Sábado, 10 de febrero de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Calle de Lauria con mil recuerdos
Hoy, vía comercial en extremo, con dominio de moda joven y marcas inglesas; sastrería masculina, manualidades y juegos y, como un oasis, Flores Amanda, que abrió en 1932
Hoy, vía comercial en extremo, con dominio de moda joven y marcas inglesas; sastrería masculina, manualidades y juegos y, como un oasis, Flores Amanda, que abrió en 1932
A leluya. El interesante edificio que construyera el maestro de obras Lucas García Cardona en 1889, subsiste en el céntrico chaflán de las concurridas vías Lauria y Colón. A destacar los miradores de madera, el balcón de forma abombada y el remate de la fachada, un original frontón que debió ser la buhardilla de aquel tiempo que, por la noche, acogía a los porteros.

La finca descrita contrasta con la sobriedad del Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer, santo a quien se considera su fundador en 1410. En su historia se afirma que hasta 1592 estuvo regido por la confraria dels beguins , año en que Felipe II ordenó que lo administrara un canónigo, un jurado y un ciudadano. En 1663 se redactaron sus constituciones. Tuvo su etapa humillante, cuando los niños tenían que pedir limosna por la ciudad, con un cepillo que levaban sujeto al cinto de su túnica. Todavía en la posguerra, por una modesta cantidad, acudían como acompañamiento a los entierros.

Desde 1834 se responsabilizaron del asilo las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y, por fortuna, la evolución fue notable. Los pequeños del orfanato representaban los milagros de San Vicente, en los días abrileños de su festividad; el público efectuaba su donativo a la entrada y después de la actuación les echaban caramelos y peladillas.

Querido cine San Vicente
Lo que proporcionó a la institución unos ingresos más seguros fue el popular cine San Vicente, instalado en el salón de actos del colegio. Se acedía por el número 10 de la calle Pérez Bayer y puede asegurarse que todos los niños de Valencia –en aquella época– se divirtieron con castas películas, proyectadas en sesión continua, mientras merendaban pan y chocolate o un crujiente barquillo.

Las películas eran elegidas por sacerdotes, quienes las censuraban después de haber sido censuradas oficialmente y aún tapaban con la mano el objetivo si legaba un beso en los labios.

El cine San Vicente hizo doblete en 1948; por las noches en el patio del colegio comenzó a funcionar la terraza Lauria; bastaba con girar la cabina y colocar los proyectores en dirección a la otra pantalla. Fue la terraza de la zona del Ensanche que dejaba de funcionar cuando llegaban las tormentas de septiembre y se buscaba el suéter que olía a naftalina; también el cine que sorprendió con los primeros films publicitarios, como el de la cazuela que bailaba: ‘‘Yo soy la olla / soy la verdad / por la que el mundo / luchando va’’. Y a continuación una vez cantarina recomendaba: ‘‘Ferretería La Cadena’’.

Con el tiempo, el Colegio de San Vicente, con un sistema educativo totalmente distinto, se trasladó a San Antonio de Benagéber y en su emplazamiento se alza hoy el edificio de El Corte Inglés (Colón) y los multicines Park gestionados por la familia Pechuán, que en 1977 supuso tanta audacia como éxito.

La vitalísima calle, desde su confluencia con Colón a la plaza del Ayuntamiento, es sucesión de comercios de moda joven la mayoría y anunciados en inglés. Permanecen casa Bañón (regalos y accesorios), Britania y Torres Gastón (ambas moda masculina), los bolsos de Lurueña, la selecta joyería de Antonio W. Rodríguez, la zapatería Riera y sobre todo, la veterana casa de flores Amanda, que abrió sus puertas en 1932 y trajo las rosas, jacintos y violetas de sus propios jardines, del histórico Huerto del Santísimo, aquel que en 1883 levantó un teatro para dar conciertos y estrenar zarzuelas. Ahora, en la cuarta generación, sigue en plena vigencia y vinculadísima a las tradiciones valencianas, como la ornamentación floral en balcones de las calles Caballeros y Avellanas en las fiestas de la Virgen y Corpus.

Cafetería Lauria
Próximos a Amanda estuvieron el hotel Regina y el hotel Lauria, éste muy buscado por los representantes a comisión por ser céntrico y no caro. Más lo que singularizó la calle fue la Lechería Lauria, que terminó titulándose Cafetería Lauria, cuando la barra se alargó.

La concurrencia en torno a los veladores daba pie a un estudio sociológico; comenzaba por los intermediarios de cítricos, seguían las tertulias de señoras enjoyadas que no podían prescindir de la copa de leche merengada espolvoreada con canela (la especialidad); luego iban los matrimonios; a continuación las coristas que salían de los teatros, para finalizar con las furcias de la aventura fácil y cita en alguna pensión, mientras las mujeres de la limpieza trajinaban arrodilladas cuando aún no se había inventado el mocho. Unas y otras pendientes del reloj; el gran reloj del Ayuntamiento, que nunca marcaba la hora exacta.

 
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