Viernes, 23 de febrero de 2007
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La devastadora riada de 1517 y el nuevo puente de Serranos
Universidad CEU Cardenal Herrera

de esta, una de las más devastadoras riadas, azote de la ciudad a lo largo de su historia, se hace amplio eco F. Almela y Vives en su obra Las riadas del Turia (1321-1949), pormenorizándonos los daños sufridos por Valencia y su huerta a la luz de cronistas y dietarios que, como el citado, no dejaron de reproducir en sus páginas tan calamitosas experiencias. El mismo Carboneres, en su Nomenclátor… la enumera como la ‘novena’ de las veintitrés grandes avenidas que registra hasta sus días, reproduciendo las cartas que la ciudad escribió al Emperador notificándole tal infortunio.

En tiempos de la conquista, sólo dos puentes servían para cruzar el río, el Superior y el Inferior; así consta en las escrituras de la época. Y es fácil deducir que el puente de Serranos fuera el primero de ellos, ya que antes de él no había otro (pues el llamado Pont Nou o de San José es mucho más reciente) siendo el Inferior el primitivo puente del Temple o del Real.

El puente de Serranos, cuyo nombre le viene por haber entrado por él en tiempos de la conquista las mesnadas procedentes de la serranía de Teruel que se establecieron en sus inmediaciones es, tras el de la Trinidad, el más antiguo de los cinco puentes ‘históricos’ de Valencia. Las grandes avenidas de 1406 y 1427 se llevaron cuatro de sus arcos; pero, indudablemente, la peor fue la de 1517, que lo arrasó totalmente, por lo que se decidió la construcción del actual. Una inscripción latina, que nos ofrece el P. Teixidor, entallada en mármol y colocada en sus antiguas barandas, debajo del casalicio de la Cruz, traducida, así decía: “Habiendo destruido una grande y casi increíble inundación del Turia, el antiguo puente, cuidaron de levantar éste desde sus cimientos, Olfo de Proxida, obrero eclesiástico, Galcerán Carroz y Pardo, obrero militar, y Miguel Ros, obrero de los ciudadanos, procuradores de la Obra de Muros, aprobándolo Gaspar Felipe Cruilles, Francisco Gil, Miguel Angel Bou, Guillermo March, Bartolomé Bernegal, y Miguel Berenguer, jurados de la Ciudad. Año de la salvación de los hombres 1518”.

Sobre su construcción pesa el fabuloso entierro de piedras romanas con valiosas inscripciones epigráficas halladas en la ciudad y que el P. Teixidor rebatió en un documentado artículo de sus Antigüedades

Tal fabulación, seguida después de buena fe por Nicolás Antonio, el P. Rodríguez, Ximeno, Mayans, Sales…, tiene su origen en la Crónica de Gaspar Escolano, quien relataba los lamentos del filósofo Pedro Juan Núñez, a quien tanta luz dieron las inscripciones latinas para descifrar pasajes oscuros de la historia de Valencia, por haber decidido los regidores de la ciudad enterrar todos estos restos de paganismo por consejo del sabio teólogo valenciano Juan Celaya.

Cimientos del puente
Decía Escolano: “…el maestro Juan Salaya, viendo hacer a los curiosos tanta estimación de esas Piedras Romanas se le antojó, que volvía por aquel camino a retoñecer la Gentilidad, y el adorar Estatuas y Dioses de piedra, y para quitarlas, que no sirviesen de estropiezo, requirió a los Regidores de la Ciudad que las mandasen recoger; y pues abrían las zanjas para los cimientos de la Puente de Serranos las enterrasen en ellas”.

Pero, ni halló Teixidor documentación algunas en los Manuals de Consells, ni cita alguna en Beuter ni otros cronistas que avalaran tal aseveración. Además, Celaya no estaba en Valencia en aquellas fechas y, de haberlo estado, su formación intelectual en la universidad de París que le dio gran fama, no le hubiera permitido tal consejo, ni Pedro Juan Núñez había nacido todavía para llorar tal despropósito.

El puente se construyó en el mismo emplazamiento que tuvo el antiguo, siendo virrey de Valencia D. Enrique de Aragón, duque de Segorbe. Formado por nueve arcos con su escollera, tajamares y pretiles correspondientes, tenemos detallada información gráfica del mismo en los dibujos que Anthoine van den Wijngaerde levantara de la Ciudad en 1563, apenas cincuenta años después de su construcción. Sus medidas son 159’50 metros de largo con un ancho total de 10’90 metros, de los que 7’76 corresponden a la calzada y 1’57 a cada una de las aceras que se construyeron en 1875. Sus arcos tienen 14’76 metros de luz cada uno. En su entrada por las torres de Serranos, a derecha e izquierda, dos artísticas escalinatas de piedra, construidas en 1837, dan acceso a las alameditas de Serranos; una anchurosa rampa junto a la de la derecha daba acceso desde 1886 al mercado de las caballerías que se celebraba en la planicie existente en el lecho del río.

Sobre los estribos del tercero y cuarto arco se hallaron hasta 1809 dos casalicios: en el de la derecha, una Cruz patriarcal, por alusión a la vecina parroquia de San Bartolomé, que tiene esta insignia; en el de la izquierda, la estatua de san Pedro Nolasco, fundador de la Orden Mercedaria y compañero en la conquista del rey Don Jaime, allí instalada desde 1670 y costeada por el que fuera general de la orden y luego obispo de Segorbe y arzobispo de Tarragona, Fr. José Sanchiz, con inscripción conmemorativa en su base.

Asedio francés
Dichos casalicios, así como las barandas del puente fueron demolidos durante el segundo asedio francés a la ciudad en la Guerra de la Independencia por considerarlos un estorbo. Después fueron repuestos sus antepechos.

En 1926, el Ayuntamiento solicitó al Patronato de la Escuela de Bellas Artes que se trasladaran a este puente las estatuas de San Luis Beltrán y Santo Tomás de Villanueva, labradas en Génova en 1691 por el escultor italiano Jacobo Antonio Ponzanelli y que habían sido retiradas del puente de San José para proceder al ensanche del mismo, concluido en 1907; pero, los trámites se fueron demorando y los acontecimientos políticos subsiguientes dejaron sin efecto la propuesta. Finalmente, las estatuas de Ponzanelli fueron instaladas en el puente de la Trinidad en 1944.

 
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