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El túnel del tiempo

Una imagen épica y un triunfo sufrido

Moratalla junto a Bossio, con la cabeza vendada. / j. penalba
Moratalla junto a Bossio, con la cabeza vendada. / j. penalba

PACO LLORET

Hay imágenes que perduran y desafían el paso del tiempo. Se quedan para siempre en la memoria colectiva, le ganan la partida por goleada al olvido. La protagonizada por Miguel Ángel Bossio en el Camp Nou con la camiseta ensangrentada y la cabeza vendada a la antigua usanza es, sin duda, una de ellas. Todo un icono referencial de aquel Valencia que reaparecía entre los mejores, dispuesto a reivindicarse tras pasar un ejercicio en excedencia. Aquella tarde de septiembre de 1987, el Valencia asestó uno de sus habituales golpes en la línea de flotación del barcelonismo. Pocas horas después de la victoria del club de Mestalla se procedía a la destitución del entrenador local, el inglés Terry Venables, preludio de una revuelta en el vestuario 'culer' que desembocó en el célebre motín del Hesperia.

El campeonato liguero consumía sus primeras jornadas, la cita entre el Barça y el Valencia correspondía a la cuarta, y las sensaciones que desprendían ambos contendientes eran opuestas. Los valencianistas se habían impuesto en los dos partidos de casa y habían arrancado un meritorio empate a tres en su única salida, la de Balaídos. Curiosamente, el calendario había deparado enfrentamientos contra los otros dos equipos que habían acompañado a los de Mestalla en el ascenso a primera en ese primer tramo de la temporada. Victoria ante el Logroñés y empate con el Celta. A renglón seguido el destino brindó la oportunidad de reparar afrentas pendientes. Un triunfo sobre el Betis, gracias a un magnífico gol de Quique Sánchez Flores muy festejado por la grada, servía en bandeja la revancha ante un rival que se lavó las manos y fue cómplice en el descenso a segunda. Una semana después, el Valencia regresó al lugar del crimen: el Camp Nou, escenario donde cavó su fosa en una aciaga noche y después de una penosa actuación. Aquella derrota de abril del 86 representó la sentencia definitiva.

En febrero del año siguiente el Valencia empataba por los pelos en el Mini Estadi ante el filial blaugrana. Siete meses después de aquel 2-2 con el gol providencial de Alcañiz, el equipo conducido por Alfredo di Stéfano dinamitaba los cimientos barcelonistas con un inolvidable tanto de Carlitos Arroyo. Una jugada prodigiosa de Emili Fenoll por la banda derecha, la contraria a su espacio natural, terminó con un centro impecable aprovechado magistralmente por el centrocampista madrileño. Zubizarreta se quedó clavado; la grada, helada. Aquel gol resultó decisivo y sirvió en bandeja un triunfo que devolvía el orgullo perdido a los vencedores, la travesía del desierto había llegado a su fin. El Valencia regresaba con todas las de la ley.

La cabeza vendada y la camiseta ensangrentada de Bossio quedará para la historia el Valencia

La segunda mitad del choque se hizo eterna. El Barça empujaba con todo, los visitantes se defendían como podían. El guardameta Antonio cuajó la mejor actuación de su vida, protagonizó intervenciones espectaculares y salvó a su equipo. El partido entró en un territorio de máxima emoción. El Valencia aguantaba a la heroica y buscaba rematar el triunfo con algún contragolpe ante un rival desesperado y una grada impaciente. En ese escenario apareció un hombre dispuesto a imponer su ley: el centrocampista Bossio, omnipresente, se multiplicaba en labores de achique, cortaba el juego y ayudaba a sus compañeros. Los rivales le tenían respeto. En la salida de un córner recibió un codazo en la frente, por encima del ojo. El uruguayo quedó conmocionado mientras sangraba abundantemente. La situación parecía preocupante y desde el banquillo ordenaron el cambio. Josep Miquel Torres estaba preparado para entrar en el terreno de juego. Cuando Bossio advirtió la situación se encendió como un poseso indicando que se hallaba en condiciones de seguir pese al aparatoso vendaje que le cubría la frente y la hemorragia de sangre que le había manchado la camiseta.

El uruguayo pensó que el autor del codazo fue Schuster pero Robert confesó tiempo después

Paco Reig masajista del Valencia había cerrado la brecha con unas grapas y el jugador regresó al partido con más ganas que nunca. Bossio se mantuvo al pie del cañón hasta el final. Los valencianistas resistieron la avalancha local y se llevaron un triunfo que les situaba en la segunda posición de la tabla mientras el Barça se hundía en la cola. Aquella victoria tuvo una dedicatoria muy especial: la madre de Españeta había fallecido dos días antes y los jugadores quisieron tener ese detalle con el utilero en el vestuario. Sin embargo, Bossio vivió una odisea a continuación. Por restricciones económicas el Valencia no viajaba con su médico, el doctor Joaquín Arregui y, tras ducharse el uruguayo se presentó en el vestuario barcelonista cuyo medico procedió a examinar la herida. Le retiraron las grapas y le aplicaron varios puntos de sutura. Si en el campo, con la sangre caliente, el charrúa no se había enterado de nada, en frío vio las estrellas por el dolor. Bossio siempre pensó que el causante de aquel golpe había sido Bernd Schuster, pero un par de años después, Robert Fernández, en su regreso al Valencia, le confesó que él había sido el autor de aquella herida. Ambos fueron compañeros durante una temporada. aunque con anterioridad, como rivales, sostuvieron feroces disputas.

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