Martes, 6 de marzo de 2007
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Valencia
Herejes, brujas, magos...
En 1315 fueron perseguidos en el nuevo y joven Reino cristiano de Valencia los primeros herejes, un grupo de repobladores occitanos que pertenecían a la secta de los cátaros
En 1315 fueron perseguidos en el nuevo y joven Reino cristiano de Valencia los primeros herejes, un grupo de repobladores occitanos que pertenecían a la secta de los cátaros
Consta en los libros del Consejo de la Ciudad, con fecha 18 de marzo de 1505, una relación presentada por el verdugo, que reclama su salario “per cremar la statua –se hacía así cuando el acusado había muerto o no había sido apresado– de Miquel Vives, once sous; per la de Beatriu Piera, onze; per la de Jofre Scales, onze; per la de Joan Noura, onze; per la de Gracia, muller de Vera...” y sigue así hasta totalizar nueve reos –”los dits heretges”– y, además, “per la lenya e carbó, quaranta huyt sous”.

Recojo esta anotación de una crónica publicada por Vicente Vidal Corella en LAS PROVINCIAS sobre Brujas y magos porque al leerla me llamó la atención el apellido Vives del primero de los “heretges”, si bien Vidal no hace mención alguna que lo relacione con el gran filósofo valenciano, cuya familia sufrió despiadada persecución por la Inquisición. Sin embargo, la época corresponde a la que fecha Sanchis Guarner en su Ciutat de València al hablar de la familia Vives: “L’any 1500 fou descuberta una sinagoga clandestina a la casa de Na Caterina Guioret, viuda d’un rabí germà de Lluís Vives i Valeriola, pare de Joan Lluís Vives, el famós filòsof. La sinagoga clandestina on, segons els inquisidors, els judaïtzants es disposaven a crucificar un xiquet cristià, es trobaba a la plaça dels Cabrerots (al darrere del Col.legi del Patriarca). Na Caterina i el seu fill foren cremats vius, i els seus cunyats, els pares de Joan Lluís Vives, encara que reeixiren llavors a desempallegar-se de la Inquisició, també foren immolats pel Sant Offici”.

Los primeros herejes
Dice Sanchis Guarner que la religiosidad en el joven Reino cristiano de València era extremada y manifestaba brotes de radicalismo. Añado que estamos hablando de los años en torno a la peste negra que fustigó Valencia en 1348., donde según el Dietari del Capellà, “fonc gran la mortaldat, e fonc tan gran que en València hi hac jornada que hi moriren mil persones. Aquesta mortandat foc general que a penes los podien soterrar”. Aquel gran terror que recorrió el occidente europeo era caldo de cultivo de desviaciones y extremismos religiosos.

Pero si queremos hablar de los primeros perseguidos por ello, hemos de remontarnos al año 1315, en que, según recoge Sanchis Guarner, fue exterminado ya en Valencia un grupo de repobladores llegados de Occitania, que practicaban la herejía albigense o cátara.

El famoso médico y alquimista Arnau de Vilanova fue acusado también de herejía y condenado por la Inquisición en 1316, cuando ya había muerto. Y aquí tengo que discrepar de Sanchis Guarner que habla de la “dèria” –”quimera”– de Vilanova. De su vida y obra lo que yo interpreto es que en Arnau de Vilanova nos encontramos con un “sufí”, y no un “iluminado”. El sufismo tampoco es una especie de “esoterismo musulmán” y menos una “secta”, sino una forma de espiritualidad mística, sobre la que no tengo espacio aquí y ahora para disertar, pero sin la cual, por ejemplo, no se entiende plenamente a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, o, dicho de otra manera, si se lee al gran maestro sufí Ibn Arabi (1165-1240. Murcia) es cuando se entiende el misticismo de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz... y acaso su origen.

Volviendo a los primeros herejes, hay que mencionar también a los “fratricelli” y los “beguinos”, desviaciones ultras de la doctrina franciscana. En 1353, la Inquisición condenó a un “beguino” que encabezaba esa comunidad en Valencia, fray Jaume Just, que murió emparedado, y sus discípulos, quemados.

Hechicerías
Retomamos a Vidal Corella para hablar de las prevenciones de las autoridades medievales valencianas ante toda clase de hechicerías, que constan en numerosos documentos, entre los que cita un edicto que consta en el Manual de Concells (libro de actas de la ciudad) fechado el 3 de enero de 1413 y que dice: “Los honorables Justicies, Jurats e Consell han stablit e ordenat e manan publicar e esser observat que ninguna persona de qualsevol ley, estament o condicio presumesca recorrer e anar a devins, encantadors, sortilers o conjuradors o a altres de mal saber per saber e demandar consell e ajuda encara que fos per recaptar salud o medesina a qualque persona o per qualsevol atra causa o rao, ne ser alguna manera gos e presumesca invocar dimonis ne fer rotles o altres sortilegis e devinacions, encantacions o conjuracions o altra cosa que toque art de nigromancia o invocacions de dimonis...” La misma disposición estipulaba el castigo para quien contraviniera lo ordenado: eran multados cone cincuenta “morabatines” de oro y obligados a recorrer las calles sobre un asno y con las espaldas desnudas sobre las que el verdugo descargaba su látigo.

Y eran afortunados si sólo intervenían los justicias y jurados seglares, porque la Inquisición, ya lo sabemos era más dura en sus castigos.

Según cuenta el viajero alemán Jerónimo Münzer que visitó Valencia en 1494, “Cuando llegamos (a Valencia) había en prisión (de la Inquisición) más de cincuenta personas que iban a ser quemadas en el plazo de dos semanas”. La Inquisición tuvo varías cárceles funcionando en Valencia y en épocas, todas a la vez, hasta que en 1525 fue construida la “Casa de Penitencia”, prisión mayor inquisitorial.

Y mosén Joan Porcar, capellan de la iglesia de San Martín, en su dietario Coses evengudes en la ciutat y regne de Valencia describe un “auto de fé” de la Inquisición, del que entresacamos: “Diumenge a 30 de juny 1602 feren acte publich de sant offici en la plaça de la seu y cremaren quatre moros, tres statues y dos caxes ab osos y varen traure a hun notari del guerau ques deya yvanyes per fitillar y acabada la llegida la sentencia li llevaren la corroça que portaba al cap y lo habit y segue en soc lloc (...)”. Aclaremos que lo que se dice al final del texto de Porcar es que, en esa ocasión, el hombre no fue ajusticiado, pero fue expuesto a la vejación y el escarnio público.

 
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