Domingo, 20 de mayo de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

marinero en tierra
Una campaña electoral sin ciudadanos
Algún día tendremos que replantearnos si vale la pena perder tanto tiempo, tanto dinero y tantas energías en unas campañas electorales que cada vez interesan a menos ciudadanos. No sé si fue por el formato que eligieron los organizadores, por el poco entusiasmo de los candidatos, por la pobreza de ideas nuevas que nos transmitieron o simplemente porque ya estamos hartos de tanta palabrería electoral. El hecho de que la habitual audiencia de Canal 9 huyera despavorida a otras cadenas y no aguantara el tedioso debate del pasado martes es un indicador relevante de que estamos asistiendo a una campaña sin ciudadanos.

Puede haber más razones para explicar el hecho de que tan sólo aguantara un escaso 5,3% de la audiencia, cuando lo habitual es que permanezca entre un 15 y un 20%. Hay una razón que parece clara y está relacionada con el aburrimiento, el desencanto y el hastío con el que los ciudadanos estamos asistiendo a una campaña que empezó mucho antes de lo previsto. Una campaña que se ha construido de espaldas a la ciudadanía porque los índices de agresividad, violencia, crispación y malos modos no se corresponden para nada con el clima cívico al que asistimos en nuestras diferentes ocupaciones profesionales o en nuestra vida cotidiana.

La campaña está despertando una agresividad que no existía, está movilizando una adrenalina política más próxima a lo visceral que lo racional y, lo que es más preocupante, está generando innecesariamente un clima de incivismo del que tardaremos mucho tiempo en recuperarnos. No sé si estamos preparados para la traca final de esta campaña porque los correspondientes gabinetes tienen su respectiva artillería preparada y parece claro que por mucha tregua que les pidamos, ellos seguirán con su tediosa cantinela. Aunque no nos hagan caso, deberíamos pedirles que montaran las campañas electorales con mayores dosis de responsabilidad. No sólo porque los gastos siguen siendo excesivos e innecesarios sino porque no nos merecemos espectáculos esperpénticos donde casi todo está permitido para conseguir un titular, donde todas las familias de candidatos, afiliados, amigos y simpatizantes se sienten arrastrados gregariamente a espectáculos con poca argumentación donde no sobra gracia, la claridad de ideas, la excelencia en la retórica o la sinceridad de las propuestas.

Con la intención de llenar medianamente los aforos y completar las filas de asistentes que cogerán las cámaras para los telediarios, los gabinetes ajustarán bien las dimensiones del local, medirán generosamente el espacio entre sillas y, sobre todo, pasarán lista entre todas aquellas asociaciones agraciadas, favorecidas o beneficiadas por la subvención pública de la que viven. Es una pena comprobar no sólo cómo se llenan los autobuses sino cómo se pelean los políticos con cargo administrativo para situarse en la zona VIP, como si en aquella liturgia o en aquel circo las probabilidades de seguir en el cargo fueran proporcionales a la categoría de la silla.

A veces uno no sabe si es mejor que las campañas se sigan celebrando para los convencidos y de espaldas a la ciudadanía o para los indecisos y ante los ciudadanos. Lo que estamos viendo hasta ahora es un claro ejemplo de que aquí los ciudadanos cuentan bien poco, se les pidió consejo para redactar el programa, se tuvieron reuniones para ver cuáles eran sus expectativas, se utilizó un tiempo precioso para incluir sus propuestas en los primeros documentos y luego, casi por arte de magia son los gabinetes centrales, los responsables de campaña o los asesores áulicos quienes determinan los límites de lo políticamente correcto.

Esto no significa que los partidos no construyan los programas basándose en los intereses mayoritarios y las necesidades más perentorias de la gente, significa que no aprovechan las oportunidades que tiene una campaña electoral para hacer la pedagogía política que no han hecho durante el resto de la legislatura. Una pedagogía política donde los debates públicos fueran más vivos y menos acartonados. Una viveza que dependiera del entusiasmo con el que son capaces de re-encantar a la ciudadanía y una altura de miras con la que fueran capaces de proporcionar a la gente mayor confianza en sí misma.

Es una pena que estemos asistiendo a esta degradación progresiva de la vida política y sus responsables más directos sean aquellos que mayor ejemplaridad deberían mostrar. A lo mejor, en los días que nos quedan de campaña alguno está dispuesto a romper con la espiral de crispación a la que estamos asistiendo, entonces sí nos demostrará que no es un analfabeto de ciudadanía.

 
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