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Antón y sus goles épicos

EL TÚNEL DEL TIEMPO

Antón y sus goles épicos

  • Uno de ellos resultó fundamental porque aseguró el triunfo en el último minuto

Nadie hasta entonces había subido la banda izquierda con semejante poderío. Antón se convirtió en el primer lateral ofensivo zurdo en la historia del Valencia. Además de sus legendarias incursiones, que alzaban con entusiasmo al público de sus asientos, dejó para el recuerdo un par de goles en la recta final de la campaña 70-71 cuando la lucha por el título se hallaba en su fase más emocionante. Uno de ellos resultó fundamental porque aseguró el triunfo en el último minuto. Antón llegó al Valencia procedente del Betis en la segunda vuelta de la temporada 68-69, cuando la entidad de Mestalla celebraba sus Bodas de Oro. Un fichaje discreto pero de gran rendimiento.

Tres campañas antes de su llegada, en el ejercicio 65-66, el Valencia batió en casa a los béticos con una goleada tenística: 6-3. Esa tarde en las filas andaluzas se alinearon tres futbolistas que acabaron sucesivamente fichando por los valencianistas: Ansola, Antón y Quino por orden cronológico. Antón fue el único del trío que no marcó aquel día ante un Valencia que era líder y desplegaba, bajo la batuta del entrenador Sabino Barinaga, un fútbol de ensueño que tenía asombrada a la parroquia local. Ese fue el partido cumbre de Juan Muñoz, un extremo izquierda de clase y elegancia contrastada, autor cuatro de los seis goles locales. El Betis bajó a Segunda División un par de temporadas después y Antón, que seguía enrolado en sus filas, confirmó su crecimiento futbolístico hasta convencer a los técnicos del Valencia que decidieron cerrar su incorporación.

Curiosamente, el 2 de febrero de 1969, Antón disputó su último encuentro como verdiblanco en el campo de El Clariano donde el Ontinyent se impuso por 3-1 con dos goles de Rafa Marañón, cedido por el Real Madrid. Dos semanas después, el 16 de febrero, se producía su debut con el Valencia en un encuentro televisado frente al RCD Espanyol en Mestalla que finalizó con un decepcionante empate a dos. Los periquitos perdieron la categoría al final de esa temporada. Antón se alineó como interior por delante de Vidagany, que ejercía funciones de defensa lateral. La marcha de Arnal obligaba a reforzar esa demarcación y Antonio Martínez Morales, nombre verdadero de Antón, fue el elegido. La campaña fue muy irregular, aunque al final, se aseguró la clasificación para Europa.

Antón empezó a demostrar su enorme potencial en la temporada 69-70, se consagró como titular indiscutible, disputó cuarenta y un partidos entre las tres competiciones hasta alcanzar la final de la Copa en la que formó con el once inicial. No marcó ni un solo gol en toda la campaña, en realidad, los reservaba para la siguiente, la inolvidable 70-71. Alfredo di Stéfano vio en el lateral andaluz (aunque había nacido en Bilbao se había criado en la población gaditana de Barbate), un estilete que podía añadirse al ataque porque le sobraba potencia para cerrar en defensa y participar en acciones ofensivas. Pronto empezó a destacar, jaleado por una afición que aguardaba sus célebres cargas por la izquierda. La grada de Mestalla enloquecía con sus penetraciones que desarbolaban a las zagas adversarias. Pero los dos momentos sublimes tuvieron como escenario La Romareda y La Nova Creu Alta. Dos goles que permanecen en el imaginario colectivo del valencianismo.

Cuando el Valencia visitó al Zaragoza, colista desahuciado, la Liga se hallaba en una fase decisiva. La victoria era obligada para mantenerse en lo más alto de la clasificación. Un gol de Claramunt I allanó el camino, pero la sentencia definitiva llegó en la segunda mitad cuando Antón se lanzó al abordaje en solitario. La jugada parecía de dibujos animados, los contrarios chocaban con el lateral y salían despedidos o no lo alcanzaban. Aquel slalom lo condujo al área de los aragoneses donde lanzó un cañonazo, poco colocado pero muy efectivo, que se convirtió en el tanto que aseguraba los puntos y el liderato. El lance fue muy comentado por su espectacularidad y por haberse visto en directo a través de la televisión en toda España. Una semana antes Antón ya había debutado con la selección.

Contra viento y marea el Valencia se mantenía como líder, llegó el célebre gol de Forment al Celta en el minuto 92 y una semana después el de Antón en Sabadell también en el último minuto que salvaba los muebles entre la euforia incontenible de la hinchada de Mestalla. Aquel tanto, como los de Kempes en la final de Copa del 79, fue logrado con la pierna derecha gracias a un potente disparo que entró por la escuadra de la portería que defendía Pepe Martínez. Un gol providencial, el del triunfo en aquella tarde primaveral. Antón se encumbró a los altares. Dos semanas después, el día del alirón en Sarrià, unos aficionados paseaban un ninot fallero que representaba al defensa con la singularidad de lucir unos descomunales atributos masculinos. Un homenaje popular a uno de los principales referentes de aquel inolvidable equipo. «Con los goles de Forment y los huevos de Antón, el Valencia campeón», rezaba el lema que acompañaba la singular figura.

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