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EL TÚNEL DEL TIEMPO

El último penalti de Glasgow

El exvalencianista Téllez, en el Alavés, cubre a Pellegrino el día de su debut con el Valencia en septiembre de 1999. :: monzó
El exvalencianista Téllez, en el Alavés, cubre a Pellegrino el día de su debut con el Valencia en septiembre de 1999. :: monzó
  • En ese contexto tan prometedor, el Valencia incorporó a última hora un refuerzo inesperado que descolocó a muchos

En el verano de 1999 el valencianismo celebraba días de vino y rosas. Había motivos para la euforia: campeón de Copa, clasificado por primera vez para la Liga de Campeones y campeón de la Supercopa española. Tres en uno después de una prolongada sequía, los éxitos se acumulaban como anticipo del ciclo glorioso que se iba a escenificar en los siguientes años. Había un equipo que prometía mucho, mezcla de juventud y de experiencia, gente joven y hambrienta de gloria compartía vestuario con futbolistas veteranos, curtidos en mil batallas. Ni siquiera el relevo en el banquillo, Héctor Cúper reemplazó a Claudio Ranieri, rebajaba la confianza en el equipo. Se había creado en Mestalla un ambiente de respaldo incondicional.

En ese contexto tan prometedor, el Valencia incorporó a última hora un refuerzo inesperado que descolocó a muchos. Se trataba de Mauricio Pellegrino, un defensa central argentino de considerable estatura que había defendido los colores de Vélez Sarsfield antes de enrolarse en el Barça, y que venía a cubrir la baja de Alain Roche, a quien las lesiones impedían jugar con regularidad. Pellegrino solo había permanecido un ejercicio bajo las órdenes de Van Gaal en el que conquistó el título liguero y, al mismo tiempo, se libró de sufrir la inolvidable trilogía de derrotas infligidas por las huestes valencianistas con 'Piojo' López, Mendieta y compañía. Tres partidos en diez días entre Liga y Copa con un botín inolvidable: tres triunfos y once goles a favor que sumieron a los culés en la frustración y en el desconcierto.

Curiosamente en aquella campaña 98-99 Pellegrino solo se enfrentó una vez ante el que iba a ser su equipo: el Barça venció por 1-3 en Mestalla en el compromiso de la primera vuelta de la Liga. Aquel fue un encuentro extraño, los valencianistas se adelantaron pronto en el marcador gracias al gol habitual de Claudio López. El guión se rompió en el segundo tiempo con la remontada blaugrana. Ambos equipos volvieron a cruzar sus caminos en los prolegómenos de la siguiente temporada para dirimir la Supercopa española, la primera que disputaba el Valencia bajo esa denominación; en los cuarenta ya le ganó otra al Barça cuando el trofeo era conocido como Copa Eva Perón. El 'Flaco' Pellegrino ya contemplaba en aquel mes de agosto la posibilidad de su fichaje por los de Mestalla por petición expresa de Héctor Cúper que lo conocía de su etapa en el fútbol argentino.

El debut de Pellegrino no pudo ser más desafortunado: el Valencia perdió en casa contra el Alavés por 0-2, tercera jornada liguera y tercera derrota consecutiva. Un inicio deplorable que contrastaba con el imponente debut en la Champions: campeones del grupo más duro e invictos. Se estaba fraguando la revelación del torneo. Su liderazgo empezó a comprobarse con el paso de las jornadas, aquel central que se encontraba 'vendido' en la defensa 'holandesa' que imponía Van Gaal, se erigía en un baluarte firme y seguro gracias a la solidez del sistema desarrollado por el técnico valencianista que fue mejorando progresivamente hasta protagonizar un sprint final espectacular: ocho victorias y un empate en las últimas nueve jornadas del campeonato. Si el Valencia no hubiera empezado tan mal se habría llevado aquella Liga con autoridad. En la última cita, ante el Zaragoza en Mestalla, llegó su primer gol en un partido épico con remontada incluida, un triunfo que garantizaba volver a la Liga de Campeones, cinco días antes del varapalo de París.

El peso específico de Pellegrino en el vestuario creció en el ejercicio siguiente cuando llegaron al Valencia dos argentinos más, fundamentales en el futuro, ambos con la temporada 2000-01 en marcha: Fabián Ayala y Pablo Aimar. A esa conexión se añadirá Santiago Cañizares, otro de los referentes emblemáticos de la época, todos ellos formarán un núcleo de enorme importancia en los años siguientes y todos ellos tienen un papel destacado en la final de Milán: Aimar solo jugó el primer tiempo, Ayala se rompió antes de la prórroga, Cañizares se lució en los penaltis, dos en el partido y siete en la tanda, y Pellegrino falló en el decisivo ante Kahn. No hubo trauma, el inmenso dolor se transformó en energía positiva para el futuro inmediato. Apenas seis meses después, en el escenario mágico del Celtic Park, ante 60.000 enfervorizados hinchas, hubo que dirimir la clasificación para octavos con lanzamientos desde el punto fatídico. El conjunto que dirigía Benítez había fallado dos en primera la tanda y le correspondía lanzar el quinto y último: si marcaba continuaba vivo y se disputaba una nueva serie, si fallaba, se acababa el partido y se clasificaba el club escocés.

Para sorpresa general apareció en el escenario con su aire pausado Mauricio Pellegrino desafiando los fantasmas de San Siro y la enorme presión de la grada, solo ante el peligro, tomó la pelota y se dirigió hacia el punto de lanzamiento para ejecutar sin grandes aspavientos y conseguir un gol vital. Mista remató la faena en la muerte súbita y el Valencia salió airoso. Pellegrino se tomó el reto con la misma normalidad que le dio al fallo ante Kahn: rebajando la trascendencia y mirando hacia delante. Así es el fútbol, una metáfora de la vida.

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