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Túnel del tiempo

La reconversión de Ricardo Arias

Arias y Cerveró, con la Supercopa de Europa que el Valencia conquistó en diciembre de 1980. / josé penalba
Arias y Cerveró, con la Supercopa de Europa que el Valencia conquistó en diciembre de 1980. / josé penalba

PACO LLORET

Pasieguito llevaba la idea en su cabeza hasta que, durante el entrenamiento, hizo un aparte con Arias. «Usted va a jugar el domingo», le espetó el técnico vasco al jugador que llevaba varias jornadas rindiendo por debajo de su nivel y que no se entendía con el anterior entrenador. Marcel Domingo había sido destituido un par de días antes tras una derrota en El Molinón por 2-0. Al rescate salió Pasiego, el secretario técnico de un club que había arrancado aquel ejercicio 78-79 como el principal favorito. Una constelación de figuras con Mario Kempes de abanderado, el mejor jugador del Mundo sin discusión. Pero las cosas se torcieron muy pronto y aquella plantilla estelar llamada a conquistar la gloria, defraudó. Solución de emergencia y relevo en el banquillo. Aquella decisión drástica resultó providencial: los de Mestalla acabaron arreglando la temporada gracias a la conquista de la Copa del Rey que, a su vez, les permitió ganar, sucesivamente, la Recopa y la Supercopa europeas en el siguiente ejercicio.

Arias acogió el comentario de Pasieguito con agrado. Sin embargo, el mensaje llevaba implícito un sacrificio: «le voy a poner en la defensa, como libre». Arias no daba crédito: «mister, nunca he jugado en esa posición y no sé cómo responderé». El entrenador zanjó el asunto con autoridad: «usted lo hará bien porque sabe jugar al fútbol. Lo único que ha de hacer es no complicarse la vida». En su fuero interno el de Catarroja pensaba que ya era mala suerte ocupar una demarcación novedosa en aquel contexto. Un riesgo y una invitación al fracaso ante una afición que no estaba para bromas por culpa de la marcha del equipo. La preocupación de Ricardo Penella Arias tenía fundamentos: a su inexperiencia como defensa libre -hasta entonces actuaba de interior en la medular- se unían otros factores como la baja de Kempes y la peligrosidad del visitante: el Atlético de Madrid.

En los años setenta los rojiblancos habían convertido cada una de sus visitas en una pesadilla: llevaban seis campañas consecutivas puntuando en el feudo valencianista con un balance de cuatro victorias y dos empates. Ningún rival se le resistía tanto al Valencia que, también es cierto, había sido capaz de vencer tres veces en el Calderón. Lo más curioso es que aquella década se había iniciado con dos apurados triunfos locales en Mestalla por idéntico marcador: 1-0, gracias a los goles de Sergio y Claramunt. Esa última victoria -el gol del centrocampista de Puçol llegó de penalti- en la Liga 71-72 coincidió con la muerte de Vicente Peris, el hombre fuerte de la organización del club, acaecida en las mismas dependencias del campo a la conclusión del encuentro. A partir de entonces, cada choque con los del Calderón suponía un revés. Hubo de todo en ese período de adversidades, incluido un penalti fallado por Kempes y parado por Reina -padre del actual portero del Nápoles- cuando faltaban pocos minutos para el final y que evitó el triunfo del Valencia en la campaña anterior, la 77-78.

Un rival gafe, ambiente enrarecido en la grada y muchos nervios en el vestuario. Arias aceptó a regañadientes el encargo del entrenador que volvía a sentarse en un banquillo tres años después de haber dirigido al Sporting. Quizás la solvencia como local y la fe en que cumpliera la tradición que garantiza el triunfo cuando se releva al técnico proporcionaban algo de confianza y optimismo. Los atléticos tampoco estaban para tirar cohetes: habían destituido a Héctor Núñez a las primeras de cambio, Aragonés había hecho de puente durante tres jornadas para que el húngaro Szusza tomara las riendas del equipo. Como había decidido el técnico vasco, Arias formó en el eje central de la zaga junto a Botubot. El defensa gaditano solía sostener unos duelos feroces con Rubén Cano, delantero centro rojiblanco. Saltaban más que chispas. Un año antes, el hispano-argentino fue expulsado en Mestalla poco antes del descanso. La bronca continuó y en el túnel de vestuarios se produjo una pelea que les costó un partido de sanción a Botubot y a Arias. Un castigo especialmente doloroso para Botubot, ya que se perdió el siguiente partido que era en el Carranza contra el Cádiz, debutante esa temporada en Primera, y club en el que se había formado.

El domingo 8 de abril de 1979 el Valencia acabó con su mala racha ante el Atlético gracias a un merecido triunfo por 2-0. Una actuación convincente acompañada de los goles de dos centrocampistas: Ángel Castellanos y Rainer Bonhof. Fieles a la tradición, hubo fricciones entre los jugadores y ambos equipos acabaron en inferioridad numérica: Arteche y Castellanos resultaron expulsados. Ambos solían emplearse al límite y más en partidos de alto voltaje. Por su parte, Arias superó la prueba de forma notable para sorpresa de muchos, excepto Pasieguito que estaba convencido del éxito de su apuesta. Por su versatilidad, se adaptaba a las exigencias. Aquella tarde marcó el inicio de una larga trayectoria de Arias en el eje de la defensa hasta su retirada en 1992.

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