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El túnel del tiempo

Salif Keita, el pionero africano

El que fuera delantero del Valencia Salif Keita. / archivo bernat navarro
El que fuera delantero del Valencia Salif Keita. / archivo bernat navarro

PACO LLORET

Salif Keita se convirtió en el primer jugador africano de la historia del Valencia. Su fichaje se gestó en el verano del año 73, cuando Francisco Ros Casares accedió a la presidencia. Aquella contratación sorprendió por la procedencia de Keita. De hecho fue el único futbolista de raza negra que compitió en primera división cuando se autorizó la contratación de futbolistas extranjeros de cara a la temporada 73-74. En el resto de las otras plantillas no aparecía ningún jugador que no fuera de raza blanca. Una nota exótica. Nacido en Mali, llegó al Valencia procedente del Olympique de Marsella con el aval de haber ganado el primer Balón de Oro de África. Su trayectoria se inició en el legendario A.S. Saint Etienne, donde empezó a llamar la atención por sus extraordinarias condiciones técnicas. Un cambio de ritmo explosivo y una facilidad asombrosa para el quiebro le distinguían.

Keita se movía con la elegancia de una gacela. Un cuerpo fibroso y unas piernas larguísimas le permitían driblar en carrera con una solvencia nada frecuente. Los rivales sucumbían en Mestalla cuando exhibía todo su repertorio de habilidades. En el feudo valencianista no podían recurrir a las artimañas ni a las tarascadas que empleaban cuando el partido tenía lugar en sus campos. Los marcajes a los que fue sometido en los desplazamientos podían haber sido tipificados en el código penal. La verdad es que Keita había nacido para artista y no tenía vocación de legionario, la elegancia sublime de su juego, la exquisitez de sus movimientos no iban acompañadas de las dosis de valor necesarias para la lucha de guerrillas. Se trataba de una cuestión de supervivencia. El malí se preocupaba más por garantizar su integridad física que por meter la pierna en campos donde los zagueros adversarios le aguardaban con las peores intenciones. Los árbitros solían mirar hacia otro lado, salvo honrosas excepciones.

La grada de Mestalla recuperaba la querida figura de 'el negre', como era conocido popularmente sin ninguna connotación peyorativa, tras el malogrado Walter o el prolífico Waldo. Dos arietes brasileños goleadores que conquistaron el cariño de la afición. Salif Keita no era un goleador aunque en su presentación oficial desató la locura con sendos tantos que invitaron erróneamente a pensar que el Valencia había contratado a un destacado realizador. La noche de su debut se llenó Mestalla hasta los topes. La expectación por ver en acción al africano se disparó. Su presencia en el once que dirigía Di Stéfano por cuarta campaña consecutiva atrajo a miles de aficionados. Noche grande, ambiente de gala y desenlace feliz.

Keita no era un goleador aunque en su presentación oficial desató la locura

El rival parecía asequible a priori. El Real Oviedo, recién ascendido, no se antojaba un enemigo complicado. Pero los planes se torcieron muy pronto. Los asturianos se adelantaron en el marcador con el gol de un valenciano, Vicente Galán, un interior nacido en Almàssera, cuya trayectoria le acredita como un excelente jugador en esa época. Los nervios por el debut atenazaron a aquel Valencia estelar con cuatro internacionales españoles fijos: Sol, Jesús Martínez, Claramunt y Valdez. Además, otros futbolistas de gran nivel como Aníbal, Quino, Adorno, Antón y el otro extranjero, el austríaco Kurt Jara, permitían pensar que había margen para la remontada. Así sucedió. Keita se encargó de darle la vuelta al resultado. Un gol en cada tiempo, a cuál mejor, que enardecieron a los aficionados. El africano, con el diez a la espalda, el número de las estrellas, se metió al valencianismo en el bolsillo gracias a su estilo, tan personal como diferente, muy del gusto del valencianismo, devoto del arte y la inspiración instantánea y por sus sorprendentes habilidades malabares.

Aquellos pañuelos que vistieron de blanco las cuatro esquinas de Mestalla volvieron a aparecer, aunque de forma esporádica, cuando Keita destapaba ocasionalmente el tarro de las esencias. Un gol memorable al Atlético de Madrid en su segunda campaña, probablemente el mejor de todos los logrados como valencianista, sirvió para evitar la derrota el día del debut de Luis Aragonés como entrenador. En un slalom increíble fue burlando contrarios, incluido Miguel Reina, el portero colchonero. Una jugada antológica. La discontinuidad de su fútbol y algunas ausencias por lesión terminaron por enfriar el entusiasmo inicial. El desencanto fue en aumento a medida que el rendimiento del equipo se estancaba. Aquellos ejercicios de mediados de los años setenta ofrecieron contadas actuaciones notables y un rendimiento global decepcionante. Buenos jugadores pero un equipo sin rumbo. Su último gran servicio a la causa fue el gol marcado en el último minuto al Zaragoza que deshacía el angustioso empate a dos en Mestalla, y que proporcionaba unos puntos vitales para no verse inmerso en una situación clasificatoria comprometida. Una acción más propia de cazagoles oportunista que desató una explosión de júbilo y de alivio.

La salida de Keita estaba servida. Al finalizar la campaña 75-76 se abría un nuevo ciclo en la entidad con el desembarco de Ramos Costa en la presidencia. Nuevos tiempos y una renovación de la plantilla le abrieron las puertas rumbo al fútbol portugués para enrolarse en las filas del Sporting de Lisboa. Más tarde decidió cruzar el charco y se fue a la incipiente Liga de Estados Unidos en compañía de grandes astros mundiales. Allí, en la recta final, lució sus virtudes sin presión y recibió menos patadas.

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