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La prodigiosa cabeza de Ansola

El delantero del Valencia Ansola remata de cabeza en un partido ante el Pontevedra jugado en Mestalla. / bernat navarro
El delantero del Valencia Ansola remata de cabeza en un partido ante el Pontevedra jugado en Mestalla. / bernat navarro

PACO LLORET

Una valentía fuera de lo común y una potencia desmedida cuando cabeceaba distinguían a Fernando Ansola. Su carrera futbolística alcanzó el cénit en el Valencia y, a renglón seguido, terminó en el equipo de su tierra, la Real Sociedad. Antes de recalar en Mestalla ya había defendido los colores del Oviedo y del Betis. En el conjunto andaluz coincidió con Antón y Quino, futuros valencianistas. Ansola compartió vestuario con Antón en Valencia durante dos años y medio mientras que su marcha camino de San Sebastián se produjo de forma simultánea al aterrizaje de Quino. Ambos ocupaban la misma demarcación: delantero centro, con el nueve clásico a la espalda, aunque sus estilos eran opuestos. El vasco representaba el arrojo temerario, un rematador a la vieja usanza, mientras que Quino brillaba por su elegancia y versatilidad.

Se decía por Mestalla que cuando Ansola chocaba contra los postes se precisaba la aparición de los carpinteros para arreglar la portería antes que la de los camilleros de la Cruz Roja para atenderle. Su llegada al Valencia a mediados de los años 60 permitió aumentar las prestaciones de una delantera en la que Waldo y Guillot formaban una pareja letal. Ambos se entendían a las mil maravillas y se complementaban a la perfección. Sin embargo, se echaba en falta la incorporación de un jugador de las características de Ansola, capaz de neutralizar los marcajes al límite de los defensas de aquella época. Su fichaje fue bien recibido por la afición y la crítica. Ansola lo daba todo y algo más. En más de una ocasión era atendido en la enfermería y reaparecía con la cabeza vendada. La parroquia de Mestalla creía que era indestructible y que no había forma humana de que se retirara antes de hora.

Su última temporada como valencianista resultó de lo más paradójica. El primer gol del Valencia en el glorioso ejercicio 70-71 fue suyo, en realidad, firmó un triplete en la espectacular goleada por 5-1 obtenida ante la UD Las Palmas en la segunda jornada con un campo rebosante de público. Ansola fue el único jugador capaz de lograr tres tantos en un mismo partido a lo largo de aquella campaña en la que el club de Mestalla se proclamó campeón de Liga y subcampeón de Copa. A pesar de tan espectacular arranque, Alfredo di Stéfano se decantó por otro perfil de delantero y depositó su confianza en Pellicer, un jugador menos rematador pero más laborioso en beneficio del equipo y en Forment, un interior con llegada que firmó goles decisivos. El estilo más estático del donostiarra, un rematador nato que se fajaba con los zagueros rivales no cuadraba con la filosofía armoniosa de aquel Valencia. Prueba de ello es que Ansola ya no jugó ni un solo minuto de la segunda vuelta liguera y tan solo aportó un tanto más, eso sí, de enorme valor puesto que significó el del empate a dos en Los Cármenes en la cuarta jornada.

Ansola a veces era atendido en la enfermería y volvía con la cabeza vendada

Su ostracismo no impidió que bajara la guardia en búsqueda de una oportunidad que le llegó en la Copa, torneo que se disputaba al acabar la Liga. Ansola fue titular en buena parte de las eliminatorias y logró un gol ante el Sevilla en las semifinales. El Valencia superó la ronda con autoridad y un global de 4-0. El doblete estaba al alcance de la mano y Ansola fue titular en la final disputada ante el Barcelona. Aquel iba a ser su último partido antes de fichar por la Real Sociedad. En el conjunto donostiarra permaneció todavía cuatro temporadas más, hasta retirarse con casi 35 años. En aquella época los jugadores no se besaban el escudo ni tampoco perdían perdón cuando marcaban un gol ante un rival en cuyas filas se habían enrolado con anterioridad. El Valencia lo sufrió en sus carnes en la temporada 73-74, su última campaña con presencia asidua en las formaciones, cuando perdió 3-2 en el viejo campo de Atocha por culpa de un gol de Ansola en los últimos minutos después de haber ido dos veces por delante en el marcador. Ese tanto provocó, por añadidura, que los de Mestalla perdieran el liderato.

De su etapa valencianista hubo un gol muy celebrado, lo consiguió ante el Real Madrid en Mestalla en la campaña 69-70 y fue el único de la tarde. El tanto llegó en los compases finales para mayor alborozo de la concurrencia. Ansola se aprovechó de un choque entre Betancour, guardameta visitante, y el central Barrachina, para alojar el balón dentro de la portería madridista. Una de las características más acusadas del juego de Ansola era que su rendimiento subía enteros cuando el Valencia actuaba en casa debido a que le llegaban muchos más balones y las oportunidades de remate crecían en comparación a los desplazamientos. Algo parecido le sucedió en San Sebastián en sus últimas campañas en activo. Desgraciadamente, Fernando Ansola San Martín falleció de forma prematura en 1986, a la edad de 46 años, como consecuencia de un tumor cerebral. Pocos arietes han pasado en Mestalla con un dominio tan grande del juego aéreo como este jugador que volaba desafiando sin temor los riesgos para su integridad física.

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