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ROBER Y LA FOTO DEL BERNABÉU

El niño descubrió a un valencianista infiltrado en una vieja imagen. Ésta es su historia

Rober tiene nueve años y es del Valencia. Lo es con esa ilusión infantil, ingenua pero maravillosa, que todos hemos utilizado como primer vehículo de nuestra pasión futbolística. En El Rebollar, su pueblo, y Pío XII, su colegio, ha lucido con orgullo sus colores en los peores años de la historia reciente del club. Ahora, enamorado del juego de Soler, abre los ojos ante una nueva esperanza sabiendo muy bien quiénes somos, de dónde venimos y a qué estamos expuestos por ello.

Rober es, a pesar de su corta edad, un valencianista muy especial. Lo es desde que empezó a ir a Mestalla con tres años gracias a un regalo inolvidable, el pase de su padrino Andrés. Su padre, mi amigo José Carlos, lo lleva de la mano al estadio relatándole nuestra historia. Así Rober ha aprendido a admirar, aun sin haberlos conocido, a Kempes, Cañizares, Albelda o Baraja, que son para él algo más que nombres sacados de libros. Son ídolos, pilares del sentimiento que crece con fuerza en su interior. El mismo que le llevó, apenas dominada la caligrafía, a llenar agendas con recuerdos de sus primeras tardes en Mestalla. Por todo ello no me cuesta imaginar a un Rober adulto convertido, como su padre, en un aficionado respetuoso, sosegado, apasionado pero crítico, alejado del histrionismo. Uno de los irreductibles. Uno de los nuestros.

En los últimos meses Rober ha sido protagonista de dos preciosas anécdotas que han obtenido repercusión gracias a Twitter. Hace unas semanas una foto suya se convirtió en una imagen icónica para un club en tiempo de crisis. En ella doce camisetas infantiles de tallas y temporadas consecutivas se secaban al sol. La imagen es una poderosa metáfora visual que explica muy bien qué es el valencianismo. La estampa de las zamarras (las últimas, compradas con los ahorros de todo el año) simboliza la fidelidad desde la cuna y el estoicismo con que el chico vive el hecho de ser del Valencia. No importa qué pase, parece decir la imagen, porque voy a llevarte siempre en mi corazón.

La semana pasada Rober volvió a asomarse a Twitter con una nueva historia. Como parte de un viaje a Madrid que finalizó con el partido del domingo, José Carlos y Rober visitaron el Bernabéu. La primera imagen del tour es una enorme foto de la grada lateral este del estadio madridista repleta hasta los topes. A Rober le bastaron segundos para localizar en la imagen a un aficionado del Valencia, un seguidor que sostenía, en medio de un mar de parasoles, una pequeña bandera con el murciélago. José Carlos relataba emocionado la anécdota desde Madrid explicando que aquella foto simbolizaba la resistencia y el orgullo valencianista en tiempos difíciles.

Desde el momento en que mi amigo compartió la imagen sentí la necesidad de fecharla para que Rober pudiera saber algo más de ella. El pie de foto solo explicaba que había sido tomada en el Nuevo Chamartín antes de 1954. Me puse manos a la obra guiado por las pistas que proporciona la imagen. El Madrid había inaugurado el estadio en 1947, por lo que la estampa correspondía a algún encuentro jugado entre el 47 y el 54 El final de la primera época gloriosa del Valencia. Y el marcador señalaba un 2-1, lo que acotaba algo más la búsqueda. Las dos últimas pistas fueron definitivas. Una, el cartel del musical "Violetas imperiales", que se representó en el teatro Lope de Vega de Madrid entre mayo y julio de 1952. La otra, la posición de las banderas sobre el graderío (Barça, Athletic, Madrid, Atlético, Valencia) indicaba la clasificación final de la Liga 51/52. Descartada la semifinal copera del 52, en la que el Valencia empató a uno en Madrid, quedaba el partido más importante del año: la final, jugada en Chamartín contra el Barça el 25 de mayo de 1952.

Aquel encuentro, Rober, fue desgraciado para el Valencia. Pero al mismo tiempo supuso una demostración de honor y dignidad. A pesar de que los nuestros se adelantaron en el segundo 17 de partido, marcaron el 0-2 en el minuto 28 (ambos goles del gran Badenes) y estrellaron dos balones en el palo, el Barça consiguió empatar gracias, en gran medida, a la lesión de Asensi. En la prórroga, guiado por Kubala y beneficiado por otra lesión, la del portero Quique, el Barça doblegó la resistencia de Puchades y compañía y acabó venciendo 4-2.

No creas, sin embargo, que la cosa acabó ahí. Dos años después el mismo escenario citó a los dos rivales. Y entonces el Valencia, pletórico de forma, aplastó al Barça. Quique, el meta lesionado dos años atrás, celebró el triunfo subiendo al larguero, una estampa que seguro conoces. Y estoy seguro de que el aficionado valencianista al que redescubriste en el Bernabéu sesenta años después lloró de alegría aquella tarde mientras agitaba su bandera blanca.

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