Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
El escándalo por la utilización irregular, desmedida o sin justificación alguna de los fondos públicos asignados a los parlamentarios británicos ha desencadenado una crisis sin precedentes en una de las democracias más antiguas y prestigiosas del mundo, cuya profundidad se resume en la obligada dimisión del presidente de la Cámara de los Comunes, una renuncia inédita en los últimos 300 años de vida de la institución. La revelación por la prensa de los abusos no sólo ha puesto de manifiesto la falta de control y de transparencia de unos gastos que son repercutidos al erario del Estado y que por eso mismo han de ser utilizados con el debido rigor y probidad por parte de sus receptores. Los excesos cometidos y ocultados por los diputados británicos de todo color político han hecho aflorar un problema más profundo que la falla en la regulación de los fondos parlamentarios y del uso de los mismos. La descripción de a qué dedicaron el dinero resulta en la mayoría de los casos tan sonrojante que lleva a preguntarse por el sentido del decoro y el respeto a las instituciones de quienes no sólo actuaron a espaldas de la fiscalización popular, sino que no parecieron dudar tan siquiera de lo intolerable que resultaba su comportamiento. Es esta constatación la que implica que la contrición del Gobierno y de los partidos, y la consiguiente operación de limpieza que han emprendido, deberá ser mucho más honda que la que se deriva de las primeras dimisiones que se ha cobrado la crisis.

Vocento
SarenetRSS