Jueves, 24 de mayo de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Castellón
¿De qué sirven los mítines?
El de Camps y Rajoy, el martes, sirvió para que algún enfervorizado militante del PP cogiese un buen catarro.

Ése es el riesgo de celebrar un mitin en recinto abierto a pesar de la previsión meteorológica y de repartir impermeables de plástico cuando la gente ya está mojada y sólo ayudan a conservar la humedad. Pero es que si todo fuese milimetradamente lógico también resultaría más aburrido. Por eso, con lluvia y todo, el PP no pinchó, a diferencia de lo ocurrido en algún acto del PSPV.

La pregunta sigue siendo, por consiguiente: ¿para qué sirven los mítines, si ya hace años expertos como Thomas Holdrook sospechaban que las campañas son irrelevantes en el resultado final electoral?

Supongo que se realizan por inercia. Igual que el agobiante buzoneo de sobres que el personal tira directamente a la basura. Aún así, los líderes se multiplican, visitando más comunidades que días tiene la campaña y participando en más mítines que lugares visitados. Para completarlo, sólo les falta el don de la ubicuidad.

Pero sus presuntos oyentes cada vez se quedan más en casa. De tal manera, que dentro de unos años se celebrará el último mitin: participarán en él el candidato, dos parientes y cuatro amigos y tendrá lugar en una cafetería.

A partir de entonces, todo será ya electrónico, digital, cibernético, con imágenes, lemas y diálogos con el candidato a través de Internet. Incluso la presencia del político será virtual, como la de esa imaginaria actriz de la película Simone, la creación electrónica de Al Pacino, que hasta recibía un Oscar y quedaba embarazada pese a no tener existencia real.

¿Para qué, pues, quedarse ronco en los mítines si sólo van a ir los convencidos? ¿Para qué echarles imaginación, si todos los chistes, réplicas y gags los escriben esforzados guionistas? Mejor, pues, pasar de ellos. Estamos hablando de un futuro ineluctable.

Antes, al menos, los mítines servían para descubrir oradores que acababan de ministros. Ya no. Ahora valen, si acaso, para comprobar la eficacia de la engrasada máquina partidista. Y en eso sí que hay que quitarse el sombrero ante Vicente Rambla, jefe de campaña de Francisco Camps, a quien todos auguran ya una próxima vicepresidencia.

 
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