Martes, 20 de marzo de 2007
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Vida y ocio
El sainete que nos es propio
Un género teatral singular, cuyos más insignes autores son dos valencianos, y que nace de la condición mordaz y satírica característica de este pueblo
Un género teatral singular, cuyos más insignes autores son dos valencianos, y que nace de la condición mordaz y satírica característica de este pueblo
Aunque haya sido después de muchos años, a nadie se le ocurriría hoy minusvalorar el denominado “género chico” de la zarzuela, donde se encuentran algunas de las mejores páginas líricas y personajes dramáticos más vívidos del teatro español contemporáneo. Conocida es la anécdota, de la “sentencia” del gran compositor francés, Saint-Saens, que, tras asistir a una representación de La Gran Vía, y entre bravos, se volvió hacia sus anfitriones españoles y les espetó: ‘‘¡Y a esto le llaman ustedes género chico!”... La historia del sainete es paralela, aunque su reconocimiento, en todo su valor, ha sido injustamente menos categórico, hasta ahora.

Desde luego no faltan voces de autoridad que lo hayan reivindicado. Buñuel eligió un sainete de Arniches, Don Quintín el amargao, para debutar como productor cinematográfico, en 1935, y Bardem, en 1956, basó su película Calle Mayor en otro sainete, La señorita de Trevélez, también de Arniches... Por su parte, Sanchis Guarner reconoce en los sainetes de Eduard Escalante, no sólo su agudeza e ingenio, sino “la capacidad de reflejar la vida del pueblo llano”. Lo que yo ampliaría a la sociedad entera y sazonaría con la crítica implícita en su jocosidad.

Intrínsecamente valenciano
Hemos hablado de dos autores de sainetes, los dos más grandes, y resulta que ambos son valencianos. Lo que a uno le haría famoso en Madrid –Carlos Arniches–, lo había comenzado el otro –Eduard Escalante– en Valencia, y en lengua valenciana, hasta el punto de que no es exagerado decir que a Escalante le corresponde la paternidad del teatro moderno en valenciano. Y a su nombre hay que añadir los de Bernat i Baldoví o Balader, que también trataron el género en valenciano. Y si de un salto en el tiempo nos fijamos en otro valenciano, Luis García Berlanga, y consideramos lo que de planteamientos sainetescos hay en su filmografía, podríamos concluir que el sainete es de matriz valenciana... o no habría sido, quizás.

Ya el padre Juan de Mariana (1536-1624) decía que “Dios había dado a los valencianos, con ventaja, un ingenio vivo y acre” –‘‘acre”, por mordaz –. Por su parte, Sanchis Guarner nos recuerda, incluso hablando de la literatura clásica valenciana, y en concreto del Espill de Jaume Roig, que hay en esa obra “una animada i terrible pintura de la societat”, es decir, volvemos al carácter mordaz del pueblo valenciano. Y, si añadimos –tal y como nos veía Baudelaire– “una facilidad para la recreación grotesca de la sociedad”, habremos llegado al punto generador del sainete. Sólo falta un ingrediente para que sea como es, y también lo tenemos los valencianos, una cierta causticidad moralista –‘‘la sàtira és gènere predilecte dels moralistes”, dice Sanchis Guarner–, que hace la intención y el colofón del sainete.

Escalante: un hito
El retrato de costumbres, pasado por el cedazo de la sátira social, y la sanción moralizadora, hacen de la obra de Eduard Escalante una relevante muestra del teatro contemporáneo, en general, y del valenciano, y en valenciano, muy en particular.

Como dice Vicente Vidal Corella, “la Valencia de últimos del ochocientos tiene en los sainetes de Escalante acopio espléndido de tipos y costumbres, trazados con mano maestra” y, añado yo, que han penetrado en el subconsciente colectivos de los valencianos de forma y manera que han contribuido a la formación y expresión del carácter valenciano –recordemos lo dicho anteriormente del “modelo” que asume y representa Luis García Berlanga.

La obra de Escalante es, también, el hito donde, en una época difícil para la lengua valenciana, descansa esta y se expresa, abriéndose camino, y muchos de los “dichos” de sus obras, incluso sus títulos, han pasado a convertirse en “máximas populares”, “frases hechas”, que han engrosado el habla de los valencianos, que saben perfectamente qué quieren decir cuando, por ejemplo, definen a un individuo como “matasiete espantaocho”, o “mentirola y el tío Lepa”, o en lugar lóbrego hablan de “la escaleta del dimoni”... Todos ellos, títulos de sainetes de Escalante, que conllevan esas tres virtudes: aguda observación de una sociedad, recreación satírica y crítica lúcida... Poco más se le puede pedir al teatro de cualquier época, que en la Valencia del ochocientos tuvo en Escalante el mejor y más propio de sus representantes.

 
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