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Anil Murthy, diplomático con estrella

Anil Murthy, diplomático con estrella
Jesús Signes

Atesora una rara virtud harto apreciada por Napoleón para sus generales: la suerte. Desde que llegó al Valencia la pelotita está entrando, y eso lo cambia todo. Es el premio justo para este hombre afable que no surge de la nada y ha mostrado una firme voluntad de integración, derribando barreras como el idioma

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los caminos del Valencia CF son ciertamente inescrutables y, desde luego, a medio camino entre el eterno suspense y la melodía divertida. Quién nos iba a decir hace unos años que la propiedad del sagrado murciélago la ostentaría un millonario de Singapur. Pues pese a la friquez del asunto intuyo que ya nos hemos acostumbrado. Y ahora mismo el presidente del club es un señor de exótico nombre (para nuestra nomenclatura doméstica), Anil Murthy, al que además no se le suponen excesivos conocimientos futboleros, lo cual, bien mirado, en un ambiente tan histérico como el del balompié incluso puede actuar a modo de auténtica bendición. Anil Murthy, en cualquier caso, se ha integrado perfectamente en nuestra ciudad y vive aquí con su familia. No resulta difícil verle en el Mercado de Colón junto a los suyos. Le fascina ese entorno de la ciudad. También le encanta el buen vino y la buena comida, con lo cual me barrunto que el influjo mediterráneo le ha conquistado el corazón y el estómago. Pero este hombre dialogante, afable y cercano no surge de la nada, ni mucho menos, y acarrea tras de sí una interesante carrera de diplomático.

Posee una licenciatura expedida en París con un diploma en ingeniería eléctrica y mecánica. Es además MBA de INEAD Bussiness Scholl, lo cual me sume en la perplejidad porque no tengo ni idea de lo que representa esta ingente sopa de letras, aunque convendrán conmigo en que suena apabullante. Anil Murthy (don Anil en adelante) curtió sus espaldas allá en Singapur trabajando para su gobierno como consejero de políticas públicas y más tarde como diplomático. Diez años estuvo en la embajada de Singapur en París, cuatro de ellos incrustado en la Unesco, un organismo, según Dalí, absolutamente inútil. Pero al margen de las opiniones de los genios del surrealismo, sí se me antoja oportuno resaltar la experiencia diplomática de don Anil, pues su veteranía en tan altas instancias le imprimió el carácter necesario para templar gaitas y escuchar paciente tanto a hinchas como a periodistas, pasando por esos peces gordos de nuestra ciudad que siempre lloriquearon emocionados invocando al Valencia mientras sepultaban sus ahorros bajo tierra, pues el supuesto cariño jamás vino acompañado por la derrama económica. Obsérvese su buen talante y su capacidad para encajar pues en la convención de peñas de Alzira le recibieron con pitos y él supo reconvertirlos en aplausos. La diplomacia es precisamente eso, reencauzar las malas situaciones hacia terrenos favorables.

Con Layhoon, la anterior presidenta, teníamos un grave problema: la barrera del idioma. No la podíamos tomar en serio porque se limitaba a sonreír enigmática, deporte que se practica cuando no hablas el idioma local, y esto le confería aire de muñequita de porcelana. Don Anil, en cambio, en cuanto aceptó la propuesta de Peter Lim se apuntó a clases intensivas para reforzar su escaso castellano y ahora lo habla con una soltura más que notable. Un diplomático sin manejarse en varios idiomas, ajeno al precioso don de lenguas, sería peor que un independentista catalán socio del Real Madrid. Don Anil demostró no sólo exquisita sensibilidad a la hora de aprender el idioma para percibir el perfume de nuestro cotarro, sino profunda inteligencia porque destripó las esencias de nuestra lengua en un tiempo récord, y esto no lo consigue cualquiera.

Cuando Peter Lim mostró deseos de ficharle para la causa y reparar los puentes quebrados, don Anil no lo tuvo demasiado claro. ¿Valencia, y encima para mandar en un club de fútbol? Uf, qué pereza. Pero una vez embarcado ha demostrado sensatez y versatilidad. Tanto le ha empapado nuestro particular ambientillo que, según me chivan, durante las tertulias a las que le convidan el tipo aguanta hasta el final, pero hasta el final del final del todo. Vamos, que es el último en marcharse. Ha comprendido, pues, nuestra jugosa vitalidad existencial. Como expresamos al principio, futbolero lo que se dice futbolero, pues no parece ser. Sin embargo sabe decidir y escucha los consejos que le ofrece Mateo Alemany, lo cual es otro punto a su favor. Don Anil es, en definitiva, un buen diplomático dotado además de una gran y rara virtud harto apreciada por Napoléon para sus generales: la suerte. La primera vez que asistió así de estranjis a un partido del Valencia fue cuando los nuestros jugaban contra el Leganés en campo contrario. Perdía uno a cero el Valencia. Llegó don Anil media hora tarde y el equipo remontó el resultado. Vive ahorita mismo el Valencia bajo su liderazgo un momento dulce y tranquilo. Nos lanzan otras vez el caramelito del nuevo estadio para que fertilice la ilusión... Lo reconvertirían en explosiva bombonera y se inauguraría en el año 2021. No me lo creo, pero le deseo todavía mayor fortuna a don Anil y a los suyos, ya que se han machihembrado con nosotros de tan elegante manera. Y, ¿zampará chocolatinas Ferrero Rocher como buen diplomático o se habrá pasado ya al bocata de blanco y negro con habas? Prometo averiguarlo. Don Anil cumplió hace poco cien días de presidente y, de momento, la vida le sonríe. La pelotita sí que está entrando con alegría. Recemos para que siga así.

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