordóñez, cuya intensa ruta veraniega seguía, de plaza en plaza, en los polvorientos veranos.

Si Pamplona adora a don Ernesto, Valencia debería conocer mejor sus andanzas entre paellas y vinos, y lo que escribió sobre nuestra ciudad, presente ya en 'Por quién doblan las campanas'. «Comer en la Pepica es maravilloso», escribió de un restaurante popular del que le fascinaba la forma de guisar a la vista del público y la posibilidad de comer al aire libre. «Puedes oír cómo rompe el mar en la playa y ver el brillo de las luces en la arena húmeda», escribió. En el verano de 1959, Cabrelles Sigüenza le fotografió para LAS PROVINCIAS pero Antonio Cano le inmortalizó en los tendidos, rodeado de gente, valencianos pero también marines norteamericanos, que le pedía autógrafos en una gorra, un periódico o un abanico.

La condición de 'Mitos' que el libro de Cano y Amorós les otorga, es una conquista que venía de sus indudables cualidades artísticas y profesionales pero nunca de una actitud distante o engreída. Asequibles, abiertos, algunos decididamente empeñados en el contacto popular, los personajes famosos de hace medio siglo se movían por España sin los engreídos protocolos actuales. Y desde luego sin los antipáticos blindajes que ahora los convierte en personajes intocables.

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