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La épica también lleva a semifinales

Vezo le roba el balón a Pedraza en presencia de Montoya. / afp
Vezo le roba el balón a Pedraza en presencia de Montoya. / afp

Jaume para dos penaltis y el Valencia se mete entre los cuatro mejores de la Copa sufriendo ante un gran Alavés

TONI CALERO

Marcelino se tapó los ojos mientras los lanzadores recorrían los cincuenta metros hasta la portería. El técnico estaba vendido y ya nada podía hacer: era cara o cruz. Jaume Doménech o Antonio Sivera. El Valencia o el Alavés. Las semifinales de Copa del Rey esperando después de 210 minutos derrochando tensión, especialmente los 120 de Mendizorroza. Pedraza y Hernán estamparon la ilusión de los vitorianos en los guantes de Jaume, heredero por un día de ese embrujo que convertía a Diego Alves en un gigante contra cualquiera en la guerra de los once metros. Sigue adelante el Valencia y alimenta el deseo de su afición, que vio en la Copa un objetivo más jugoso que la Champions en mayo. La Copa es el desplazamiento y una final. La Copa es un trofeo que reabre las vitrinas y refuerza un proyecto más que ninguna otra cosa. El Valencia peleará por el título por pura épica, que también cuenta en esto del fútbol, y deja por el camino a un Alavés entregado y superior en muchas fases de la eliminatoria.

A finales de octubre había pasado el Valencia por Mendizorroza. Pasó y ganó. Fue un partido áspero, pero no importaba. El Alavés era menos Alavés que el actual y al Valencia le salía todo. Necesitaba ocasión y media para hacer dos goles. Eso sucedió aquel día, con Zaza rompiéndola por la escuadra y Rodrigo transformando un penalti cuando peor lo pasaba el equipo. El triunfo fue autoritario, propio de un grande. El de Vitoria sólo fue uno más de los nueve duelos consecutivos que se apuntó el Valencia. La mentalidad era entonces de hierro, así destacaba, pero en las últimas semanas el retroceso en cuanto a carácter y convicción ha descendido no pocos peldaños. El Valencia del 24 de enero apenas consiguió un arranque digno en Mendizorroza porque el Alavés sólo tardó unos segundos en evidenciar que, o quería más, o al menos sabía cómo hacerlo mejor.

El mensaje de Marcelino en la previa debió retumbar en el vestuario. «Son noventa minutos, o pasamos o nos quedamos fuera». Ni juegos de palabras ni discursos cifrados. Era la primera arenga del asturiano de cara a la vuelta contra el Alavés. Escocieron los 45 minutos en Mestalla y la derrota contra el colista tan sólo unos días después. El aviso estaba dado. Pero no. El equipo ya no goza de esa firmeza y al rival le ocurría todo lo contrario. Con Abelardo se han creído de Primera, capaces de competir contra cualquiera. Vezo, como un flan, sufría en cada balón aéreo. Gayà se resbalaba, Guedes no elegía bien... A los 17 minutos, cansado de ver imprecisiones, Marcelino estalló pidiendo calma a sus futbolistas. Para entonces Mendizorroza, otro campo del norte que aprieta y te hace diminuto, ya veía factible el objetivo de las semifinales de Copa.

El tramo desde la maldita caída de Gabriel Paulista y el penalti por manos de Garay que Álvarez Izquierdo omitió fue especialmente duro. Primero por las lágrimas de Paulista sobre el césped, sabedor de que su rodilla estaba en problemas. Luego la salida en falso de Jaume y la infracción de Garay. El Valencia estaba roto, pero resistió. Pedraza e Ibai no acertaban con los tiros de media distancia. Parecía que lo mejor era aclarar ideas y descansar piernas pensando en lo que estaba por llegar, pero el Alavés continuó su camino, sin torcerse un sólo milímetro, y fue también dueño de los compases iniciales de la segunda mitad. Un vuelo de Jaume evitó el gol de los vitorianos, después Guidetti empujó lo justo a Gayà y el árbitro anulaba su tanto. El Valencia aún estaba dentro de las semifinales, pero no del partido. Ni Parejo gobernaba el juego ni Guedes podía con los sufridores defensas del Alavés. Marcelino no lo veía claro pero, por si acaso, sentó a un desapercibido Vietto para dar protagonismo a Rodrigo.

El combate ya había vivido varios giros, bruscos, y aún le faltaban unos cuantos más. Si los de Abelardo aflojaban la calidad del Valencia emergía mínimamente para probar a Sivera, más entero que en Mestalla y clave en dos acciones, una de ellas en la prórroga. El Alavés tenía su armamento en el banquillo y Munir fue la apuesta. El madrileño, que pasó sin pena ni gloria por Mestalla, fue el hombre encargado de ponerle al partido una marcha más. Su salida al campo y el gol a Jaume fue cuestión de segundos. La celebración, propia de quien se veía en semifinales, llevaba implícita el bajón anímico del Valencia. Se buscaban los futbolistas blanquinegros tratando de hallar una respuesta. Sólo la encontró Marcelino, también entre su gente de refresco. El bendecido Santi Mina copió a Munir, y un leve empujón de Zaza abrió el camino del empate. El italiano, seco de goles en los últimos partidos, se la puso dulce a Mina para una carrera de vértigo y la definición pausada.

Pese a saber sobrevivir a una de las peores actuaciones de la temporada, al Valencia, débil, le caería otro golpe. Un centro, la pájara de la defensa y el tanto del Alavés que mandaba el partido a la prórroga. Sería justo el fútbol con los de Abelardo. Los treinta minutos de propina los jugó mucho mejor el Valencia, más entero físicamente. Santi Mina, Rodrigo y Montoya estuvieron cerca de certificar el pase de ronda, pero Sivera y la falta de acierto lo evitó. Los penaltis estaban servidos y ahí lo ganó todo el Valencia, hasta el sorteo. Marcaron Mina, Rodrigo y Gayà y el Alavés erró tres, dos de ellos con Jaume como verdugo. Pudo Marcelino al fin quitarse la venda y ver cómo sus futbolistas celebraban el paso adelante. La Copa la quieren todos: plantilla, técnicos y afición. Hará falta recuperar el fútbol más allá de la épica.

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