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Enrique Buqué, lento y elegante

Enrique Buqué, lento y elegante

PACO LLORET

Pocos futbolistas del Valencia han podido presumir de pasar a la posteridad glorificados por una frase que incluso ha trascendido el ámbito estrictamente futbolístico. «Eres más lento que Buqué». Durante años se convirtió en el paradigma de los futbolistas de ritmo escaso y velocidad cansina. Lejos de sentirse ofendido, el referente, Enrique Buqué, no podía disimular su satisfacción. No solo no le molestaba, se sabía distinguido y lo aceptaba con su inagotable sentido del humor. Aquella sentencia surgida de la grada de Mestalla se extendió con gran éxito y acabó por aplicarse a otros órdenes de la vida. Un día, un taxista asomó indignado la cabeza por la ventanilla de su vehículo para recriminar a otro conductor la lentitud de la marcha: «eres más lento que Buqué», soltó a voz en grito. Desde dentro del taxi, sin descomponerse por la situación, el pasajero se presentó: «sepa usted que yo soy Buqué». El conductor, que no daba crédito, se disculpó, pero el viajero se sintió feliz y reconocido después de muchos años desde su retirada.

La plantilla valencianista bautizó aquel partido como la final del barro. La cita tenía lugar en tierras gallegas. Se jugaba a partido único el trofeo Concepción Arenal en El Ferrol, cuyo nombre oficial en aquellos años iba acompañado de una referencia al lugar de nacimiento del por entonces jefe del estado. Palabras mayores. El Valencia venía de conquistar la Copa de manera incontestable ante el Barça al que derrotó por 3-0 en Chamartín. En el campo Manuel Rivera le aguardaba el Atlético de Madrid. El 5 de septiembre de 1954 ambos equipos sostuvieron un duelo titánico sobre un terreno de juego muy embarrado por las fuertes lluvias caídas. El partido no pudo empezar mejor para las huestes de Carlos Iturraspe: dos goles de Faas Wilkes en apenas veinte minutos. Sin embargo, antes del descanso, los colchoneros redujeron la diferencia con un gol de Miguel. El mismo jugador estableció el empate en el segundo tiempo. La situación empeoró con el tercer tanto del Atlético. A falta de diez minutos para el final, el Valencia salvó los muebles y forzó la prórroga gracias a un gol en propia puerta de Mújica. El tiempo suplementario empezó con el cuarto gol rojiblanco, tercero de Miguel, pero entonces apareció en el escenario Daniel Mañó, otro talento surgido de Sueca, que marcó el gol de una nueva igualada y, a falta de dos minutos para el final, logró el de la victoria, para dejar el marcador final en un épico 5-4 a favor de los de Mestalla.

Monzó, el capitán, recogió el trofeo y posó a continuación junto a sus compañeros. Todos estaban eufóricos pero exhaustos por el gran esfuerzo realizado, la mayoría presentaba las huellas del barro en sus camisetas y pantalones. Sin embargo, Enrique Buqué, como se puede apreciar en la imagen (agachado, segundo por la derecha) seguía luciendo un blanco impoluto. Sus compañeros no ocultaban su perplejidad y le dijeron a Buqué que desentonaba con aquel aspecto impecable después de la batalla librada. Al final, el interior catalán optó por recoger varios trozos de fango para ensuciar su camiseta y estar a juego con el resto de los jugadores que componían una imagen épica. Esa reacción delataba la socarronería de un futbolista intuitivo, elegante e inteligente que antes de las célebres citas pronunciadas por Menotti o Cruyff ya pregonaba que en el fútbol correr es de cobardes y el que debe correr es el balón. Al lado de flechas endiabladas como Fuertes o Seguí, su estilo contrastaba por una lentitud más aparente que real. El criterio de su fútbol nacía de una visión prodigiosa para el juego. Su asociación con Pasieguito era la consecuencia del entendimiento total. Ambos hablaban el mismo idioma en el campo. Su relación nacía de una amistad forjada en la pensión de Gure Etxea, aquel célebre establecimiento, cuna de la cocina vasca, donde vivieron sus primeros años en Valencia. Luego cada uno formó su familia y ambos echaron raíces a orillas del Turia.

Buqué acabó el partido sin ensuciar la camiseta, así que recogió trozos de fango para estar a juego

Buqué llegó a Mestalla a principio de los años cincuenta procedente del Sant Andreu y no tardó en hacerse con un lugar en las alineaciones. En su primer ejercicio estuvo en la formación que alcanzó la final copera, perdida ante el Barça en la prórroga. Un partido que arrancó con dos goles valencianistas pero condicionado por la inferioridad numérica al lesionarse Asensi y no poder ser reemplazado. Ante el conjunto blaugrana protagonizó su tarde más gloriosa en la Liga 54-55: tres goles en Mestalla y goleada por 4-1. Tras retirarse pasó a colaborar como técnico en varios equipos. El Valencia lo requirió al principio de la campaña 69-70 tras la destitución de Joseíto. Se formó un tándem junto a Salvador Artigas que recuperó al equipo, lo clasificó para Europa y lo metió en la final de Copa. Sin embargo, Julio de Miguel apalabró el fichaje de Alfredo di Stéfano para el siguiente ejercicio mientras aún se estaba compitiendo. La noticia cayó como una bomba y desalentó a los técnicos que aspiraban a continuar en agradecimiento por la labor desarrollada. No fue así. Tras perder la final copera, en la soledad del salón del hotel barcelonés y sin directivos presentes, Buqué pidió varias botellas de cava para brindar en su despedida con los jugadores. Todo un caballero.

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