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Valencia CF: Noventa y nueve años de vida y pasión

Valencia CF: Noventa y nueve años de vida y pasión

PACO LLORET

El Valenciacumple mañana su último aniversario antes de convertirse en una entidad centenaria. De Algirós a Mestalla, del Campeonato Regional a la Liga de Campeones, de una plantilla inicial formada por entusiastas amateurs locales a los afamados profesionales del siglo XXI procedentes de otros países y continentes. Una evolución que resulta inevitable. Sin embargo, un hilo conductor conecta cada episodio de la historia, un nexo común enlaza cada período y le proporciona sentido a un club que nació con unas siglas diferentes a las actuales. El británico Fútbol Club de 1919 fue modificado por una imposición normativa de la posguerra en el actual Club de Fútbol.

Entre los rasgos singulares y más acusados del valencianismo destaca su proverbial facilidad para adaptarse al momento, entender el presente y mirar hacia delante sin complejos ni vocación de crear conflictos ni enredarse en disputas. En los años setenta se pudo haber recuperado la denominación original pero, a diferencia de otros clubs, ni siquiera se planteó el asunto, nadie dio un paso al frente porque tampoco importaba demasiado. Las inquietudes y preocupaciones iban en otra dirección. La conciencia histórica ha crecido de un tiempo a esta parte. No resulta sencillo llevar a ese terreno sentimental a gran parte de los aficionados, más proclives a preocuparse por el día a día del equipo que por cuestiones de fondo. Pero ya a finales del siglo XX empezó a surgir una corriente de opinión que se significó por querer saber más cosas, averiguar con detalle los orígenes y a indagar sobre hechos concretos y personajes claves. Un movimiento que, afortunadamente, se ha extendido y ha crecido. Cada vez existe mayor sensibilidad por devolver al Valencia su patrimonio y por recuperar la memoria extraviada. Un síntoma saludable que viene a paliar el inmenso déficit de épocas anteriores. Se han dado los primeros pasos pero todavía queda mucho por hacer.

El papel del Valencia desde su fundación ha estado marcado por algunos rasgos significativos: la ambición por progresar y la necesidad de su reconocimiento. Cuando irrumpió tardíamente entre los mejores hubo de hacerse un hueco ante rivales que ya habían adquirido un espacio en el exclusivo territorio de los privilegiados por su mayor antigüedad y por los éxitos deportivos logrados. Los precursores de aquel Valencia eran conscientes de la situación y demostraron una portentosa clarividencia a la hora de entender que no había otra salida que no fuera la del crecimiento veloz y la expansión sin límites. Los logros y la capacidad de atracción acortaron los plazos para ejercer una atracción popular incuestionable. El Valencia supo desbancar en poco tiempo a sus rivales locales y pasó a competir con el resto de los grandes clubes españoles. La desventaja de haber nacido en los albores de los años veinte se suplió con una gestión extraordinaria. En buena medida, parte del éxito alcanzado se debe a una serie de factores como apostar por un equipo competitivo, el traslado al campo de Mestalla, la construcción de una imponente tribuna y el de haber elegido un nombre tan representativo como el de la ciudad donde se ubica.

El discurso comparativo, los golpes de efecto y la opulencia aparentada han sido contraproducentes

En los años treinta el Valencia ya competía en la Liga de primera división y había protagonizado la gesta de clasificarse para una final de Copa que significó la primera gran movilización de aficionados rumbo a Montjuic. Antes, en Mestalla, ya se habían celebrado sendas finales y el valencianismo ejerció de anfitrión, aunque su deseo fuera el de poder estar presente en la lucha por el título. La gloria se conquistó en la siguiente década con un equipo legendario que brilla con luz propia y se eleva como un grande con todas las de la ley. Imposible no citar a Luis Casanova y a Luis Colina, artífices de una época prolífica en éxitos: los años de la 'delantera eléctrica' y de los tres campeonatos ligueros. Cinco finales coperas y el gafe barcelonés. Se trata de un Valencia consolidado, de una entidad fortalecida que aspiraba a todo.

Pese a todo lo expuesto, las gestas deportivas, los futbolistas estelares que dejaron su huella, los recuerdos memorables, no resulta sencillo ejercer un liderazgo en un entorno sociológico tan peculiar, siempre proclive a discutir con vehemencia y a restar méritos, y, sin embargo, tan entusiasta para apreciar las novedades que vienen desde otras latitudes. Las justificaciones y las excusas se parapetan en argumentos variados que van desde razones ideológicas hasta criterios resultadistas. Allá cada cual con su elección, pero eso no legitima las descalificaciones fundadas en teorías falsas carentes de rigor que van desde el color original del escudo hasta interpretaciones que no se corresponden con la realidad de los hechos. Tampoco, a lo largo de los años, los rectores que han dirigido el Valencia han sido conscientes de la realidad y han carecido de la necesaria altura de miras para invertir determinadas tendencias. Sus preocupaciones eran otras.

El discurso comparativo con otros clubes más poderosos, los golpes de efecto para llamar la atención por el camino más corto y la opulencia aparentada han resultado contraproducentes; a la larga han generado más problemas que soluciones. Al Valencia le sobran motivos para sentirse orgulloso de su acusada personalidad. La experiencia demuestra que la fórmula del éxito va unida a valores como la sensatez, la tenacidad, la humildad y el espíritu de superación. El momento actual ofrece realidades contradictorias y situaciones estructurales complicadas pero el Valencia siempre ha sabido encontrar su camino, esquivar los obstáculos y vencer a las adversidades.

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