Miércoles, 9 de mayo de 2007
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TRIBUNA
El catalán es un dialecto del español
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Pese a lo llamativo de la frase con la que encabezo este artículo, que a buen seguro habrá causado más de un sobresalto entre los lectores de este periódico, no pretendo hacer un debate ni una exposición acerca de los argumentos que sustentan dicha afirmación. Me limito, simplemente, a transcribir una tesis contenida en los manuales de lengua española que se estudiaban allá en los lejanos cincuenta y sesenta, como sin duda recordará más de uno. Manuales escritos por sesudos lingüistas y filólogos que, afectos sin duda al régimen político imperante, demostraban con argumentos “científicos” la subordinación de todas las lenguas existentes en España a la “lengua del Imperio” –hoy castellana–, como si de simples dialectos o hablas derivadas de aquella se tratara.

Pues bien, el hecho de sacar del recuerdo aquella teoría, hoy superada y descartada por toda la comunidad científica, viene a cuento de esta otra teoría que hoy parece incuestionable para la mayoría de los actuales sesudos lingüistas y filólogos. Me refiero a la que sostiene que el valenciano es un dialecto o habla derivada del catalán, o, como afirma la AVL en su polémico dictamen, “perteneciente al mismo sistema lingüístico”, sin indicar a qué sistema se refiere ni cómo se le debería llamar.

De la misma forma que hoy nos parecería una barbaridad sostener que el castellano es la lengua de la que han surgido las restantes lenguas de España –sin contar la vasca, por supuesto–, debería parecérnoslo la afirmación de que el catalán es la raíz o el origen del valenciano y el mallorquín. Sin embargo no es así, y a numerosos compatriotas les parece un argumento de lo más razonable, basándolo en la manida y simplista explicación de que con la conquista del Reino de Valencia por Jaime I los catalanes que le acompañaban nos importaron “su lengua” y consiguieron que se extendiese, a lo largo de la mayor parte del territorio, en un plazo de tiempo asombrosamente reducido.

Hay que reconocer que el argumento, por simple, es tan atractivo que puede convencer a todos aquellos que no quieren profundizar en farragosos estudios o análisis de mayor complejidad. Para ellos, para esa gran cantidad de valencianos que no han intentado buscar argumentos más allá del de la llamada “colonización catalana”, me limitaré a plantearles dos objeciones que lo desmontan, y que son tan sencillas como el mismo argumento: está demostrado que el número de catalanes que acompañaron a Jaime I en la conquista de Valencia era, a diferencia de lo sucedido en Mallorca, muy inferior al de aragoneses y, por supuesto, infinitamente inferior al número de habitantes que tenía Valencia en aquella época; y, en 1238 ni existía un sistema de escuelas públicas que permitiese la rápida enseñanza, con ciertas garantías, de una lengua “extranjera”, ni (lo que es peor para la tesis de la colonización) existían manuales o libros que enseñasen catalán, entre otras cosas porque ni siquiera se había redactado una gramática catalana (tardaría más de 600 años en redactarse la primera).

¿Cómo podría, pues, extenderse tan rápidamente una lengua entre una población que, supuestamente para estos teóricos, sólo hablaba árabe hasta la llegada de los catalanes, hasta el punto que llevase al propio Jaime I a exigir a los jueces que dictasen sus sentencias en “romance” para que pudieran ser entendidas por el pueblo, así como a verter al romance els furs y costums de Valencia?

Sencilla y llanamente porque una buena parte de la población de Valencia hablaba, desde mucho antes de que llegasen los conquistadores (probablemente desde los visigodos), un “romance” (derivación del latín vulgar) propio, plagado de mozarabismos y otras peculiaridades que lo distinguían de otras lenguas romances, con las que sin duda compartía una gran cantidad de elementos. El árabe, sin embargo, se utilizaba como lengua oficial y culta, de la misma forma que se usaba el latín en la España cristiana. Pero la gente humilde hablaba en romance valenciano, y era entendido por la mayoría de la población, por lo que no es de extrañar que se utilizara como lengua coloquial.

No hace falta mucho esfuerzo para imaginar que, en aquella época, los habitantes de las tierras de “frontera” entre los reinos cristianos y los musulmanes se comunicaban entre sí sin ningún esfuerzo. Ello era debido a la interrelación idiomática entre los distintos pueblos que provocaba trasvases lingüísticos de doble vía, es decir, intercambios de vocablos y expresiones que acabaron incorporándose a las otras lenguas. Se trata de un fenómeno perfectamente normal y admitido por los académicos como típico entre lenguas vecinas. Ello explicaría las similitudes que acabarían dándose entre las lenguas castellana, valenciana, gallega y catalana, con más fuerza entre aquellas que mantuvieron más lazos de afinidad por razón de proximidad geográfica, comercial o política.

Lo bien cierto es que en la época en la que se conforman las cuatro lenguas románicas españolas no existían manuales ni gramáticas, transmitiéndose verbalmente y a través de las escasas obras que se podían publicar, pues la mayoría de los autores escribían en latín al ser la lengua culta. La primera eclosión de literatura escrita en romance se produce en valenciano (“lengua vulgar valenciana” es como la denominan los propios autores para distinguirla del “culto” latín), en los siglos XIV y XV, sin que hasta ese momento se tenga constancia de un fenómeno similar en romance catalán. Sorprendentemente, pese a que los propios autores dicen haber escrito sus obras en valenciano, ahora se las clasifica dentro de la literatura catalana. ¡Sin duda los actuales sesudos lingüistas y filólogos de la Universitat saben mucho mejor en qué lengua escribían nuestros clásicos que los propios autores!

Así las cosas, ¿de verdad puede creerse alguien a estas alturas que la lengua que hoy hablamos en Valencia nos la trajeron los “conquistadores catalanes”? La respuesta es que sólo alguien desinformado, o interesadamente formado, puede admitir que toda la campaña orquestada alrededor de la denominada unidad lingüística responde a cuestiones científicas en lugar de a espurios intereses económicos. Si no que les pregunten a los de Acció Cultural del País Valencià o a la editorial Bromera. ¿Tendrá algo que ver dicha cuestión con los beneficios que representa para todos esos grupos, y algunos más, la existencia de una comunidad lingüística de nueve millones de potenciales lectores y clientes?, ¿o eso es mera coincidencia?

 
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