Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Resulta especialmente conmovedor ver cómo los fines de semana nos podemos encontrar en las iglesias españolas con un montón de hermanos suramericanos compartiendo la fe que les inculcamos con la labor pastoral desarrollada por España en las Américas desde la colonización iniciada en 1492.

Pese a que muchos españoles han asumido como cierta la leyenda negra, especialmente divulgada por Inglaterra para solapar históricamente sus genocidios colonialistas, lo bien cierto es que resulta especialmente revelador el ver a tantas personas suramericanas intentando compartir con los españoles un destino que durante tantos siglos nos ha sido común. Mientras los países conquistados y colonizados por España con una exigente Ley de Indias que, si bien no logró impedir suficientemente los desmanes colonialistas, sí -cuando menos- sirvió como base legal para establecer una convivencia que dio lugar al mestizaje hispanoamericano, prueba contundente de la gran mentira histórica que supuso la leyenda negra.

Mientras los países colonizados por Inglaterra lo fueron bajo la fórmula genocida del exterminio de la raza, España buscó la síntesis cultural, la evangelización y la unión racial entre los colonos y los indígenas. Mientras podemos ver en cualquier calle de cualquier ciudad colonizada por España el resultado del respeto a la vida de la raza original y de la nacida del mestizaje, ¿cuántos herederos de aquellos indios y aborígenes colonizados por Inglaterra nos cruzaremos en las calles neoyorquinas, tejanas, canadienses o australianas? Ninguno. Veamos los equipos olímpicos de estos países en China para observar lo que queda de los papúes o anangús australianos, o de los hupa, los yuroks o navajos estadounidenses, o de los algonquinos u odawa canadienses.

El poeta nicaragüense Rubén Darío, expresión del modernismo literario suramericano, cantaba a la obra colonizadora española en América con unos maravillosos versos a la "sangre de Hispania fecunda". Y lo llamamos a esta colaboración con la única intención de que el lector reflexione en torno a la noticia de una brutal agresión sufrida y grabada contra una niña suramericana en España que debería haber conmovido a cualquier mortal.

Cuando España se debate ahora más que nunca con la necesidad de regular seriamente la entrada de inmigrantes y con ello impedir el colapso laboral y social que supone tener una tasa de extranjería insostenible, desde el valencianismo, especialmente por Coalicio Valenciana, se ha intentado introducir la necesidad de buscar protocolos para que la inmigración deje de ser un problema y se convierta en un verdadero valor social.

Si somos capaces de articular mecanismos de integración positivos que garanticen que esa integración no sólo se va a realizar en el espacio laboral sino también en el social y cultural, estaremos conjurando el peligro de la xenofobia a la hora de tratar el resbaladizo terreno de la inmigración en la política.

Se trata simplemente de priorizar en las entradas a nuestro país de aquellos inmigrantes con los que tengamos lazos identitarios, lingüísticos, culturales y religiosos que garanticen la inmediata integración de un ciudadano llegado de fuera.

Por ello la agresión sufrida por esta niña suramericana es especialmente execrable si ha tenido un origen racial. ¿Quién y con qué legitimidad y argumentos puede levantar el dedo acusador en un país como el nuestro que es crisol de razas y que practicó el mestizaje como la mejor fórmula de hermanamiento en las tierras por él conquistadas?

"Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!"

Vocento
SarenetRSS